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OPINIÓN

Macron ha ayudado a crear el monstruo actual de la extrema derecha en Francia

La prensa francesa el día después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales.

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El 6 de mayo de 2017, el día en que fue elegido presidente de Francia Emmanuel Macron tras presentarse por una plataforma “ni de izquierdas ni de derechas” y tras derrotar a su rival de la ultraderecha, Marine Le Pen, el nuevo mandatario hizo una promesa a los ciudadanos franceses: que el país no volvería a ver nunca más a un candidato de la extrema derecha alcanzar la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales.

“Nuestro reto es inmenso”, dijo Macron al tomar el mando. “En los próximos cinco años, será mi responsabilidad mitigar los miedos, revivir el optimismo francés… Lucharé con todas mis fuerzas contra las divisiones, que nos debilitan”. Se comprometió a “reunir y reconciliar” a los franceses, por “la unidad de los ciudadanos y del país”. Ahora, cerca de cinco años después, Francia ha despertado con el resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, y la perspectiva –una vez más– de una segunda vuelta entre Macron y Le Pen.

El actual presidente (del partido La República en Marcha, fundado por Macron en 2016) obtuvo el domingo un 27,6% de los votos, seguido por Le Pen (Agrupación Nacional, antes Frente Nacional) con un 23,4%. Jean-Luc Mélenchon, líder del partido de izquierdas Francia Insumisa, quedó cerca –con un 22%– pero no pudo clasificarse para la segunda vuelta. Detrás de él, Éric Zemmour (del partido Reconquista), el candidato abiertamente racista que se presentó por una plataforma basada por completo en la teoría del “gran reemplazo”, con un 7,1%.

Los partidos tradicionales franceses están cerca de la extinción: Valérie Pécresse –de los conservadores Republicanos– solo obtuvo un 4,8%, mientras que Yannick Jadot –de Los Verdes– obtuvo un 4,6% y la candidata socialista (y alcaldesa de París) Anne Hidalgo, únicamente un 1,8%. Ninguno de los tres alcanzó el umbral del 5% para obtener el reembolso total de sus gastos de campaña, lo que, de hecho, pone el futuro de sus partidos en peligro.

Más crudo todavía: si sumas los resultados de Le Pen y Zemmour, te darás cuenta de que prácticamente uno de cada tres de mis conciudadanos que fueron a las urnas eligió votar a la extrema derecha, aunque la participación fue baja (el 74% de la población acudió a votar, frente a un 79% en 2017). Macron ha cometido muchos errores, pero este realmente escuece. Ha fracasado en el cumplimiento de su primer y más crucial compromiso con los franceses, y ahora es como si estuviéramos en el Día de la Marmota, solo que con menos marmotas y más amenazas de extrema derecha. 

Francia gira a la derecha

Antes de la primera vuelta, Macron admitió que “no había conseguido contener” el crecimiento de la ultraderecha. Habría sido más honesto confesar que apenas había hecho algo por evitarlo. En los últimos cinco años, Francia ha virado de forma espectacular hacia la derecha, hasta el punto de que no solo Zemmour sino también Pécresse han dado voz a las teorías de la extrema derecha, como la de la conspiración del “gran reemplazo”, que sostiene que las poblaciones blancas europeas están siendo reemplazadas por personas “no europeas”. Después, ella intentó distanciarse de sus comentarios iniciales.

Los medios también son responsables, ya que han dejado que la retórica anti-islam campe a sus anchas en sus emisiones y han alimentado una morbosa fascinación por las opiniones de Zemmour, que han favorecido de forma extraordinaria su candidatura. Pero en lugar de distanciarse de la ultraderecha, Macron le ha bailado el agua peligrosamente y ha adoptado una posición dura frente a la inmigración: con agentes de policía destruyendo tiendas de refugiados en Calais; evocando el lenguaje del fundador del grupo de extrema derecha Acción Francesa en la Asamblea Nacional; con el homenaje al “gran soldado”, el mariscal Pétain, líder francés en los años 40 del siglo pasado que colaboró con los nazis; y concediendo entrevistas a revistas de extrema derecha.

Durante la campaña, Macron condenó las posturas de Zemmour, pero el año pasado, Zemmour desveló que el presidente le había pedido que le explicara brevemente qué medidas migratorias le gustaría ver en marcha. En un cara a cara con Le Pen en un programa de televisión en febrero de 2021, el ministro del Interior de Macron, Gérald Darmanin, declaró que la candidata era “demasiado blanda con la inmigración”.

Cuando en 2020 acosaron verbalmente a Zemmour en la calle, Macron le llamó personalmente para expresarle su apoyo. Sin embargo, cuando en 2021 unos extremistas de ultraderecha profirieron amenazas de muerte contra los políticos de izquierdas, incluido Mélenchon, con un vídeo que animaba a “abatir a los izquierdistas”, el presidente permaneció en silencio. El Gobierno no ha condenado la creciente cantidad de ataques de grupos de ultraderecha en París, Lyon, Estrasburgo y Nantes. ¿Cómo pretenden que esto convenza a los votantes de izquierdas de que elegir a Macron el 24 de abril ayudará a contener la amenaza de la extrema derecha?

En la práctica, el presidente se ha pasado cinco años manteniendo a la ultraderecha como su único oponente creíble para 2022, pero hay una cosa que ha cambiado desde 2017: esta vez Le Pen tiene verdaderas opciones de ganar. Actualmente las encuestas muestran una carrera extremadamente ajustada, con un 54% para Macron y un 46% para Le Pen en la segunda vuelta, un margen muy inferior al de 2017, cuando Macron la derrotó con un 66% frente a un 34%.

Viví en Reino Unido durante la campaña para el referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea, y ahora que estoy de vuelta en Francia, estas encuestas me hacen rememorar el resultado del Brexit. Una victoria de Le Pen debería aterrorizar a cualquiera a quien le importe la democracia y la paz. Le Monde ha advertido de que “los cambios que planea para la Constitución tienen como objetivo la implantación de un sistema autoritario” y Le Pen ha declarado varias veces su “admiración” por el presidente ruso, Vladímir Putin.

Dos semanas para redimirse

En su discurso de la noche del domingo, al admitir su derrota, Mélenchon dijo que Francia ahora debe “elegir entre dos demonios” y pidió a los votantes “no dar ni un solo voto a Le Pen”. Uno de estos dos es, definitivamente, más malévolo que el otro, pero eso no quita que la elección sea dolorosa para la izquierda francesa. Muchos se sienten traicionados después de las reformas liberales y de derechas de Macron, que han ampliado la distancia entre ricos y pobres, han concedido más poderes a la Policía (que emplearon la violencia contra los manifestantes durante la crisis de los chalecos amarillos) y no pusieron en marcha ninguna medida efectiva para frenar las emisiones.

Ahora Macron tiene dos semanas para revertir su curso y mostrar a la izquierda que le importa el clima y la justicia social. Por ejemplo, podría optar por comprometerse a aplicar las 100 medidas verdes que quiso que los ciudadanos franceses propusieran antes de descartarlas prácticamente todas en 2021. Podría dar marcha atrás en su reforma de las pensiones, odiada por muchos. Podría anunciar un verdadero plan para salvar los hospitales públicos y los centros educativos, que reciben una financiación del todo insuficiente. Esto “reuniría y reconciliaría” a muchos más votantes de lo que jamás conseguirá el pulso por el poder con la extrema derecha. Puede que sea demasiado tarde, pero desde luego merece la pena intentarlo.

Pauline Bock es una periodista francesa en París. Cubre medios y política para la web independiente Arrêt sur Images.

Traducción de María Torrens Tillack.

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