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La nueva vida del colectivo Polans y el cine activista de los barrios de Madrid en los setenta

Uno de los murales que se pueden ver en "Murales y pintadas de barrios periféricos"

Luis de la Cruz

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Quizás hayas leído sobre el pujante movimiento vecinal madrileño de finales de los años setenta. Cuando, en Vicálvaro, los vecinos se asambleaban para debatir sobre el tráfico en el barrio y acaban pintando ellos mismos un paso de cebra mientras lo representan en una obra bufa –hoy lo llamaríamos performance– con un alcalde barrigudo. Es posible que hayas visto algunas fotos de murales de la época. “El barrio es nuestro” o “la ciudad debe ser nuestra”, rezaban, lemas que expresaban el derecho a la ciudad en viejos muros de distintos barrios periféricos de Madrid, como San Blas o Portugalete, muchos en casas bajas hoy desaparecidas.

Sin embargo, son pocas las imágenes en movimiento de la época –siempre las mismas– que habrás podido ver. En aquellos momentos la posibilidad técnica de que los movimientos sociales generaran sus propias grabaciones, aún costosas, empezaba a ser una realidad y un nuevo objeto de militancia. Y en Madrid surgió entre los años 1976 y 1977 el Colectivo de Cine Polans, cuyas películas han permanecido durante mucho tiempo olvidadas (como el propio nombre del grupo audiovisual) y recientemente han cobrado nueva vida con la digitalización de las bobinas por porte de La Digitalizadora de la Memoria Colectiva, un proyecto de recuperación de la memoria visual colectiva radicado en Sevilla.

Polans estaba formado por un empleado de banca, un periodista y un ingeniero, amigos desde la infancia –dos de ellos hermanos– e hijos de un tiempo de ideas y cambio. Hasta que se no se han sacado, décadas después, las películas del cajón, no se ha sabido popularmente los nombres que estaban detrás de Polans.

“Ramón Fernández Durán trabajaba en la administración y, además, sobre el 77 las cosas no estaban muy claras. Fueron momentos duros, es el año de los asesinatos en Vitoria, el atentado de Montejurra, había manifestaciones sin parar en Madrid…La situación no era fácil y abocaba a la clandestinidad, hasta ahora no se ha dado a conocer quiénes éramos. Además, tampoco nos parecía importante”. Explica Carlos Aguirre, uno de los miembros del colectivo. “La clandestinidad llevaba a situaciones dificultosas, en la película de Vallecas, por ejemplo, se ve a alguien con un vaso tapándole la cara para que no se le reconozca”, añade su hermano Jose, otra de las patas de Polans [las conversaciones con ambos se produjeron por separado, pero la sintonía de sus relatos permitiría redactarlos en forma de diálogo].

En el anterior párrafo ha salido ya el nombre de Ramón Fernández Durán –omnipresente durante la conversación con Carlos y Jose–. Un nombre bien conocido en el ámbito de los movimientos sociales, el urbanismo y el ecologismo (es una de las semillas de Ecologistas en Acción), que nos dejó en 2011. Sin embargo, poca gente sabía de su trabajo fílmico juvenil.

La aventura comenzó después de unos primeros cortos seminales de ficción. Se reunían en el pisito de Jose en la calle Arturo Soria y pertenecían a círculos muy ideologizados, aunque no participaban de ninguna de las decenas de siglas que poblaban el ambiente de la izquierda de la época.

“Exhibíamos las películas en locales clandestinos o cineclubes; en barrios como San Pascual o Vallecas; o en los salones parroquiales de aquellos curas obreros de Vallecas. Se debatía y surgían acciones, como la del paso de cebra. Las películas las hacíamos con la gente del propio barrio”, explica Jose. Y lo hicieron en muchas ocasiones, entre treinta y cincuenta veces, recuerdan.

Seguramente, quienes hoy podemos grabar con el móvil el transcurso de una manifestación y subirlo automáticamente a las redes sociales no estamos capacitados para entender la dificultad que entrañaba hacer películas como las de Polans a finales de los años setenta.

Carlos se detiene en explicar los pormenores de los cambios técnicos que han llevado del pedestre 8 milímetros con el que empezaron a hoy. El cambio de los dientes en la película que permitió fotogramas más grandes, el momento en el que aparecen los casetes, la dificultad de tener audio… “Había una posibilidad de colocar sonido muy deficiente. Una vez montada la película, podían colocar en el laboratorio una banda magnética milimétrica en el espacio que quedaba libre, en vertical. Era mínimo. Grabábamos con el magnetónono. Muy a lo bestia todo, pero metimos algún audio. Al final, conseguimos una pequeña moviola, pero durante mucho tiempo montabas cogiendo la película y pegándola tú a mano con un pegamento especial, por eso suelen notarse ligeramente los saltos”. Jose ha echado las cuentas, el Súper 8 costaba 1000 pesetas tres minutos. Hicieron 50 películas, 150 minutos de metraje, unas 50.000 pesetas.

El final de Polans fue solo un punto y seguido. Carlos continuó la militancia desde la profesión periodística con la fundación de una revista sobre Madrid pionera en la época llamada Vecindario, a la que también Carlos aportó su destreza con la cámara fotográfica. “Estuvo trabajando de joven Arsenio Escolar, que ya tenía un niño muy pequeñito”, cuenta como curiosidad Carlos al saber para qué medio es el reportaje.

A principios de los 80, con la llegada del vídeo, a Carlos le volvió a picar el gusanillo militante de la cámara –que nunca dejó, pues se dedicó profesionalmente a la realización–. Nació el Colectivo de Medios Audiovisuales (COMA), con grabaciones de época como alguna de las marchas a Torrejón, en el contexto de la lucha contra la OTAN, en la que destacara tanto Fernández Durán.

Jose, por su parte, sigue haciendo fotos y dedica la mayor parte de su tiempo a La cabeza del rinoceronte, un proyecto editorial montado alrededor de la obra pictórica de su hijo, Raúl Aguirre, con el objetivo de aunar el universo del arte y el de la diversidad funcional.

La Digitalizadora de la Memoria Colectiva, poniendo movimiento a la memoria

Óscar, de La Digitalizadora, nos explica su proyecto a través de su trabajo con las imágenes de Polans. Les mueve la preocupación de que la memoria de los colectivos y movimientos sociales vertido en viejas películas y cintas, como las de Polans, se desvanezca. “La urgencia, porque ya no hay aparatos para reproducir las películas, la gente tira las cintas y el soporte se degrada”, explica.

“No hay un inventario de este tipo de material. Nosotros nos inventamos la figura de los espigadores de la memoria, colaboradores del proyecto, normalmente por encima de los 60, que tiran de memoria y contactos personales para recordar qué cosas se grabaron en el contexto de los movimientos sociales o vecinales. En el caso de Polans fue Alfonso Sanz, que trabaja en temas de movilidad. Guardaba una copia en su casa de un telecine que organizó en su día y nos llevó a contactar con Carlos”.

Este peculiar grupo de anticuarios militantes de la imagen está formado por personas que proceden de los mundos del audiovisual y la archivística. Tienen la sede en Sevilla pero hay colaboradores de La Digitalizadora en distintas partes. “En el caso del Súper 8, contamos con la ayuda de José Luis Sanz, que vive en Madrid y es la persona que mejor trabaja con en España con el soporte. Le llevamos las bobinas, las restauró y digitalizó”.

Ellos dan mucha importancia a la metodología, quieren que la experiencia sea replicable, “aunque la estación de digitalización, creada a partir de donaciones de particulares y empresas, sí podría estar centralizada en Sevilla”, cuentan.

“Acompañamos a particulares y colectivos que tienen memoria social que quieren digitalizar. Tratamos de cubrir con financiación que pedimos y trabajo voluntario los costes de digitalización y el colectivo asume los compromisos de que una parte de su colección, consensuada, tiene que poderse ver en internet (aunque los propietarios mantienen los derechos sobre las imágenes) y de participar activamente en el proceso de descripción. Así lo hicimos también con Jose y Carlos”, detalla Óscar.

Las imágenes del colectivo Polans pasadas por el barniz reparador de La Digitalizadora ya pudieron verse el año pasado en Documentamadrid, en Buenos Aires y ahora vuelven a los orígenes de la propuesta: a La Villana de Vallekas, un espacio de militancia en el barrio, como aquellos donde siempre se vieron las imágenes grabadas por Ramón, Carlos y Jose. Se proyectará el documental que rodaron sobre la propia Vallecas de los setenta. También puedes ver tú, solo o con tu colectivo, la cinta que rodaron sobre el transporte en Madrid. Un ejercicio anticipador con la rúbrica de Ramón Fernández Durán capaz de dejarnos pasmados ante la actualidad de un análisis sobre la movilidad elaborado hace más de cuatro décadas. Porque para eso, para alertarnos de la relatividad del avance del tiempo político, también sirven en 2024 las pelis de Polans.

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