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Carlos Torrero, escritor: "Vivimos una tiranía de la felicidad"

'Lejos del champán' explora los diversos rostros del fracaso íntimo y material en la sociedad actual

Carlos Torrero

Carlos Torrero Paco S. Nácher

Carlos Torrero (Cuenca, 1979) ha reunido en 'Lejos del champán' (Sloper), veinticuatro vívidos relatos, tan breves como intensos, que exploran los diversos rostros del fracaso en la sociedad actual. Son historias cotidianas, íntimas, en las que caben la tragedia, el humor, la vehemencia y un continuo juego con el lector. Éste se sentirá fácilmente identificado con sus personajes e historias. Torrero es autor de varios poemarios y de la novela corta 'Origami'.

¿Quiénes son los "astronautas venidos a menos" a quienes dedicas 'Lejos del champán'?

Son toda esa gente que ha fracasado en los grandes sueños que desde pequeñitos tenemos, pero que siguen luchando por abrirse paso y encontrar belleza en la vida. 'Lejos del champán' es un estado de ánimo, cuando no es tiempo de celebraciones. Nuestra generación, como los personajes del libro, tiene pocas oportunidades de celebrar. Hemos sido totalmente engañados. Hemos pasado por todos los aros que supuestamente había que pasar con la promesa de prosperar, de tener una vida mejor, o al menos como la de nuestros padres… Nada más lejos de la realidad: precariedad en todos los ámbitos. Entonces, los brindis se los tiene que arrancar uno a la vida.

Vivimos un momento en que parece necesario aprender a fracasar.

El problema es que no nos enseñan a fracasar. Sólo nos enseñan a perseguir cierto tipo de éxito que, con la edad, comprendes que no tiene sentido. Fracasar es lo único que se nos da bien a todos. Deberíamos trabajar más eso. Pero en la sociedad actual el no querer mirar la realidad se ha convertido en algo así como una enfermedad: Dejarse llevar por falsos sueños y paisajes salpicados de frases automotivacionales. Lo importante, lo difícil, es gestionar la soledad en este mundo tan hiperconectado, convivir con lo feo, que es real. Buscar y reconocer la verdad.

El fracaso tiene muchas caras y una de ellas, fundamental en tu libro, es el humor, como en el cuento 'Día de patos'. Hay algo muy perdedor en sus personajes…

Me interesan las historias de perdedores. Donde hay mucho brillo se pierden los matices, así que prefiero los pliegues, las sombras. Más que la historia del campeón de boxeo, me interesa la del 'sparring' que se sube al ring con más de cuarenta años. O el tipo que no recibe un solo 'me gusta' en Facebook y sin embargo sigue colgando poemas. ¿Por qué lo hace? Mi padre dice que ahora tenemos muchas necesidades: viajar, tener un teléfono con buena cámara, hacer 'running', pilates, ser feliz… Antes, la gente ni se planteaba estas cosas. Ha surgido una especie de tiranía de la felicidad.

En 'Una casa propia' haces una sátira con final inesperado sobre el mito del emprendedor.

No me gusta ser maniqueo, y por eso dejo finales abiertos, para que el lector interprete según su experiencia vital y lectora. En ese cuento intento reflexionar sobre de qué hablamos cuando hablamos de emprender, porque muchas veces esta palabra oculta carencias del sistema. Uno de los protagonistas, que tienen visiones opuestas de la vida, está obsesionado con todas esas mentiras que nos cuentan de perseguir nuestros sueños, que ninguna meta es inalcanzable… Casi siempre tales cosas se nos dicen únicamente en sentido monetario y de mercado.

El relato que da título al libro es especialmente conmovedor: esa pareja joven que deja su ciudad para labrarse una vida y sólo encuentra precariedad material y emocional.

Es un cuento que refleja la biografía de mucha gente: Personas que se desplazan a la ciudad con una ilusión tremenda, en base a mentiras que hemos oído de pequeñitos, y luego la ciudad nos destroza a nivel económico, emocional. Y a veces vuelven como pueden, arrastrándose a los lugares donde crecieron y se intentan sobreponer o reconstruir.

Tus narradores suelen ser muy vehementes, como la pareja de 'El magnetismo de las cintas magnéticas'.

Me gustan los narradores torrenciales, intensos. Que no sean fríos ni discretos. Que te provoquen. Que no te puedas fiar de ellos… Me dan más vida tanto cuando leo como cuando escribo.

Uno de tus personajes quiere escribir una novela de éxito, hasta que comprende que aspirar a vivir de la cultura es "como esperar a que te toque la lotería".

Creo que la cultura tiene que ver más con una visión idealista de la vida que con una práctica. No tiene por qué ir reñida con el negocio y la industria, desde luego. Al contrario: ojalá se apostase más por la cultura y la educación, y que estuviese remunerada como debe ser. La mayoría de la gente que se dedica al arte no lo hace por el cobre. En mi caso, llevo escribiendo desde los quince años, pero nunca tuve el gran sueño de ser escritor.

"Lo que siempre he querido es escribir", dices en el relato final, "Yoyó. Añadir a la biografía". ¿Por qué?

No hago mucha diferencia entre la vida y la literatura. Me parecen lo mismo. Cuando escribo, intento, aparte de contar otras vidas, construir con mi propia vida un buen cuento. La literatura me permite cavar hondo en mí, conocerme y también conocer mi entorno. Y sólo necesitas un folio en blanco.

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