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El Fotógrafo de Mauthausen

El verdadero Francesc Boix y Mario Casas caracterizado como él

Judith Miralles

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Hace apenas unas semanas se estrenó El fotógrafo de Mauthausen, en la que se destaca la figura de Francesc Boix y el robo de los negativos que sirvieron posteriormente como prueba en los juicios de Núremberg.

La primera vez que escribí sobre Mauthausen fue en tercero o cuarto de primaria cuando nos pidieron hacer una ficha sobre nuestro superhéroe favorito. Ya había sometido a mi abuelo a intensos interrogatorios sobre su estancia en lo campos de concentración. Quizá no entendía suficientemente el contexto histórico, pero tenía la noción suficiente para determinar que mi abuelo, su padre y el resto de sus camaradas eran verdaderos superhéroes, y así lo plasmé en mi ficha de inglés.

Cuando leí sobre el rodaje de la película me embriagaba la emoción. Boix, mi abuelo y su padre habían llegado a Mauthausen un 27 de enero de 1941, al romper el alba, con medio metro de nieve y con los gritos de “raus, raus” en alemán y los ladridos de los perros de las SS como banda sonora de la escena. Por fin, me dije, el mundo iba a tener la constancia de la manera más directa de lo que fue Mauthausen y de lo que significó la lucha de aquellos hombres. Sin embargo, tras ver en dos ocasiones la película, no reconocí el Mauthausen del que mi abuelo me hablaba. No me emocioné, sino que me decepcionó enormemente.

Si bien es cierto que en las primeras imágenes reconocí el miedo y la confusión de la llegada al campo que me transmitía mi abuelo, a partir de ahí, bajo mi punto de vista, aparecen elementos totalmente inconexos que se fuerzan hasta tener relación. Por ejemplo, Boix pasea tranquilamente por el patio de cocheras de los SS, sube a coches con ellos e incluso asiste a fiestas a casa del mismísimo lagerführer Franz Ziereis, comandante del campo. Es algo totalmente impensable. En dicha fiesta, reconocí de inmediato a Carlos Greykey, español de raza negra que fue camarero del propio Ziereis en Mauthausen. Sin embargo, quienes no conocen la historia de Mauthausen difícilmente pueden identificarlo.

Si hubo algo que me impresionó enormemente fue la inverosimilitud de la caída de un preso a manos del kapo Popeye, quien le empuja por el denominado Muro de los Paracaidistas. Paradójicamente, este preso cae al pie de la Escalera de la Muerte, en el último de sus 186 escalones, algo físicamente imposible, pues ambos puntos están distanciados. Previamente se ha representado un barracón en el que, según el filme, a cada preso le correspondía una cama, lo que no es cierto. Mi abuelo recordaba que dormían “como sardinas en lata”, unas tres personas por cama.

Los presos eran despojados de todos sus objetos personales nada más llegar al campo, incluso de su nombre, por lo que no se entiende la presencia de fotos o incluso el libro que conserva la prostituta del burdel. Respecto a esto último, había un burdel en Mauthausen, sí, pero destinado a los SS y a los prominenten y conformado por mujeres procedentes de Ravensbrück, entre las que no se encontraba ninguna republicana española. Ni tampoco pasaron los negativos del laboratorio fotográfico por el burdel.

Boix y el robo de los negativos nada tienen que ver con Hans Bonarewitz, preso polaco que intentó fugarse de Mauthausen y que fue ahorcado el 30 de julio de 1942 delante del resto de presos, acompañado por la orquesta haciendo sonar J’attendrai, la canción de Rina Ketty. Al menos, la cuerda sí se rompió y los presos sí pasaron por delante de él para contemplar la obra de la bestia nazi.

Tampoco resulta creíble el ataque por Boix a Paul Ricken. A ningún preso se le hubiera ocurrido llevar a cabo una acción de tal magnitud sin esperar sino la muerte. Es algo totalmente inverosímil, como lo es la falta de conexión temporal que destaca en la película. En una de las escenas, los presos tienen noticia del cerco que se produce al Sexto ejército alemán durante su ataque a la URSS, hecho que acontece en 1943 con la pérdida de Stalingrado y la batalla de Kursk. Como fiel lectora de Antony Beevor, no pude sino llevarme las manos a la cabeza cuando en escenas posteriores se representa el momento de la desinfección del campo y planean el robo de los negativos. La desinfección de Mauthausen tuvo lugar el 22 de junio de 1941, día en que se inicia la Operación Barbarroja mediante la cual Hitler inicia la invasión de la URSS. Mientras se tomaban las fotografías de los presos desnudos bajo el sol, quemados por el reflejo de este, se anunciaba por la megafonía del campo la campaña del frente oriental para amedrentarles y dar ejemplo del poder de la Wehrmacht alemana. La visita de Heinrich Himmler y Erns Kaltenbrunner se produce en abril de 1942 y, según la película, también se produce antes de la desinfección. Es en 1943 cuando, tras la pérdida de Stalingrado, Hitler ordena la destrucción de documentación relativa a los campos y, por lo tanto, de las fotografías tomadas en Mauthausen, por lo que es en este momento cuando se pone en marcha el ingenio de los españoles, para conservar los negativos.

Para llevar a cabo esta ardua tarea, se necesitó de la complicidad de los miembros del kommando Poschacher, un grupo de trabajo compuesto únicamente por jóvenes españoles que, desde 1942 hasta los últimos meses de 1944 salían cada día del campo de Mauthausen para trabajar en la cantera del señor Poschacher, ubicada en el núcleo urbano del pueblo de Mauthausen. Al contrario de lo que se refleja en la película, ellos no dormían en casa del señor Poschacher, regresaban al campo al terminar la jornada. Tanto o más vital fue la implicación de Anna Pointner, conocida por los españoles como “la Mama”, la cual no era una simple sirvienta del señor Poschacher, sino que era parte de la resistencia antinazi, a raíz de lo cual su familia había sufrido las presiones de la Gestapo. Gracias a su inestimable ayuda, los negativos se conservaron escondidos en el muro de su jardín.

En uno de los días cercanos a la liberación, según la película, Boix es obligado a subir a uno de los camiones fantasma que contenía unas cámaras de gas móvil en su interior. El procedimiento era simple, la cámara estaba herméticamente sellada y a la misma se conectaba la salida de gases del propio camión, por lo que el monóxido de carbono hacía el trabajo sucio. Es entre agosto y septiembre de 1941 cuando empiezan a llegar presos al Castillo de Hartheim en estos furgones, engañados, creyendo que iban a un sanatorio, al KL Dachau-Häftlingssanatorium. Entre los más de cuatrocientos republicanos españoles que perecieron en Hartheim se encontraba mi bisabuelo, José Egea García. A finales de 1944 los nazis empiezan a desmantelar Hartheim para borrar las huellas de sus macabras prácticas, por lo que es imposible que Boix subiera a un camión fantasma en 1945. Es más, nunca subió a uno.

En un momento del filme, Paul Ricken pronuncia la frase “el hombre es maleable”. A pesar de todo lo mencionado anteriormente, mi desazón al ver la película se produjo por no ver reflejado el espíritu de supervivencia de los Spanier. Aquellos hombres venían de perder una guerra en España, habían perdido a sus seres queridos, habían luchado contra los nazis y resistido contra los mismos dentro de los campos. Si Mauthausen era conocido como el campo de los españoles era gracias al carácter de estos. El compañerismo fue vital para su supervivencia, como así lo fue para el robo de los negativos, hecho que no se resume únicamente a la figura de Boix. Eran fuertes porque luchaban por algo que iba más allá de sus vidas. Luchaban por la libertad, por la democracia, y luchaban contra el nazismo, el fascismo, independientemente de que entre ellos hubiera diferencias políticas.

Cuando al fin de la película se proyectan fotografías, no entendí por qué no apareció aquella que se hacen todos los republicanos españoles después de la liberación. Porque los Spanier, juntos, eran invencibles. Decía Ernesto Che Guevara que el conocimiento nos hace responsables. Tras ver la película por segunda vez tuve la sensación de que se habían intentado entremezclar los hechos acontecidos en Mauthausen, pero con los protagonistas equivocados. Es una historia que no necesita adornos, ya es bastante cruda en sí. No se refleja la dureza de lo que vivieron ni el horror al que fueron sometidos, dando pie a quienes todavía niegan el Holocausto a reforzar sus argumentos. A pesar de recomendar su visionario, considero que los añadidos no hacen sino darle el poder de la verdad a hechos que no ocurrieron en realidad, desdibujando el testimonio de los deportados. Devolviéndolos a la noche y a la niebla.

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