Diario de la cuarentena por coronavirus

Invitados en casa en la segunda fase

El extraordinario acontecimiento de preparar una mesa para siete comensales.

Tengo una teoría sobre la percepción del contagio. Pienso que creemos que los desconocidos infectan más fácilmente que los conocidos. Es extraño porque, en un principio, los desconocidos guardan más la distancia personal, por el sencillo hecho de que es de mala educación acercarse mucho. En cambio, la intimidad que tenemos con los familiares y amigos hace que confiemos en que vienen limpios de virus y, por tanto, no haya nada que temer. Por eso no me extraña nada que la gente se esté contagiando mucho en las fiestas de cumpleaños (que se está comprobando que son bastante multitudinarias, en parte porque hay quien tiene muchos amigos y también porque se han acumulado varios festejos que se celebran de golpe, colectivamente) y muy poco en el transporte público. Vamos a montarnos en el metro y en el autobús casi con el EPI puesto, cargados de miedo. Hacemos todo lo posible por evitar "meterse ahí" pero, en cambio, nos quitamos la mascarilla en las casas de la familia. Nos acompaña esa idea irracional de que el miedo está fuera y no dentro. Que el miedo es el otro, el extraño.

Cada día, se detectan en torno a un centenar y medio de personas que se han metido el coronavirus para el cuerpo y, de ellos, la mitad suelen estar en Madrid, que sigue siendo la comunidad autónoma más afectada, pero si no te quitas la mascarilla en una cena familiar, eres un paranoico; aunque si vas a trabajar a una oficina con tres personas, te juegas la vida. Se ve que con la fase 2 venían de regalo los juicios a pie de calle y los expertos en virología sin fronteras. A los que se nos dan mal las interacciones sociales, nos vino bien el aislamiento: al fin no había que inventar ninguna excusa para no acudir a eventos con mucha gente, para no besar, para quedarse en casa. Nunca me ha gustado saludar con dos besos a los desconocidos pero lo hago para no generar tensión. Cuando, en contextos formales, tiendo la mano, suelo generar una primera impresión de borde. Me gustaría que una de las características de la nueva normalidad sea saludar como quiera sin ser juzgada por ello.

Desde que entramos en fase 2, hemos tenido una comida en casa y una cena en otra. En nuestro salón, me sentí extraña acomodando la mesa para siete. Incluso saqué un mantel de tela y retiré el socorrido plástico –pero de elegante estampado toile de jouy que tantas veces se ha visto en las fotografías que acompañan este diario– para celebrarlo. Venían los tíos y el primo de Eleonor nada menos que desde Parla, que es uno de los sitios más lejos de los que puedes venir en fase 2. Era todo un acontecimiento. Los primos, acostumbrados a jugar cada día online a su videojuego favorito, hablándose por un micro mientras construyen cosas, hicieron exactamente lo mismo pero en persona. Su primo se puso contento, no solo por la momentánea desvirtualización, sino porque Eleonor llevaba varios días castigada sin jugar debido a una creciente desidia por las tareas escolares. Quitarle las pantallas ha funcionado, si no para que recobrara el interés por el estudio, al menos para dirigir su imaginación hacia otros lugares que siempre quedan relegados cuando hay YouTube y consola. Como poco, lee más, lo cual ya es un avance.

Tanto en la comida familiar como en la cena de amigas de mi grupo Acción Mojitos, intentamos no acercarnos mucho los unos a los otros, dejando correr el aire. Siempre hay quien no sabe hablar sin pegarse, por lo que te ves retrocediendo centímetro a centímetro hasta que, cuando te fijas, tienes la silla un metro más allá del lugar en el que comenzaste a comer. Fuimos a comprar algunas cosas para la comida y guardamos la compra sin desinfectarla antes. A veces, usamos la misma mascarilla dos o tres días sin lavarla, rociada con alcohol y colgada como un bacalao secándose. Ya no lavo con lejía las suelas de los zapatos ni desinfecto las gafas al volver a casa. Hay veces que no me quito la ropa y continúo en casa con la misma camiseta con la que paseé por la calle. Si me viera mi yo del mes de abril, se escandalizaría. Nos vamos relajando y, cuando acaba la noche, me pregunto si no será ese nuestro punto débil, nuestra perdición, la explicación de esos 75 nuevos casos diarios. O quizá no, quizá la desescalada era esto y esos últimos positivos en COVID son parte del personal sanitario que sigue batallando.

Después de un buen tiempo sin una cena entre amigos, he de decir que la quedada de Acción Mojitos fue para mí como una recepción en el Buckingham Palace. La novedad de una casa ajena, la ausencia de niños y niñas, la variedad de voces y rostros… fue todo un desahogo mental. No voy a ocultar que, si bien no he sufrido ansiedad durante el confinamiento, sí la estoy teniendo en la desescalada. Me gustaría que todo fuera más lento. Le escuché a R. en su podcast una frase que me atormenta: "la ciudad ha vuelto a infectarse de nosotros". Cuando salgo a la calle, siento el tráfico y las personas con cierta hostilidad, siento que de todo hay demasiado. Lo he hablado con otras personas y también escuché a un psicólogo hablando de ello: es normal sentirse así y le está pasando a mucha gente. Seguro que ya le han puesto un nombre a este síndrome. Quizás el problema, he pensado, sea Madrid, o la gran ciudad como concepto. Dice mi padre que desde que puede salir a la calle en su pequeño pueblo soriano, no encuentra diferencia entre la vida anterior a la pandemia y lo que ha recuperado ahora. Sí, se tiene que poner la mascarilla cuando baja a comprar, pero es lo único extraño. Él siempre estuvo aislado y no entendía por qué nos quejábamos tanto. "Allá vosotros, los que queréis vivir en la ciudad", dice, con razón. Cuando acabe el estado de alarma o, a partir de esa fecha, cuando la presidenta de Madrid lo decida, los madrileños podremos ir a invadirle el pueblo, con nuestros coches, nuestras basuras y nuestros ruidos. Ahí sí que lo va a notar.

La situación actual, en cuestión de números, es la siguiente: 243.605 casos confirmados en España; 2.336.040, en Europa y 7.533.177, en el mundo.

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Publicado el
13 de junio de 2020 - 21:47 h

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