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La revolución comenzó en el medievo

Hay tanta literatura que a veces uno se queda sin tiempo. ¿Y entonces? Hay una obra maestra, una de verdad, que se puede leer en apenas diez minutos

Jorge Manrique

Jorge Manrique.

La literatura ha hecho muchas cosas buenas por nosotros. A cambio solo nos exige que la queramos. Nos dice, con ojos grandes de gato asustado: prestadme atención. Un pedazo de vida, entregadme. Y así, tírate semanas detrás de la última página de Don Quijote, o pélate las pestañas con Anna Karenina, mi pobre Anna K. en la estación de tren, sin maletas y sin equipaje. Digo: Rojo y Negro, Moby Dick, Las ilusiones perdidas, el Ulises y dándole al espejo la vuelta: Homero en hexámetros clásicos. Venga y venga tardes perdidas a la sombra, dos puntos de nuevo, Absalom, Absalom, El proceso, el Viaje, las tragedias de Shak, que son como el océano entero en un vaso de agua, los poemas humanos de César Vallejo, los Cantos de Ezra, el Mannhatan Transfer de John Dos Passos, Adiós a las armas, Malaparte, la risa torcida de Vian, la guerra, la paz, la ruina, el amor. Y también los Hermanos K., Raskólnikov, la estepa, la taiga, para llegar, transiberiano arriba, hasta eso que había que haber dicho al principio: hay tanta literatura que a veces uno se queda sin tiempo ¿Y entonces? La posibilidad de engañar al tiempo por las esquinas. ¿Cómo? Hay una obra maestra, una de verdad, que se puede leer en diez minutos.

Hablamos de Manrique, Jorge. Se le murió el padre en el siglo XV y le escribió quince páginas de poesía limpia, sin este poco de pretensiones, una cosa estupenda que comienza: recuerde el alma dormida, avive el seso e despierte, contemplando, como se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando. Solo eso. Son cuarenta estrofitas, 480 versos, que tienen un algo extraño, naïf y grave, que brillan y se apagan en menos de lo que se tarda en leer el periódico.

La muerte medieval, consuelo de pobres y puteados, es la revolucionaria que no puede sobornarse y que sienta las bases de un nuevo sistema de pensamiento que fraguará en la Edad Moderna y los siglos posteriores.

Y ahora nos ahorramos la clase teórica. En la primera parte, J.M. se dedica a la filosofía: nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Vida, muerte, el tiempo que se escurre, el humo que somos. La segunda parte abre las cortinas. El tema: ¿de qué sirve el sol y los días azules si luego hay la muerte? El último acto es glosa y recuerdo del papá que la diña, un poco cantar de gesta, un poco el Renacimiento asomando la cabeza. Eso es lo que gusta de Jorge, su aire a dos mundos, tan medieval y a ratos tan de aquí al lado, esa concepción de la vida sencilla como un espejo, ese atrevimiento con la estructura y ese airecillo libre que tiene todo: Jorge escribe para sí mismo y para su sombra, sin inmortalidades ni academias, sin suplementos dominicales y sin flashazos en la azotea de un edificio del extrarradio.

A mí me gusta Jorge. Me gusta su naturalidad y la sencillez de la música que suena en los versos que dejó escritos. Dice Jorge, echando mano del ubi sunt: la belleza, la gloria, todo se lo lleva la Buena Señora. Dice Jorge, citando a los profetas antiguos: los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, ¿qué son sino corredores, y la muerte la celada en que caemos? Dice Jorge, bocetando a la muerte como revolucionaria suprema, guardiana de las esencias: así que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores y prelados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganado. Todos duermen. Ergo: todos mueren. No importa lo grandes o lo hijos de puta que sean, explica Jorge, a su manera. Ahí, el humanismo.  Ahí, la grandeza.

La muerte que nos cuenta Manrique está hecha de justicia poética. Si no existiera habría que inventarla. En la sociedad medieval, perfectamente dividida en compartimentos estancos, nobleza, pueblo y clero, esta concepción de la muerte que empieza a asentarse en el inconsciente colectivo deja sin validez las barreras sociales. Esa muerte medieval, consuelo de pobres y puteados, es la revolucionaria que no puede sobornarse. Fue precisamente Manrique, un aristócrata, quien mejor definió ese nuevo espíritu, esa revolución que empezaba. Oscura y perpetua e insobornable, la muerte es lo único que no se puede comprar. A todos nos ofrece lo mismo.

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