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Migrante por necesidad

En este proceso de mundialización en el que nos encontramos, no todo el que viene de fuera lo hace con el mismo estatus. Nadie parece cuestionarse la llegada de jugadores de futbol profesionales de cualquier parte del mundo. Al contrario....

Uno de los componentes de la flotilla del Aquarius a su llegada a Valencia

Kenny Karpov

Si preguntamos en nuestro entorno más cercano qué se entiende por vivir dignamente es muy probable que las respuestas sean tantas como personas consultadas. La mayoría de ellas, sin embargo, tendrían elementos comunes: sentir satisfacción personal, tener autonomía económica, convivir como seres humanos. Quien más, quien menos, ha hecho de su forma de vida un espacio en el que coinciden cierto confort, niveles de relativa confianza y respeto a su alrededor. ¿En cualquier vida? No. Cualquiera de estas respuestas tan normales en nuestro pequeño mundo alcanza otra dimensión, se convierte en logro inalcanzable si quienes responden son personas migrantes.

El drama diario del Mediterráneo parece tener un breve y feliz capítulo con la solución aportada por España al caso Aquarius. Sami Naïr, un renacentista del siglo XXI, lo recordaba en un artículo reciente, mezcla de satisfacción por la respuesta española y de recordatorio a una Europa que está empeñada en suspender la asignatura de derechos humamos desde hace varios años. El gesto del Gobierno español no es la solución, es sólo una llamada a la decencia europea frente al auge de la indiferencia generalizada. Debe traducirse en una propuesta de acción que, desde España, retome la política común europea en materia de inmigración de modo ofensivo y no solo defensivo como se ha hecho hasta ahora ['Por fin, la voz de España'. El País, 16/06/2018]. Y añadía, además, que estos gestos simbólicos se perderán en el vacío si no provocan una verdadera catarsis mental entre la ciudadanía europea.

Una catarsis que también es preciso realizar en España. Si no, que se lo pregunten a García Albiol, la voz –hasta el momento- autorizada del PP en Cataluña, quien en el intento de rebajar la ola de aceptación social por la medida adoptada por el gobierno de Sánchez, ha destapado, una vez más, el tarro de las esencias patrias: “No podemos convertir el país en una gran ONG”, discurso, por lo demás repetido una y mil veces por su propio partido, discípulo aventajado como guarda de la frontera sur europea.

Frase insolidaria que no tendría mayor consecuencia que la de reflejar cierta miopía política ante la realidad del mundo, si no fuese porque representa una muestra del malestar que en ciertas capas sociales se percibe sobre el tema de la inmigración. Lo recordaba hace unos días, Manuel Jabois ['Mételos en tu casa'. El País, 13/06/2018'] cuando insistía en que la falta de solidaridad de muchos respecto a la cuestión migrante tiene más que ver con un nacionalismo casposo y lastimero ('Los españoles, primero') que con una cuestión de fraternidad humana. Lo importante es –dicen quienes aceptan que otros/as, no ellos/as sean quienes muestren solidaridad- que las calles estén limpias, que la pobreza traída desde Siria, Sudán o Rumanía no pervierta nuestras costumbres, no intoxique nuestras creencias. Son –finalizan los bienpensantes- la reserva espiritual de Occidente, la misma que -debió pensar la España franquista de los años sesenta- se prestaba a “colonizar” países protestantes como Alemania, Suiza, Holanda, cuando en realidad los más de dos millones de emigrantes españoles buscaban así una nueva forma de vida, más digna que la que dejaban tras ellos. (Recomendable la visión/revisión del documental 'El tren de la memoria' (2005), de Marta Arribas y Ana Pérez).

¿Alguien puede dudar de que no se es migrante por vocación, sino por pretender acceder a una vida digna?

¡Qué pronto olvidamos! –nos sonroja José Múgica, expresidente uruguayo y voz autorizada en este y otros muchos asuntos públicos- ¿Cómo puede colaborar Europa en las tentativas de desaparición de tantos miles de inmigrantes en el Mediterráneo? ¿Cómo podemos olvidar las lecciones que da la Historia sobre la trascendencia de los movimientos migratorios? No hay país latinoamericano que no haya recibido miles de  “gringos pobres”, de inmigrantes europeos, que nos han ayudado a conformar nuestra cultura actual. ¿Cómo entender que la Europa culta y rica tenga fenomenales resistencias para integrar a gente que escapa de la penuria, de la guerra? En fin- resume el expolítico- con la riqueza se multiplica el egoísmo, con el aumento de la riqueza hay una paulatina pérdida de valores. ¿Será posible semejante contradicción? Es para pensarlo, por lo menos.

Poco que añadir a tal reflexión, salvo la coincidencia preocupante que se produce entre esa Europa rica, orgullosa e insolidaria y la que ve aumentar a pasos de gigante la ideología ultraconservadora y xenófoba. Sami Naïr lo denunciaba una vez más advirtiéndonos del peligro de las victorias ideológicas, más temibles que las políticas, porque son mucho más duraderas y hunden sus raíces en la mentalidad colectiva, modificando la identidad social ['Un odio que se incrusta' El País, 07/04/2018]. “La cuestión es saber, ahora, en la época de decadencia de la ilustración que estamos viviendo, si el racismo y las fobias modernas ante el mestizaje generado por el gran proceso de mundialización de la economía y de los seres humanos, desembocarán en una trágica regresión cultural de las democracias o en un estallido de guerras confesionales, étnicas, incluso de géneros. Lo cierto es que la atmósfera se hace cada vez más irrespirable.”

Y es que en este proceso de mundialización en el que nos encontramos, no todo el que viene de fuera lo hace con el mismo estatus. Nadie parece cuestionarse la llegada de jugadores de futbol profesionales de cualquier parte del mundo. Al contrario, acude en olor de multitudes a las presentaciones con sus equipos y se les reverencia por haber elegido este país como su destino provisional. Pero fuera de unas pequeñas muestras, el resto de migrantes son observados/as con recelo, cuando no con indisimulado resquemor. A más de uno/a de estas temerosas personas habría que recordarle el significado de aporofobia para que se situase correctamente en la vida.

Finalizo con las palabras de Jesús Prieto incluidas en su obra 'Los turopeadores de la miseria' [CCOO, 2008], donde tras un trabajo de campo tan agotador como estimulante recorriendo la frontera española-marroquí, a través del Estrecho decía: “El chico menor de 18 años, será para una familia de las aldeas cercanas a Tánger o de las zonas rifeñas, una inversión de futuro. En él depositará toda la familia el futuro económico y el prestigio social del grupo. Que envíe dinero todos los meses y que vuelva en verano de vacaciones bien vestido y con un automóvil, será el indicador del éxito del clan familiar. Esta es la razón que lleva a numerosos chicos a llegar hasta la ciudad de Tánger, con la idea de esperar la mejor oportunidad de dar el salto hacia España; tan sólo treinta minutos de Ferry, escondidos entre cajas de fruta o entre las maletas de un autobús de turistas, separan el deseo de la realidad.”

¿Alguien puede dudar de que no se es migrante por vocación, sino por pretender acceder a una vida digna? Si no estáis entre los dudosos, esperamos vernos el próximo sábado, 23 de junio en la 'Carrera Bilbao Refugio', organizada por CEAR-Euskadi, sumando kilómetros solidarios en  favor de las/os refugiadas. También así construimos educación.

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