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El declive de la Euskadi industrial

Desde que se inició la crisis hace ya unos cinco años hemos visto como grandes y pequeñas empresas del sector industrial vasco han ido bajando la persiana y dejando a sus trabajadores en el paro. Estos días asistimos a la liquidación de Fagor Electrodomésticos, pero esta es una más en una larga lista de empresas que no han salido indemnes de las dificultades económicas en las que se han visto inmersas. Algunas han cesado en su actividad, otras han reducido plantilla, han cerrado centros de producción o van saliendo adelante a base de EREs.

Euskadi es lo que es hoy gracias a la industria. El trabajo de empresarios y trabajadores desde finales del siglo XIX ha conformado la sociedad en la que vivimos, ya que la riqueza y el empleo que creó la industria ha permitido el desarrollo de los servicios y el mantenimiento del sector primario. La apuesta por la innovación, la búsqueda de nuevos mercados o la implantación exitosa de formas diferentes de entender las relaciones laborales como el cooperativismo, han convertido a la industria vasca en un referente a nivel mundial.

Evidentemente, la industria vasca no ha sido ajena a las diferentes crisis, cíclicas o no, que han afectado al sistema económico. Eso lo sabemos bien quienes hemos crecido y vivido en las zonas con mayor implantación industrial. Hemos visto con nuestros propios ojos como el miedo y la desesperación que trae el desempleo han afectado a nuestros vecinos. Hemos visto como grandes empresas desaparecían para siempre. Pero, de una forma u otra, la crisis pasaba y la actividad industrial cobraba un nuevo impulso. Hasta que llegó esta crisis.

Cada vez parece más evidente que la crisis presente no es como las que ya conocimos y superamos en décadas pasadas. Esta es una crisis múltiple: económica, financiera, ecológica y energética. Es, en definitiva una crisis de modelo, un modelo que está tocando techo y que tenemos que reemplazar por otro que garantice la pervivencia digna de las generaciones futuras. Cuestiones como el cambio climático o el fin de la era del petróleo barato, que hasta hace unos años eran negadas o ignoradas por parte de quienes se benefician de la actual forma de entender el modelo económico, están ya indudablemente afectando a millones de personas  y la sociedad vasca no es ajena a este proceso.

Mientras tanto, muchos empresarios, con la inestimable ayuda de los gobiernos central y autonómico, apuestan por reducir plantillas, por abaratar costes salariales, por precarizar contratos y por enterrar los convenios laborales que hasta ahora habían reguilado las relaciones laborales en este país. Y todo ello en busca de una competitividad que nunca se va a lograr de esta manera, ya que no pueden competir con las condiciones extremas a las que se enfrentan los trabajadores de los países emergentes. Esta estrategia solamente acaba creando más paro y más pobreza, cierre de empresas y despidos masivos, como estamos viendo desde 2007.

Esta es una crisis múltiple: económica, financiera, ecológica y energética. Es, en definitiva una crisis de modelo, un modelo que está tocando techo y que tenemos que reemplazar por otro que garantice la pervivencia digna de las generaciones futuras.


¿Significa esto que la industria vasca no tiene futuro? ¿Qué tenemos que volver a ser una sociedad agrícola y ganadera? En absoluto. Significa que hay que adaptarse a las unas condiciones diferentes en las que desarrollar la actividad industrial. Es algo que ya se ha hecho en el pasado y un reto de futuro para empresarios y trabajadores y para la sociedad vasca en general. Si asumimos que los recursos naturales a disposición de la economía son limitados y que, por tanto, el crecimiento económico ilimitado es imposible físicamente, simplemente debemos orientar la actividad industrial a un escenario estacionario, pero en el que la sociedad necesita igualmente bienes y servicios.

La industria vasca demanda mucha energía, una energía de la que carecemos de fuentes propias y que cada día va a ser más cara y más difícil de conseguir en un mercado global. Este problema afecta a la rentabilidad de cualquier empresa, pero especialmente a sectores como la automoción o la aeronáutica, que han funcionado muy bien mientras el barril de petróleo se ha mantenido a precios bajos, pero que en un futuro próximo van a ser insostenibles.

Por tanto, el futuro de la industria vasca pasa por reorientarse hacia la economía sostenible, hacia nichos donde es posible crear empleo y que tienen una demanda creciente: energías renovables, rehabilitación de viviendas con criterios de eficiencia energética, gestión del agua y de los residuos, movilidad sostenible, etc.  Y si además, somos capaces de repartir el empleo entre todos en lugar de excluir y abandonar a su suerte a una parte cada vez mayor de personas habremos puesto las bases de una sociedad vasca sostenible y con futuro.

Mientras los brotes verdes solamente crecen en la imaginación de políticos obligados a ofrecer buenas cifras a la ciudadanía de cara a próximas citas electorales y de economistas que hacen malabarismos con las estadísticas, la realidad es que el erial agrietado que es la exclusión social se extiende cada vez más por nuestra sociedad. La solución pasa por echarle imaginación, por innovar, por arriesgar, pero siempre tomando como base un análisis acertado de donde estamos y hacia donde queremos avanzar.

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