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La historia de Valeria

Vivimos un momento especialmente peligroso en el que se multiplican los mensajes xenófobos y misóginos

Cursos de empleo para mujeres inmigrantes

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Valeria es nicaragüense, tiene 40 años. Abandonó su país y llegó a Europa hace quince años acompañada de su marido. En su ciudad no conseguían trabajo. Unos compatriotas habían viajado a España y se habían asentado en el País Vasco. No les iban mal las cosas. Al menos esas eran las noticias que llegaban a Valeria y a su familia desde Europa. Así que el matrimonio decidió probar suerte.

Valeria no pudo traer con ella a sus hijas. Dulce María, Claudia y Jessenia tuvieron que quedarse en su pueblo al cuidado de su abuela y sus tías. El sueño del matrimonio era ganar dinero suficiente, asentarse, legalizar su situación y con suerte traer a las niñas para crecer junto a ellos.

Valeria empezó a trabajar enseguida. Conseguía trabajos en el sector de la limpieza y cuidando de personas enfermas y dependientes. Madrugaba, trasnochaba, dormía poco para no desaprovechar ninguna oportunidad de ganar dinero. Su marido conseguía algún trabajo esporádico en la construcción o descargando camiones, aunque esos empleos no le duraban demasiado. Valeria y su marido vivían en una habitación, en una casa compartida, con sus pocos enseres almacenados bajo la cama. Ahorraban todo lo que podían para enviar el dinero a su familia. El marido de Valeria empezó a gastar dinero en bebida. Ese dinero que, en su mayoría, ganaba Valeria realizando un trabajo duro, poco valorado y mal remunerado. La situación no podía continuar de este modo. Así que decidieron que él regresaría a su país y ella se quedaría en España para mantener a su familia. Y así fue.

Valeria lleva diez años viviendo sola en Bilbao. Algún fin de semana, cuando pasea con sus amigas por la calle –también son nicaragüenses y también añoran a su gente y sus costumbres– tiene que soportar alguna grosería procedente de algún energúmeno que alude al color de su piel o a sus curvas. Y sigue trabajando, limpiando, acompañando y cuidando a personas ancianas. La mayor parte de sus ocupaciones son no declaradas; ella sabe que no le pagan siempre lo justo, pero no puede decir nada. Se ha mudado de casa, pero sigue viviendo en una habitación en la que guarda sus pocas pertenencias… y sus recuerdos. Sigue enviando dinero a su familia, pero tiene mucho cuidado de que su marido no sea el que lo recoja.

Valeria ya no sueña con traer a su familia a vivir con ella. Pero tampoco puede regresar a su tierra porque la vida de sus hijas depende de lo que ella gana. Cada tres años viaja a su país a visitar a su familia. Los billetes de avión son demasiado caros, no puede hacerlo con más frecuencia. Lamenta no haber podido celebrar con sus hijas tantos festejos familiares, tantos cumpleaños… y entretanto los años van pasando.

Valeria viaja en este momento hacia Nicaragua. Le tocaba ese añorado viaje de reencuentros y emociones. No conoce a su nieto, al hijo de Dulce María, que tiene apenas un añito. Valeria no ha podido acompañar a su hija durante su embarazo. No ha podido conversar con ella en ese periodo tan especial. Solo conoce al pequeño Carlos Alberto a través de la pantalla de su teléfono móvil. Desde su asiento, en el avión que le lleva a Managua, repasa emocionada las fotos que ha ido recibiendo de parte de su familia durante estos largos años…

La historia de Valeria es una historia inventada, pero se ha nutrido de vivencias de varias personas, de historias contadas, compartidas, leídas o vividas. Muchas mujeres solas, como Valeria, trabajan lejos de sus hogares para mantener a sus familias. Muchas sobreviven con trabajos mal remunerados. Muchas de ellas han sufrido acoso, e incluso agresiones, sin posibilidad de denunciar por su situación laboral no siempre regular. Desamparo, desarraigo, explotación laboral, soledad, agresiones, racismo,… muchas de ellas habrán padecido muchas de estas situaciones, algunas de ellas debidas a su especial situación de vulnerabilidad.

Todas y todos tenemos una estrecha relación con la migración

Por cierto, no olvidemos que todas y todos tenemos una estrecha relación con la migración. Quizás seamos descendientes de personas llegadas de otros lugares buscando una vida mejor o huyendo de la persecución por motivos diversos. Quizás alguna de las personas más jóvenes que conocemos deba cambiar de residencia para encontrar trabajo. Quizás debamos desplazarnos para acompañar a un ser querido o escapar de una situación conflictiva. Comenzar una vida nueva, en un lugar con una cultura diferente, con un idioma distinto, con costumbres extrañas, sin un entorno protector que nos ayude, no es fácil para nadie. Y muy especialmente, es difícil para las mujeres.

El pasado 30 de noviembre, el lehendakari presentó el Pacto Social Vasco para la Migración. Un pacto que lleva por título Ofrecer lo que desearíamos recibir. El borrador de este pacto se presentó hace un año, el 18 de diciembre de 2018, coincidiendo precisamente con el Día Internacional de las Personas Migrantes. Desde entonces se ha trabajado intensamente para conseguir consensuar el texto final. Uno de los epígrafes de este pacto alude a las mujeres migrantes y, entre otros, anota:

La igualdad de género es un principio fundamental para nuestra convivencia, logrado con la lucha de millones de mujeres. Es un principio irrenunciable que debe garantizarse a toda la población femenina, independientemente del su país de origen.

Vivimos un momento especialmente peligroso en el que se multiplican los mensajes xenófobos y misóginos. Este miedo atroz por parte de algunos a perder sus privilegios está complicando muy especialmente la vida de las personas inmigrantes y la de las mujeres.

Las mujeres inmigrantes soportan situaciones doblemente complicadas. Son mucho más vulnerables que el resto de las mujeres y están más desvalidas que el resto de las personas migrantes. Pero su capacidad para salir adelante es grandiosa. Solo necesitan respeto, confianza y oportunidades para crecer.

Recurro, para terminar, a una frase de la siempre inspiradora Rosa Luxemburgo.

Las mujeres, y en particular las migrantes, necesitamos más que nunca luchar “por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”. Ya es hora.

*Marta Macho es doctora en Matemáticas, profesora de la UPV/EHU. Dirige el blog Mujeres con ciencia

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