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Carta a una saharaui

Una saharaui en los campos de refugiados de Tinduf.

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Hace unos meses, durante la ultima edición del FISAHARA, celebrado en Madrid por la imposibilidad de hacerlo en los campamentos dada la situación bélica, a nuestra madre le concedieron un inmenso honor —así lo habría vivido ella —al nombrarla ciudadana saharaui a titulo póstumo y honorario. Eso nos convierte a nosotros en hijos orgullosos de una luchadora saharaui y noblesse oblige.

Pues sí, madre, a tu pueblo lo han vuelto a traicionar. Ya cuando hicimos el documental “Hijos de las nubes”, un diplomático norteamericano explicaba resignado que en un mundo dominado por la realpolitik —que es la manera fina de llamar a la inmoralidad en la política internacional—, el problema de los saharauis es que son too few to matter, demasiado pocos para importar ante las exigencias de un sátrapa como el rey de Marruecos, ante sus extorsiones y ante las cuentas de resultados y balances económicos.

Clausewitz, el gran teórico de la guerra, venía a decir que esta no es más que la continuación de la política por otros medios. Podríamos añadir que guerra y política no son más que la continuación de los negocios por cualquier medio. Y Marruecos es socio prioritario en el Magreb de Francia, de los EEUU… y de España. ¿Qué pueden importar las reclamaciones legitimas de un pueblo que fue colonizado y abandonado por España, invadido por Marruecos, asesinado y bombardeado en su huida hacia la Hammada, el desierto del desierto, torturado y encarcelado diariamente en sus territorios ocupados? Nada. Da igual que el derecho internacional avale sus reclamaciones de independencia, su derecho a existir como pueblo. Da igual que la ONU certifique la obligación de realizar una consulta, un referéndum que les de voz y la autodeterminación. Que se sucedan los comisionados impotentes, que varios hayan denunciado asqueados la inacción y la complicidad en la canallada internacional contra el pueblo saharaui.

Curiosamente, madre, y siendo esta una causa que genera una solidaridad tan transversal entre la ciudadanía española, tan tristemente dividida en tantas otras cosas, la cesión al chantaje marroquí siempre ha encontrado una pasmosa unanimidad en los distintos gobiernos españoles. Cosas de la realpolitik, ya sabes. Cosas que los ciudadanos no entendemos. Claro que vivimos unos tiempos extraños en que si gritas No a la Guerra, no a cualquier guerra, te tachan de ingenuo o directamente de ignorante. Tiempos de belicosos telepredicadores, envíos de armas para enfangar conflictos -total, los muertos los ponen otros- y solidaridades selectivas: tu suerte como refugiado cambia mucho en función del color de tu piel, tu pelo y tus ojos. De tu credo. Lástima que la justa y necesaria solidaridad con cualquier refugiado no se haga extensiva, por ejemplo, a un pueblo que fue provincia española, que conserva como un tesoro el castellano y que lleva luchando décadas por su independencia ante un sátrapa que los encarcela, los tortura y los bombardea. 

Cosas de la realpolitik.

Qué asco.

Nosotros, como tú, madre, seguiremos pidiendo siempre un ¡Sahara Libre Ya!

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