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El Domingo del Recuerdo

El Reino Unido guarda dos minutos de silencio por el Armisticio de la I Guerra Mundial

Rocío Mayol

Si pasean por las calles de Londres durante el mes de noviembre, verán muchas amapolas rojas de papel prendidas en las solapas de los abrigos. La amapola simboliza la sangre de los caídos en el frente. Se empezó a utilizar al finalizar la Primera Guerra Mundial, inspirándose en el poema “In Flanders Fields”, escrito por el soldado canadiense John McCrae.

El 11 de noviembre, el día en que se firmó el Armisticio de Compiègne que supuso el cese de hostilidades de la Gran Guerra, fue la fecha elegida por El Reino Unido y los países de la Commonwealth para celebrar el Domingo del Recuerdo (Remembrance Sunday). Cada 11 noviembre a las 11:00 horas se guarda un minuto de silencio y se colocan coronas de amapolas rojas en los monumentos y placas con los nombres de los hombres y mujeres que lucharon en las dos guerras mundiales, así como en conflictos posteriores. En noviembre de 2014 se instalaron en la Torre de Londres 888.246 amapolas rojas de cerámica, una por cada víctima de la guerra, y este 11 de noviembre también se ha celebrado de forma especial, al ser el centenario del final del conflicto. La recaudación de la venta de amapolas de papel (llamada Poppy Appeal) se destina a mejorar la calidad de vida de veteranos de guerra, de supervivientes y de sus familiares. También hay grupos pacifistas que prefieren rendir homenaje con una amapola blanca que simboliza la paz, el rechazo a la violencia y al comercio de armas, pero esto genera controversia: es considerado una falta de respeto por quienes piensan que apoyar a los veteranos de guerra y estar de acuerdo con la venta de armas son cosas muy distintas. En ocasiones los símbolos no siempre significan lo mismo para todo el mundo.

Lo fascinante del concepto del Domingo del Recuerdo es que todos los ciudadanos británicos de cualquier ideología (y hasta inmigrantes de paso, como una servidora) rinden respetuoso homenaje a ciudadanos que murieron en conflictos armados. Todo se para durante el minuto de silencio. Nadie trabaja ni habla ni se mueven. La primera vez que viví un 11 de noviembre aquí no esperaba que fuera tan sobrecogedor. Sé que nunca voy a ver esta clase de homenajes en España, al menos no de forma unánime bajo los mismos símbolos, porque no tenemos un relato único de nuestra historia reciente. No creo que esto sea algo negativo, sino una oportunidad de investigar y dar a conocer los hechos desde todos los puntos de vista. Los británicos no pasaron por una guerra civil fratricida ni tuvieron dictadores gobernando durante cuatro décadas. Lucharon contra un enemigo común teniendo muy claro quiénes eran ellos y quiénes eran “los otros”. Sufrieron el mismo destino en las dos guerras mundiales, tanto en el frente como en sus pueblos y ciudades, y su identidad nacional está sólidamente construida desde la época de Churchill. Hasta los británicos republicanos de izquierdas se identifican con símbolos nacionales como la Union Jack y reconocen a Isabel de Windsor como su reina. El arraigado respeto que tienen por los miembros de la monarquía también se debe a que la familia real se quedó en Londres durante los bombardeos del Blitz en 1940 y 1941.

También tienen exposiciones permanentes y monumentos conmemorativos para recordar a las víctimas del Holocausto y a los más de 2.100 voluntarios que se unieron a las Brigadas Internacionales para luchar en la Guerra Civil española. Me llama especialmente la atención la cantidad de recordatorios que hay de las Brigadas Internacionales. Además del famoso monumento en Southbank, hay pequeños monumentos y placas repartidos por todo el país (se pueden consultar en esta página web). La mayoría suelen agradecer la valentía de los que lucharon en contra del fascismo, defendiendo la libertad y la paz para todos. Citan el lema “No pasarán” o “They went because their open eyes could see no other way” (Marcharon porque sus ojos abiertos vieron que no había otro camino), como esta placa dedicada a los voluntarios del barrio de Hammersmith y Fulham. Los libros de Hemingway y de Orwell contando sus experiencias en las Brigadas se siguen reeditando y vendiendo en las librerías. No cabe ninguna duda de que, en la memoria colectiva de los británicos, los que acudieron a ayudar a los republicanos españoles en 1939 lo hicieron defendiendo unos valores democráticos universales que son respetados hoy en día. En aquella época el gobierno no les apoyó oficialmente porque se veía un peligro en el socialismo, idea que se ha superado gracias al paso del tiempo y a una adecuada revisión histórica. Me llama la atención que británicos, franceses, alemanes y otros vecinos europeos hayan sido capaces de reflexionar y de llegar a la misma conclusión: que aquellos voluntarios se merecían un homenaje. Un agradecimiento institucional, una placa, un mínimo gesto. Mientras tanto, en España se ignora a los republicanos que murieron durante la guerra y a los que fueron deportados a campos de concentración nazis. Los historiadores, investigadores, familiares y asociaciones de memoria histórica llevan demasiado tiempo demandando que se deje de ignorar este tema, y hasta Naciones Unidas y el Consejo de Europa sacaron los colores al Gobierno español por no hacer nada al respecto. Pero nunca interesa mirar al pasado, todavía nos escuece. No hay presupuesto para ponerse a excavar fosas comunes ni a identificar dónde fue enterrado quién. Sin embargo, sí encontraron el presupuesto para repatriar a los voluntarios de la División Azul. Pareciera que los que toman estas decisiones quisieran que la sociedad se olvidase para siempre del bando perdedor y, por consiguiente, de la mitad de nuestra historia.

Toda memoria colectiva es inevitablemente construida, así que hay que evitar contarla en términos de blanco o negro. Nunca funciona imponer un relato único de un hecho histórico ni se puede obligar a todo un país a que se identifique con un símbolo, como el de la bandera española. Muchos políticos pretenden que nos sintamos orgullosos de esta bandera y que la mostremos con orgullo. ¿Y si estamos orgullosos de algunas cosas y de muchas otras no? ¿De qué va a servir colgar en la ventana un trozo de tela que tantos sentimientos encontrados provoca? ¿Nos levantaremos un día encontrando los balcones engalanados con banderas y todos nuestros problemas solucionados? Como ciudadana, nunca les compraré el discurso de “O estás con esta bandera o en contra de ella”. Como historiadora, no lo puedo consentir, porque además de ignorar la amplia escala de grises que hay en el sentir de los ciudadanos españoles, borra de un plumazo nuestra historia y pone en peligro la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

Preguntémonos por qué hay tantas asociaciones que intentan restaurar el recuerdo de los republicanos, de los perdedores, de los olvidados y de los ignorados, sin ánimo de remover nada; simplemente quieren escuchar un reconocimiento por parte de las instituciones y poder comunicarle a los familiares que aún viven a qué fosa común pueden llevar una flor. Parece que las iniciativas de investigar nuestro pasado reciente están reactivándose poco a poco. Por fin se ha estrenado un documental sobre el franquismo, ‘El silencio otros’. Me siento orgullosa de ver a historiadores rescatando piezas del puzle, investigando los campos de concentración franquistas, escribiendo artículos, saliendo en los medios, organizando a familiares y ayuntamientos para que rindan un pequeño homenaje a los que murieron o sufrieron directa o indirectamente las consecuencias de las guerras y la dictadura. Muchos de sus esfuerzos pasan desapercibidos pero animan a seguir aprendiendo sobre nuestra historia y a reflexionar sobre la memoria histórica. En mi ciudad natal, se consiguió poner una humilde placa para conmemorar a los murcianos deportados a campos de concentración nazis, en parte gracias a la gran labor de investigación del historiador Víctor Peñalver. Consiguieron colocar la plaquita en una calle del centro. Se celebró un pequeño acto con los representantes de las instituciones correspondientes, asociaciones, familiares y vecinos. Y a los dos meses alguien vandalizó el monumento. Si esto es prueba de algo, es de que el fascismo sigue más vivo que nunca, avivado por discursos intolerantes, y no podemos ignorar este hecho.

Observando el clima actual en Europa y en el mundo, con líderes de extrema derecha gobernando cada vez en más países, corremos el riesgo de olvidar rápidamente. En España nunca tendremos un Domingo del Recuerdo ni celebraremos nada bajo una sola bandera porque nuestra historia es muy particular, pero eso no significa que tengamos que olvidarla ni que aceptar unos símbolos y un relato impuesto sin cuestionarlos. Es más necesario que nunca abrir un libro de historia, acudir a un museo, preguntar a nuestros mayores para que nos cuenten todo lo que recuerdan y escuchar atentamente lo que tienen que transmitirnos. Esto es mucho más importante y más urgente que discutir sobre cualquier bandera, símbolo o tumba de dictador. Si hay que empezar dando un paso, es el de escuchar a los que sobrevivieron a las guerras, a la posguerra, a las torturas y desgracias del fascismo y de la dictadura. Leer sus cartas, sus diarios, observar sus fotografías y asegurarnos de que no caerán en el olvido. Creo que esta es la clave para que se desenrede lo demás. Este es nuestro legado y nuestro relato común.

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