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El ataque ilegal de Trump a Irán desata un caos de consecuencias imprevisibles
Irán no va a asistir a su propio funeral como un convidado de piedra tras el ataque
OPINIÓN | 'Faltamos nosotros', por Enric González

Irán, Israel, las guerras existenciales y el cambio de régimen

Ataque aéreo israelí sobre Teherán, este sábado.

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Ha empezado una guerra en Irán, pero no sabemos cuánto durará ni las consecuencias que tendrá sobre la población iraní. Lo iremos viendo en los próximos días y semanas. En un contexto como este, sin liderazgos claros porque los opositores están presos, la sociedad puede moverse entre dos impulsos contradictorios: la oportunidad de tomar la calle e imponerse, y la angustia de que el vacío se llene con caos, facciones armadas o una guerra civil, especialmente si hay actores internos que compiten por dirigir el desenlace. La pregunta decisiva es si la población logrará convertir el lógico miedo individual en una acción colectiva sostenida y de forma mayoritaria, proteger formas básicas de coordinación movilizadora, y evitar que la violencia sectaria y la intervención extranjera desvíen la revuelta hacia una tragedia mayor, pues cuando un aparato represivo se siente acorralado, aunque esté descabezado, suele responder con terror.

De momento, podemos analizar las principales razones de estos ataques, que, a mi parecer, son cuatro y que se superponen en el tiempo: el programa nuclear de este país, el desarrollo de nuevos misiles, el propósito de Israel de ser la única potencia regional, y derrocar al régimen iraní debido a la explosiva situación política de este régimen autocrático y represor, especialmente tras las revueltas populares de enero. Esto supone un serio debate sobre los límites que tiene la diplomacia para abordar algunos temas, y las formas de encarar una crisis política de primer orden, con la opción militar desde el exterior como una respuesta que genera muchas dudas. Tampoco hay que olvidar que Irán es un importante productor de petróleo, y ya sabemos que es una de las debilidades de Trump.

Antes del viaje del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el 29 de diciembre pasado, para visitar al presidente Trump en Mar-a-Lago, funcionarios israelíes enfatizaron que Israel estaba listo para atacar de nuevo a Irán, y sugirieron que Netanyahu buscaría el apoyo estadounidense para una acción militar adicional durante su visita. La opción diplomática ya estaba en marcha respecto al programa nuclear iraní, pero no era la opción preferida por Israel, quien presionó fuertemente a Estados Unidos en este sentido. Lo tremendo del caso es que el ministro de exteriores de Omán, que lleva las negociaciones entre Estados Unidos e Irán por el tema nuclear, afirmó horas antes del ataque que las negociaciones estaban “al alcance”, pues Irán había aceptado las condiciones de Estados Unidos. Se lo comunicó personalmente al vicepresidente de Estados Unidos el viernes, un día antes del ataque. Incluso se habló de iniciar un diálogo entre Irán y los países del Golfo. ¿Por qué, entonces, despreciar la diplomacia y optar por la guerra? La respuesta, quizá, está en el carácter existencial del conflicto entre Israel e Irán, con Trump como aliado a través de su concepto de “paz por la fuerza”.

En 2015 se firmó un nuevo nuclear con Irán, formalmente conocido como el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), por el que este país congelaba su programa nuclear a cambio de que levantaran las sanciones, pero el presidente Trump lo abandonó durante su primer mandato, en 2018, y volvieron las sanciones. Netanyahu visitó previamente al presidente Trump, para que rompiera con el Plan y abandonara la vía diplomática, que nunca ha querido. Ahora ha vuelto a pasar lo mismo. La reacción iraní fue la de volver a su programa anterior, y, además, con nuevos programas de desarrollo de su importante arsenal de misiles, aunque hay que señalar que van dirigidos a Israel, no a Estados Unidos, como ha dicho Marco Rubio, pues no tienen un alcance intercontinental ni Irán ha tenido nunca intención de atacar Estados Unidos. En mi opinión, retirarse de JCPOA fue un inmenso error, pues trajo consecuencias indeseables, y terminó con un trabajo diplomático que estaba empezando a dar resultados.

Hace pocos días, el principal negociador estadounidense, Steve Witkoff, dijo que Irán estaba “probablemente a una semana” de tener suficiente uranio de grado militar para una bomba, a pesar de la afirmación de la administración estadounidense de que sus ataques militares de junio de 2025 habían aniquilado el programa nuclear iraní. Aunque Irán conserva gran parte de la capacidad técnica, los expertos señalan que estaba lejos de poseer un arma nuclear. Por tanto, la afirmación alarmista de Witkoff era errónea o deliberadamente engañosa, y lo que pretendía era presionar aún más a Teherán, y añadir un sentido de urgencia para justificar un posible ataque militar estadounidense, como se ha producido.

En cuanto al aspecto político, la brutalidad represiva del régimen iraní de principios de enero, contra los manifestantes que querían un cambio de sistema político, en especial los jóvenes, no se puede entender si no tenemos suficientemente en cuenta el carácter teocrático de dicho régimen. Las teocracias como Irán, al basar su legitimidad política en una autoridad religiosa presentada como incuestionable, tienden a depender del uso de la fuerza para convertir esa pretensión moral en control efectivo del Estado. Cuando una parte de la sociedad no acepta esa interpretación religiosa o exige pluralismo, el régimen suele responder con coerción y represión policial para impedir que la disidencia se traduzca en organización y produzca un cambio institucional. Para ello, combina leyes y tribunales que castigan el “desorden” o la “ofensa” religiosa, cuerpos de seguridad y milicias ideologizadas, vigilancia y censura, y castigos ejemplarizantes que elevan el costo de oponerse. En este tipo de sistemas, la violencia, tanto física como estructural, funciona como un mecanismo de disuasión y disciplinamiento social que compensa la falta de alternancia real y protege a la élite gobernante frente a crisis de legitimidad, fragmentación interna o presión popular. Las protestas sociales, como las de 2022-2023 y las de ahora, con unos 30.000 muertos, fueron reprimidas brutalmente bajo acusaciones de ser “enemigos de Dios” o instigados por potencias extranjeras “impías”.

Por otro lado, Irán tiene un conflicto externo, de carácter regional, donde su teocracia chiita es central en su política exterior. China impulsó y celebró el acuerdo Arabia Saudí–Irán de 2023, para proyectarse como actor diplomático capaz de mediar entre rivales en Oriente Medio, y reforzar la estabilidad regional que protege sus intereses energéticos, pero lo cierto es que Irán tiene una pugna con Arabia Saudita por el control de la región, por lo que ambos países mantienen una relación ambivalente, de cooperación estratégica y rivalidad al mismo tiempo. Este último país se ha aliado con Israel y mantiene muy buenas relaciones con Trump, por lo que lo Irán lo tenía ya muy difícil. Con Hamás y Hezbolá muy debilitados, apenas tiene ya influencia real en la región.

El problema, pues, está con Israel. El odio entre Irán e Israel es mutuo, ya que ambos países se declaran como “enemigos existenciales” desde la Revolución Islámica de 1979. El tema central no es la religión en sí, sino el mecanismo por el cual cualquier relato político se convierte en verdad absoluta y produce enemigos ontológicos. La sacralización de la violencia y la guerra convierte la confrontación política en un asunto trascendente, ya que la violencia deja de ser un medio excepcional y pasa a presentarse como deber moral, acto purificador o vía de redención histórica. Al encuadrar el conflicto como cuestión existencial, se clausuran los matices y se vuelve sospechosa cualquier alternativa intermedia, como la negociación o el compromiso, que pueden leerse como claudicación. Ese es el problema que arrastran los dos países desde hace décadas. Cuando el otro es presentado como amenaza absoluta —no solo un adversario, sino un peligro existencial—, la violencia y la guerra deja de verse como recurso extremo y se convierte en “respuesta lógica” o “defensa inevitable”. El problema de fondo, pues, es que ambos países han construido un relato que elimina los matices y encierra la relación en una lógica de supervivencia, donde el choque permanente parece inevitable. Esto explica que nunca se haya buscado un acercamiento entre los dos países. La diplomacia internacional no tuvo esa capacidad, pero Netanyahu siempre ha despreciado cualquier acuerdo, es algo que le supera.

Tras el nuevo ataque, que ha producido numerosas víctimas civiles, la población iraní que rechaza la teocracia represiva se encuentra en una situación muy difícil. Una respuesta eficaz debe ser simultáneamente política, jurídica, comunicacional y social, además de contar con un gran apoyo internacional, pero estamos hablando de un país que no tiene un liderazgo claro en la oposición al régimen, algo vital en momentos como el presente. La opción de Reza Ciro Pahlavi, que hace 50 años vive fuera del país, no es la mejor opción, aunque Israel y Estados Unidos lo apoyan. El cambio de régimen lo tendrá que protagonizar la propia población iraní, no Israel ni los Estados Unidos. El precio a pagar será alto, por desgracia, pues ya sabemos cómo actúa dicha teocracia y sus guardianes, pero las revoluciones que han sido fructíferas normalmente se han hecho así. La clave será sostener esa presión interna con organización, unidad y apoyo internacional, orientado a proteger sus derechos, no a sustituir la agencia de los iraníes, porque solo así un eventual cambio tendrá legitimidad social y posibilidades reales de consolidarse.

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