No romantizar Blocus
No quisiera realizar aquí un diagnóstico demasiado concluyente sobre el fenómeno Blocus. Para ello ya están los habituales antropólogos y sociólogos de guardia, algunos de los cuales no han dudado en relacionar esta ola de disturbios, saqueos y actos vandálicos con la insatisfacción de la generación Z, influidos, imagino, por el movimiento estudiantil francés Lycées Indignés, que promueve periódicamente bloqueos de institutos en el Hexágono, y que exhibe una misma estética y parejas tácticas de violencia callejera.
Ahora bien, de entrada, aunque hoy por hoy todavía domina el relato policial y no sabemos demasiado de este insólito fenómeno, lo que puede verse con cierta claridad es que se trata de un movimiento formado mayoritariamente por jóvenes y menores de edad, notablemente informal, al carecer de líderes visibles, más allá de unos pocos instigadores en las redes, curiosamente residentes fuera de los entornos metropolitanos. Hay que ser prudentes, pues, a la hora de afirmar que detrás de Blocus hay un profundo desencanto, frustración acumulada o falta de perspectivas de una generación de jóvenes.
No negaré que los jóvenes de hoy crecen bajo la premisa de que vivirán peor que sus padres, aunque esta circunstancia no creo que se perciba igual en el caso de los menores y adolescentes no emancipados, que viven todavía a expensas de sus padres, y que se encuentran todavía en edad de cursar la ESO. Estos jóvenes no han tenido todavía que afrontar las dificultades para acceder a una vivienda, la precariedad laboral crónica o la sensación de que el sistema educativo ya no garantiza un ascenso social. Difícilmente se puede hablar de que este colectivo acusa la “fractura del pacto social”, como se ha llegado a afirmar, en el sentido de que desde ahora ya perciben que el futuro no les ofrece nada y por eso mismo se sienten legitimados para incumplir las normas, destruir el mobiliario urbano o la propiedad privada.
Algunos expertos han descrito a Blocus como una especie de “nihilismo reactivo”. Una especie de rabia difusa contra el sistema, las instituciones y la autoridad —representada sobre todo por la policía—. Esto permitiría explicar por qué estos jóvenes, desideologizados, se muestran ajenos a toda forma de expresión política y no plantean ninguna demanda concreta, a diferencia de otras protestas históricas en Barcelona —desde las bullangas del siglo XIX, la Semana Trágica, las huelgas de la Canadiense y del Tranvía, las del 1-O, el actual movimiento a favor de la vivienda o las huelgas estudiantiles tradicionales—. Estaríamos asistiendo, en suma, a una especie de espectáculo o de evasión, en la que estos mozos, inmersos en una realidad hiperdigitalizada, optarían por la destrucción y el choque como forma de ocio extremo, de catarsis ante el aburrimiento y el vacío existencial, vamos. TikTok y el agorismo harían el resto, actuando como la dopamina necesaria para premiar los contenidos visualmente más despampanantes: la estética de rebeldía con ropa negra, pasamontañas, etc. Todo ello perfectamente encajado en la lógica del consumo digital de los adolescentes.
No hay motivos para romantizar Blocus, pues. Los perfiles anónimos que orquestaron la convocatoria digital de Barcelona no parecen haber expresado el desencanto juvenil haciendo estallar la frustración acumulada, aunque sea de la forma más destructiva posible. No es una revuelta social, sino un movimiento vacuo y oportunista que banaliza y perjudica a las luchas reales, aunque en ocasiones haga uso de la “falsa bandera” en forma de carteles falsos en defensa de la educación pública o de la sanidad como anzuelo para atraer a menores de edad a las protestas.
A diferencia de los movimientos sociales tradicionales —el de la vivienda o el sindicalismo, pongamos por caso—, que se basan en la organización comunitaria, las asambleas abiertas y el debate colectivo cara a cara, Blocus, vive en el oscurantismo: se coordina a través de algoritmos verticales y chats. El saqueo de tiendas de ropa de marca o tecnología tampoco tiene nada revolucionario, sino que es el reflejo del propio consumismo individualista que promueve el sistema. Y dado que no hay ideología detrás, no se pretende destruir el capitalismo ni nada que se le parezca, sino apropiarse de sus productos de lujo para lucirlos en las redes sociales.
Aparte de deslegitimar la protesta real, Blocus ha llevado a una parte de la opinión pública -la menos informada o ideologizada- a poner en el mismo saco cualquier manifestación legítima contra la precariedad laboral o habitacional, permitiendo alzar de la derecha con sus recetas autoritarias. Los destrozos de mobiliario urbano, la quema de contenedores en los barrios y los ataques a pequeños comercios o el transporte público perjudican directamente a los vecinos y las clases medias y populares, no a las élites económicas o políticas. Blocus no es el fruto de una juventud consciente que se rebela contra las injusticias, o un producto más de la atávica cultura popular de la desafección catalana, sino una pataleta desprovista de contenido e instrumentalizada de forma opaca por canales anónimos, que consciente o inconscientemente ha acabado haciendo el juego a quienes quieren restringir las libertades públicas.
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