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Una telaraña de conspiraciones

Manuel Fraga en 1962 jurando como ministro, ante Franco, las Leyes Fundamentales del Reino. A la derecha, Feijóo y Fraga en 2006.
26 de febrero de 2026 22:13 h

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En 'Asesinato en el Oriente Express', el detective Hércules Poirot, creado por la imaginación de Agatha Christie, debe dilucidar la responsabilidad de un asesinato a bordo del célebre ferrocarril detenido por una tormenta de nieve. Los pasajeros del convoy se convierten en sospechosos porque, además, cada uno de ellos tenía motivos para asestar su puñalada. En noviembre de 1980, Adolfo Suárez era el Samuel Ratchett al que todos ansiaban ultimar. 

Uno de los documentos relativos al 23-F desclasificados por el gobierno describe la compleja urdimbre de tramas cuyo último objetivo era colocar una diana sobre él. Se trata de la unidad documental titulada “Documentación con una presunta planificación del golpe, manuscrita (1980)”. Varios medios se han referido a ella como el bosquejo del plan diseñado por los golpistas. En mi opinión, son los apuntes de un agente de los servicios de información infiltrado entre los conspiradores. Su redacción sigue un patrón: descripción de la operación observada; identificación de los responsables; y evaluación de la viabilidad, no quedándose en un momento estático, sino aventurando la posible evolución acorde al potencial deterioro de la situación social y política. 

Las múltiples tramas anteriores al 23-F se analizan en las seis primeras páginas del documento bajo el rubro “Panorámica de las operaciones en marcha”, subdivididas en civiles, militares y protagonizadas por “expontáneos” (literal). Lo primero que llama la atención es que el informante otorgó idéntico rango a las conspiraciones militares que a las intrigas internas de la Unión de Centro Democrático (UCD), las entabladas por la corriente democristiana liderada por Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón -a quien Leopoldo Cavo Sotelo llamaría el buque insignia de los submarinos que estaban hundiendo al partido-, o la “azul” de los antiguos cuadros del Movimiento encabezados por Rodolfo Martín Villa. También metió en el mismo saco legítimos recursos de oposición como la moción de censura impulsada por el PSOE, la absorción por parte del partido de Felipe González del sector socialdemócrata de la UCD o el perfil bajo adoptado por el PCE. Era, sin duda, un reflejo del escaso rodaje de la cultura democrática que aquejaba aún a los funcionarios de los aparatos duros del Estado en transición. 

Las más interesantes de las descritas eran las operaciones con un componente militar: la “de los Tenientes Generales”, la “de los coroneles” y la de los citados “expontáneos”. A medida que se descendía por la escala de mando, los proyectos estaban más perfilados, los objetivos eran más definidos y los métodos se preveían más contundentes. El operativo de los Tenientes Generales era un golpe rectificador bajo forma de pronunciamiento clásico: dada la situación creada por la triple confluencia del terrorismo, la centrifugación territorial -la multiplicación de autonomías- y el deterioro del orden público, aspiraban a un gobierno cuyas cabezas visibles fueran un general en la reserva “con capacidad de arrastre” y un político reputado, todo bajo los auspicios de un rey “que actuaría constitucionalmente”. Se llegaba a manejar la posibilidad de que si el jefe militar era alguien de reconocido prestigio como Gutiérrez Mellado o Díez Alegría -el general al que a raíz de la revolución de los claveles le remitieron monóculos para que se convirtiera en un remedo de Antonio de Spínola-, la opción podía contar con el apoyo de dirigentes del PSOE. El éxito de esta opción estaba directamente relacionado con una rápida degradación del contexto sociopolítico.

“Los coroneles” no tenía prisa. Creían que la situación colapsaría en un plazo máximo de dos años y se preparaban para que fuese el “pueblo el que llamase a las Fuerzas Armadas”. No tenían inconveniente en que hubiese un gobierno de gran coalición UCD-PSOE, porque pensaban heredar sus cenizas y promulgar, sobre el solar achicharrado, una nueva constitución de talante doctrinario. Su principal hándicap era que carecían de una expresión política que les prestase sustento, pero el informador consideraba “imparable” su acción si las circunstancias evolucionaban como preveían.

Los “expontáneos” eran los incorregibles de la Operación Galaxia. Su concepto del golpe era vanguardista: conscientes de que no había consenso en el estamento militar, creían que, si un pelotón de audaces daba un paso al frente, el resto acabaría por seguirles. Políticamente contaban con el apoyo de “fuerzas nacionales” a las que pensaban atribuir una misión de colaboración paramilitar. Su apuesta programática era simple: reforma constitucional en sentido iliberal, reversión del proceso autonómico, nueva ley laboral y sindical -con orientación sin duda corporativista-, ley de orden público y combate contra el terrorismo. Estaban por la simplificación del mapa político: una derecha y unas “fuerzas nacionales” reorganizadas, un PSOE obligado a “desmarxistizarse”, la erradicación del comunismo y la ilegalización de los partidos separatistas. Una propuesta con ecos extrañamente actuales…

Ha pasado bastante desapercibido, dada la salida en tromba para exonerar al rey emérito de cualquier atisbo de complicidad, tolerancia o mera inacción respecto a estos planes el hecho de que los dos operativos militares (el de los Tenientes Generales y del de los coroneles) confluyeran en intereses y objetivos con una denominada “operación mixta” impulsada por Rodolfo Martín Villa. Partidario de un gobierno de coalición UCD-AP, no habría tenido inconveniente en que lo encabezase en un principio Manuel Fraga Iribarne. El hiperactivo Fraga jugaba en varias ligas: se le citaba como quien había “convocado a unos generales para un encuentro en la costa levantina” a fin de convencerles de que, faltos de “cobertura política de partido”, él podía postularse como “líder civil” junto al “general con arrastre”. Al mismo tiempo, se rumoreaba que el de Villalba buscaba el contacto con los coroneles. Se sabía, por otra parte, que los “expontáneos” apoyaban una unificación entre AP y los restos de la UCD para que hubiera una sola derecha y que estaban dispuestos a plegarse a las condiciones de la “mixta” si eso tenía mayores garantías de éxito que su golpe duro. Todas las opciones presumían contar, en mayor o menor medida con la cobertura institucional de la corona. Eran legión los que, desde Zarzuela a la sede de la Capitanía de la 3ª Región Militar, tenían la daga afilada y esperaban el momento propicio bajo la tormenta de nieve.

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