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Cinco claves para entender este loco mes de marzo

Foto de archivo del presidente de EE.UU., Donald J. Trump. EFE/SHAWN THEW / POOL
24 de marzo de 2026 21:59 h

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Uno. Donald Trump está de salida. 

Por más que asuste su comportamiento errático y la sensación de que cada día nos despierta con una nueva amenaza más terrible que la anterior, hoy es evidente que el trumpismo, como propuesta política, ha fracasado y está de salida. 

Trump no ha conseguido consolidar una alianza estable con una base de votantes, que es el requisito de cualquier fuerza política necesita para sostenerse en el tiempo. Su apoyo electoral está en caída libre y se resiente incluso entre sus fieles. Tampoco parece que en el Partido Republicano haya mucho entusiasmo con el presidente. Este año se retiran 35 congresistas y senadores republicanos, un récord histórico.

En noviembre hay elecciones al congreso y al senado en EEUU. Hace más o menos un año que la práctica totalidad de las encuestas le dan la victoria a los demócratas (pese a que tampoco se puede decir que hayan hecho mucho por merecerlo). Y lo que es peor: su repertorio personal de medidas –como los aranceles, las deportaciones y los recortes del gasto social– se ha agotado. A Trump ya solo le queda seguir en una huida, cada vez más desesperada, hacia adelante. Su única promesa es el caos. 

En esta tesitura, lo que veremos en los próximos meses es cómo los pesos pesados del partido republicano, del ejército y de la administración le van abandonando. Él, probablemente cada vez más iracundo, se volverá todavía más irracional y, quizá, más violento. Pero es muy probable que, a medida que vaya perdiendo el apoyo del establishment, también se vaya volviendo cada vez más ineficaz en la ejecución de sus algaradas y empiece a parecer un abuelito demente. Algo de esto ya le ocurrió en la primera legislatura. 

La clave van a ser las cuentas con la justicia que les van a quedar a muchos de sus colaboradores después de este viaje. Trump se ha saltado la ley tantas veces que hemos perdido la cuenta, pero en los juzgados ha quedado un rastro que ahora tendrá que ir exigiendo responsabilidades. Quienes estén en peligro de acabar en el trullo tendrán muchos incentivos para intentar que Trump siga en el poder, mientras que quienes se hayan quedado al margen de sus tropelías tendrán interés en no pringarse en el último minuto. 

Dos. La burbuja de la IA ya ha pinchado.

Por más que no se haya contado así, los números hablan por sí solos. Las bolsas americanas llevan meses planas o en caída. El NASDAQ acumula pérdidas del 10% desde octubre, mientras que el S&P 500 cede un 11% desde sus máximos de enero. En otro contexto, estas cifras serían explicables. Pero lo verdaderamente desconcertante es el contexto en el que se producen: no en medio de una recesión, ni de un escándalo corporativo, sino justo cuando las grandes tecnológicas están publicando los mejores resultados de su historia.

El caso de NVIDIA es paradigmático — y quizás el más revelador de todos. La compañía, cuya capitalización de mercado supera ya el PIB del Reino Unido, se ha convertido en el símbolo por excelencia de la fiebre inversora en inteligencia artificial. Sus chips son la columna vertebral sobre la que se construye toda la infraestructura de la IA moderna, desde los modelos de OpenAI hasta los centros de datos de Microsoft, Google y Amazon.

Las dos últimas veces que NVIDIA presentó resultados, las cifras fueron, sencillamente, de otro planeta. En su último trimestre, la compañía reportó unos ingresos de 39.300 millones de dólares — un crecimiento interanual del 78% — y un beneficio neto que casi triplicó al del mismo periodo del año anterior. Su división de centros de datos, el motor que alimenta la demanda de IA, ingresó sola más de 35.000 millones de dólares en un único trimestre. Son unos números que habrían parecido ciencia ficción hace apenas tres años.

Y sin embargo, las dos veces, sus acciones cayeron a continuación.

Para estupor de cualquiera, esta combinación de unos resultados extraordinarios seguidos de una caída del precio de las acciones se ha convertido en la tónica general de la bolsa americana: le ha ocurrido igual a Oracle, Microsoft o Meta, entre otros. ¿Cómo puede ser? 

Cuando unos resultados extraordinarios ya no son suficientes para sostener el precio de una acción, es porque están perdiendo fuerza por alguna parte. La burbuja de la IA ya ha pinchado, solo que no ha sido una ruptura de aguas violenta y súbita, sino una fisura de las que provocan que una parturienta vaya perdiendo, a lo largo de un periodo de tiempo, líquido amniótico. Una parte de los inversores está saliendo –“rotando”, en el argot–, de las inversiones en IA pese a que los extraordinarios resultados siguen atrayendo a otros inversores más incautos. Dará igual. Por más que la sigan inflando, no dejará de perder volumen. El mundo está de parto. Y lo que sentimos son las contracciones.

Tres. El emperador estaba desnudo. 

Cuando se desinfle el soufflé de la burbuja, descubriremos que eso que hemos llamado “inteligencia artificial” se parece mucho más al email que al ferrocarril. Es un software, un protocolo, una forma de conocimiento que puede replicarse y emplearse de forma universal — por infinitas personas a la vez, sin que compitan entre sí por su uso. Y precisamente por eso, aunque cumpla su promesa de aumentar exponencialmente la productividad — como lo hizo el e-mail —, nunca podrá generar el tipo de crecimiento que produjo el ferrocarril. Porque este último era un bien escaso que se podía intercambiar en régimen cuasi monopolístico y la IA no lo es. 

Alguien recordará, entonces, algo que es una evidencia de la teoría económica. Y es que la productividad, por sí sola, no produce crecimiento. Da igual cuán productivo sea uno, si no tiene a quien venderle el resultado de su producción. Para crear crecimiento hace falta vender. O lo que es lo mismo, tener algo que los demás quieran y a lo que no puedan acceder, salvo comprándolo.  

Cuatro. La música está a punto de terminarse. 

Después de tres años y medio de inflar el globo, en los próximos meses llegará la hora de la verdad: las salidas a bolsa de las grandes empresas de la IA. SpaceX (la fábrica de cohetes de Elon Musk, que se fusionó con el antiguo Twitter reconvertido en xAI al olor de la sardina), pretende salir al parque con una valoración de 1.75 billones de dólares. OpenAI y Anthropic, las otras dos grandes “startups” del sector que aún no cotizan, esperan ser valoradas, en conjunto, en 1,25 billones más. 

Nunca, en la historia, se había producido una salida a bolsa tan inmensa. Para cubrir el 25% de esas valoraciones, harían falta 1,2 billones de dólares. El consenso de los analistas (no conozco ni una sola voz en contra) es que no existe en el mundo suficiente liquidez (o sea, suficiente dinero) para comprar las nuevas acciones de estas empresas sin que se desplome la cotización del resto. 

Por comparar, en 2025 “1.293 salidas a bolsa recaudaron 171.800 millones de dólares a nivel mundial” y eso ya representaba un aumento del 40% respecto a 2024. Esto es, el año pasado, las salidas a bolsa no llegaron al 15% de lo que sería necesario para sacar adelante estas operaciones.

Las cifras son tan mareantes, ese mundo está tan borracho de expectativas, que cada vez cuesta más tomárselo en serio. Resulta imposible distinguirlo de la trayectoria pirada de un ludópata. 

En todo caso, a falta de un milagro, lo que va a ocurrir es que alguna de esas IPOs no va a llegar a buen puerto. Quizá ninguna de las tres. 

Cinco. Es la madre de todas las burbujas

Cuando alguna de las grandes IPOs del sector fracase –si no antes, por ejemplo, cuando alguien se dedique a mirar seriamente los números de OpenAI– resultará evidente que toda esta deriva que lleva empujando a las empresas tecnológicas desde 2020 ha sido una monstruosa burbuja que ha ido avanzando de hype en hype (la realidad virtual, el metaverso, las criptomonedas, los coches autónomos y un largo etcétera) hasta hoy. Y terminará de explotar.

Y si nos paramos a observar con detenimiento, descubriremos que este no es un fenómeno aislado, sino que es el tercer acto de una única burbuja que lleva hinchándose 25 años. Comenzó en 2000, cuando la Reserva Federal americana respondió al colapso de las puntocom tirando los tipos de interés e inundando el mundo de dinero barato. Siguió en 2008, cuando a las tensiones en la deuda soberana los bancos centrales contestaron que harían “whatever it takes” para proteger la estabilidad financiera de sus países. Otra montaña de liquidez. Y continuó con nuevos estímulos monetarios y económicos en el COVID y después durante la invasión de Ucrania. 

Llevamos un cuarto de siglo insuflando oxígeno al cadáver de una economía que hace mucho tiempo que no respira y que no conseguimos reanimar.

 

Y una idea para la esperanza: no es el fin del mundo (es el principio).

Me doy cuenta de que todas estas noticias marean. Y que a veces dan un miedo y una sensación de pérdida de control horrible. 

La manera de no perder el norte es darse cuenta de que este aparente colapso de todo lo que nos rodea es un espejismo. Lo que está quebrando no es la sociedad. Lo que tiembla es un proyecto económico concreto en el que hemos vivido los últimos 25 años y que no ha funcionado.

Nuestro tiempo es heredero de los consensos que se alcanzaron tras la Segunda Guerra Mundial. Entonces, una generación de occidentales se propuso encarar la reconstrucción de un mundo devastado con una tarea adicional: incluir a la mayoría de la población en los dividendos del progreso. Fueron unos años extraordinarios; los mejores de la humanidad –hasta aquel momento. Al final de aquel ciclo, en las últimas décadas del siglo, el mundo necesitó un nuevo desafío y se propuso crear una “sociedad del conocimiento” para el siglo XXI. 

Es una parte de ese experimento, ese de la “economía del conocimiento”, el que se está resquebrajando. Por una razón muy simple: era un oxímoron; economía y conocimiento son dos conceptos antagónicos, irreconciliables. La economía es la gestión de los bienes escasos y el conocimiento es nuestro bien abundante por definición. 

De manera que, en el siglo XXI, a medida que el conocimiento ha ido avanzando, la economía ha ido retrocediendo. Ocurrió con la música, con las películas, con la información, con las tiendas físicas, con las oficinas bancarias, con decenas de profesiones y sectores profesionales. A medida que el conocimiento humano ha ido creciendo de la mano de las primeras generaciones que fueron a la universidad y de Internet, ha ido sustituyendo partes inmensas del sistema económico que nos había sostenido en el siglo XX. 

Hoy vemos el ejemplo más brutal en la inteligencia artificial: una forma de conocimiento que amenaza con acabar con millones de puestos de trabajo.

Pero, ¿es esto de verdad una amenaza? ¿No fue siempre el objetivo final? ¿No era esto con lo que soñábamos? ¿Con liberarnos de la esclavitud de la escasez y del trabajo? 

Mientras tanto, las cosas que son relevantes para la vida humana, los indicadores que, dentro de 50 años, dirán si nuestro tiempo fue de progreso o de regresión, siguen marchando viento en popa. La ciencia sigue avanzando a paso de gigante en la curación del cáncer, del párkinson y del alzhéimer. Cada vez somos capaces de producir más con menos y, como resultado, seguimos acabando –aunque seguro que podríamos ir mucho más deprisa– con la pobreza y la mortalidad infantil. En estos últimos años tenemos otra razón para ser optimistas: el progreso alucinante de las energías renovables nos permite soñar con un mundo limpio de combustibles fósiles donde la energía es abundante.

No es lo importante de la realidad lo que se tambalea: son nuestras creencias. Es el fin de un ciclo ideológico, de un sistema, que se lleva agotando desde hace 25 años y está en su fase agónica, en su último estertor, produciendo una tragedia detrás de otra.

Lo que se está viniendo abajo son las normas del mundo antiguo. Pero si somos capaces de entenderlo de esa manera y mantenernos unidos, serenos y orientados, como hicimos durante la crisis del COVID, o durante la invasión de Ucrania, o durante la Guerra Mundial y la reconstrucción de Europa hace 75 años, encontraremos que nunca fuimos más capaces de superar las dificultades que tenemos por delante que ahora.

Somos una sociedad de sabios. Hemos construido los acuerdos políticos que nos han permitido vivir en paz. Y podemos construir otros. Tenemos la inteligencia y la capacidad para salir adelante y encontrar soluciones a los problemas que nos vamos a encontrar. Por más salvaje que sea la crisis que está por venir; por más bandazos que sigan dando los sátrapas en EEUU, en Israel o en Rusia: si nos lo proponemos y le dedicamos el mejor de nuestros esfuerzos, no tenemos nada que temer. 

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