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El falangista que mece la cuna de los pactos

Archivo - El número dos de Vox, Jorge Buxadé.

Neus Tomàs

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Probablemente si un periodista enseñase en la calle su foto, poca gente le reconocería, pero Jorge Buxadé es uno de los políticos que, tras las municipales y autonómicas, más influye en el futuro de muchos españoles y veremos si tras el 23J condicionará ya el de todos. El vicepresidente de Acción Política de Vox es un nombre fundamental en la estrategia negociadora de la extrema derecha para cerrar sus múltiples acuerdos con el PP. 

Santiago Abascal le deja hacer. Es amigo del secretario de organización, Ignacio Garriga (ambos son de Barcelona) y ha tejido una red de afines en los comités provinciales que le han convertido en el referente a la hora de tomar decisiones. Los que esperaban estar en las listas generales y se han quedado fuera critican su poder ilimitado. El resto, con Abascal a la cabeza, le felicitan por sus éxitos.

Si existe algo parecido a liberalismo en Vox, que es mucho decir, y si ese sector lo pudiese representar Iván Espinosa de los Monteros, que también es ser muy bondadoso en el calificativo, estaría cada vez más debilitado frente al protagonismo que ha asumido el socialcatolicismo del tridente Abascal-Buxadé-Garriga. Hasta Jiménez Losantos le ha llamado la atención porque considera que el número dos del partido “se está cargando todo lo que huela a liberal”.  

Los compañeros Carmen Moraga y Andrés Gil trazaron este estupendo perfil hace tres años, cuando Buxadé se convirtió en la mano derecha de Abascal e ideólogo de cabecera del partido. Es una trayectoria que asusta porque en su caso llamarle falangista no es una etiqueta. Empezó en Falange Española de las JONS, cuando en las elecciones autonómicas catalanas de 1995 formó parte de la candidatura por Tarragona del partido fundado por Primo de Rivera. A este y a Ernesto Giménez Caballero, otro de los ideólogos del fascismo en España, los califica como “dos almas superiores”, según recordaba hace poco Miguel González, uno de los periodistas vetados en las ruedas de prensa de Vox. 

Un año después, se presentó a las generales por Falange Española Auténtica en la lista por Barcelona. Como tantos otros, dio el salto al PP donde militó entre 2004 y 2014. En mayo del 2020, poco antes de las elecciones europeas a las que concurrió como cabeza de cartel de Vox, confesó que no se arrepentía de su paso por Falange, pero sí “de haber sido militante del PP”. Debe ser que cuando uno es falangista lo es para siempre.

En Catalunya recabó no pocos apoyos entre antiguos militantes de la ultraderechista Plataforma per Catalunya (PxC) que dirigía Josep Anglada y se codea con miembros y simpatizantes del Opus Dei, igual que su amigo Garriga. Entre los cargos que le retratan está el haber presidido el ultraconservador Foro Catalán de la Familia. 

Como eurodiputado ha hecho los contactos necesarios para ser interlocutor privilegiado del resto de formaciones de extrema derecha, ya sean herederos de las camisas negras italianas o familiares de Le Pen. Meloni, a quien Buxadé define como “la voz del sentido común” y con quien comparte familia política en Bruselas, es uno de sus referentes. El suyo y el de toda la extrema derecha que está llegando a las instituciones sin que parezca que no existe una alternativa para frenarles.

Buxadé es de los partidarios de estar en tantos gobiernos como se pueda, es decir, de apretar al PP para que les deje entrar sí o sí. La estrategia de Vox en Extremadura la ha fijado él y aunque el último capítulo aún no está escrito, la candidata del PP en esa región, María Guardiola, ha tenido que comerse sus palabras y de no querer saber nada con la extrema derecha por su sistemática vulneración de derechos de diferentes colectivos (o al menos eso decía públicamente) ha pasado a defender el diálogo y “un acuerdo programático” con ellos.

Vox sigue siendo “un partido que niega la violencia machista”,  que “deshumaniza a los inmigrantes” y que no se ha arrepentido de colocar una una lona para “tirar a una papelera la bandera LGTBI”, como subrayó Guardiola antes que la dirección del PP en Madrid la obligase a dar marcha atrás. Ahora, la dirigente popular define a la extrema derecha como un partido constitucionalista, cosa que no es puesto que a la que puede, por ejemplo, niega el modelo territorial que consagra la Carta Magna o no reconoce la igualdad de todos los españoles sin que pueda existir discriminación por razón de raza, sexo o, religión.

Buxadé, a quien Guardiola calificó de “capataz del señor feudal” cuando este asistió al pleno de constitución de la Asamblea de Extremadura, también sigue siendo el mismo tipo que lejos de arrepentirse de haber defendido los postulados falangistas puede presumir de que gracias a gente como él estamos retrocediendo a tiempos que seguro que satisfarían a su admirado José Antonio.

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