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Opinión - '¿Un ICE en España?', por Alberto Garzón

¿Un ICE en España?

Santiago Abascal y Donald Trump, en abril de 2024.
28 de enero de 2026 21:58 h

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La cultura, cuando es buena, suele adelantarse a la realidad. Series como Years and Years o El cuento de la criada —esta última basada en una novela— imaginaron hace pocos años escenarios que hoy resultan inquietantemente familiares. En ambas, el punto de partida es similar: la llegada al poder de fuerzas reaccionarias que, en poco tiempo, vacían de contenido las instituciones de la democracia representativa. Aunque una historia se sitúa en el Reino Unido y la otra en Estados Unidos, el mecanismo es compartido y reconocible.

La literatura y el cine reciente nos había alertado de este tipo de futuros para las supuestamente consolidadas democracias occidentales. Pero a diferencia de lo que sucede en otros productos culturales del género de la distopía, donde es habitual que un régimen autoritario se imponga como consecuencia de algún tipo de catástrofe, en Years and Years y en El cuento de la criada se incidía mucho más en la gradualidad. Lo que muestran, con mayor realismo histórico, es un proceso: el desgaste lento de los valores democráticos, la erosión de la legitimidad institucional y la normalización de ideas que antes resultaban inaceptables. Y esto estaba mucho más ajustado a la experiencia histórica previa, como el auge del fascismo y el nazismo.

Cuando se trata de procesos, el momento concreto en el que tiene lugar este tipo de cambios de régimen no puede fecharse con facilidad. No hay un día específico en el que la democracia “deja de existir”, pues todo el cambio se parece más a una lenta asfixia que a un golpe fulminante. Los valores de los ciudadanos van cambiando, normalmente al calor de transformaciones económicas y sociales, y las instituciones democráticas van perdiendo legitimidad. Al principio quienes detentan esos valores embrionarios de lo que más tarde será el fascismo (o alguna de sus modalidades) son una completa minoría. 

Estados Unidos ofrece un ejemplo ilustrativo. El Tea Party fue, en su origen, un movimiento minoritario, pero con importantes apoyos económicos y mediáticos. No logró hacerse con el control formal del Partido Republicano de inmediato, pero sí sentó las bases ideológicas y organizativas de lo que más tarde cristalizaría en el movimiento MAGA. Cada país tiene sus propias trayectorias y no existen guiones predeterminados, pero el patrón se repite: ideas radicales, inicialmente periféricas, pueden convertirse en hegemónicas si logran conectar con el malestar social.

En realidad, las sociedades han avanzado con procesos similares. La propia noción de democracia moderna tiene su génesis en las teorizaciones y prácticas de unas minorías que fueron haciéndose un hueco en las sociedades del siglo XVIII y XIX, en las que el sentido común apuntaba a regímenes políticos absolutistas en los que el poder tenía una connotación divina. Además, la idea de progreso que vehicula toda la cosmovisión occidental nos hizo creer que las democracias eran los estados definitivos para las comunidades humanas. Sin embargo, la historia del siglo XX demostró que las democracias son históricamente contingentes y, por lo tanto, también frágiles: pueden desaparecer del mismo modo que aparecieron. Por eso es especialmente irresponsable que no se haya prestado suficiente atención al drama político europeo (y luego mundial) del siglo XX, ya que ofrece enseñanzas cruciales. Y no me refiero al resultado —las Guerras Mundiales— sino al gradual proceso de auge del fascismo y el nazismo.

Hoy las democracias están desapareciendo porque hay un conjunto de valores y principios (racistas, tradicionalistas, reaccionarios, homófobos, machistas…) que crecen en el seno de la sociedad. No en uno o dos partidos, y ni siquiera solo o principalmente en los medios comunicación, sino a través de todos los poros de la sociedad. Como dije el otro día, se está normalizando lo que antes se consideraba (no por casualidad, sino fundado en la experiencia histórica) peligroso y malvado. 

¿Qué explica estos cambios tan importantes? Es la pregunta del millón que todos intentamos responder. Desde mi punto de vista, sesgado por mi formación profesional, son las transformaciones económicas las que están moviendo las placas tectónicas de la sociedad. Aunque expresado burdamente, Occidente está dejando de ser el centro de la división internacional del trabajo y ello conlleva distorsiones importantes en sus economías, modos de regular la sociedad y su bienestar material. En ese contexto, las fuerzas reaccionarias ofrecen relatos simples: identifican culpables —la inmigración, las minorías, el feminismo— y prometen soluciones nacionalistas, autoritarias o incluso violentas para recuperar unos privilegios percibidos como perdidos. Una población desorientada y angustiada es terreno fértil para este tipo de discursos, mientras que la izquierda, hasta ahora, no ha logrado articular una narrativa alternativa capaz de ofrecer seguridad material y horizonte de futuro.

Cuando tomamos distancia del día a día —lo que es muy complicado dado que estamos inundados de información—, sorprende ver cómo, en Estados Unidos, una ejecución a sangre fría de un manifestante y en plena calle por parte de policías encapuchados —y que constituyen unidades paramilitares al servicio del presidente— ha provocado no solo una justa indignación sino también una ola de justificaciones por parte del propio gobierno. El jefe de gabinete de Trump dijo del manifestante, y sin prueba alguna, que era un “asesino”, lo que aparentemente justificaba su ejecución. Todavía no se sabe nada del asesino real, el que estaba enmascarado, porque ha sido protegido y escondido por su propio gobierno. Asesinatos de este tipo ya se habían producido antes, pero sobre la comunidad negra y pobre y sin cámaras —y lo sabemos por los testigos a los que la justicia americana nunca creyó del todo—, pero ahora sucede de manera desnuda ante los ojos de todo el mundo. Y hay mucha gente, demasiada, a la que le sigue pareciendo bien.

Se trata de transformaciones globales, no solo estadounidenses —aunque allí el hecho de que haya 400 millones de armas convierte la situación en un verdadero polvorín—, y conviene mirar también preventivamente a nuestro propio país. ¿Es posible que se produzca algo así en España? 

La respuesta me temo que es que sí. El odio sigue extendiéndose por la capilaridad social, con ayuda de los lubricantes que hoy son las redes sociales y las fake news, al mismo tiempo que una parte creciente de la sociedad vive angustiada por la situación económica cotidiana —a pesar de los buenos indicadores macroeconómicos: ojo, también son buenos en Estados Unidos—. La extrema derecha española no solo simpatiza abiertamente con el trumpismo, sino que lo defiende incluso cuando entra en conflicto con los intereses europeos. Y la derecha tradicional se muestra incapaz de trazar una línea roja firme frente a la vulneración de derechos y la normalización del autoritarismo. Ese polo de influencia es demasiado potente como para ignorarlo y, en algunos casos, demasiado atractivo como para no imitarlo. Los discursos del miedo se están transformando en discursos de odio, y comienzan a proliferar grupos que legitiman la violencia en nombre del orden, como ocurre en el ámbito de la “desokupación”. Sus integrantes comparten perfiles y motivaciones similares a los del ICE, de modo que no debería sorprender que en el futuro fueran utilizados para endurecer el control social.

En definitiva, creo que hay muchas razones para tomarse en serio este momento de decadencia y declive de las democracias occidentales. La clave está en la inmensa mayoría de personas de buena voluntad que aún no perciben la magnitud del riesgo o que minimizan y subestiman lo que está pasando. El fascismo clásico también creció porque muchas personas que no lo apoyaban tampoco lo resistieron o, cuando se dieron cuenta de lo que pasaba realmente, era ya demasiado tarde. Hoy leo a mucha gente decir que lo que ha pasado en Estados Unidos es imposible que suceda en España —y que exageramos los que decimos que existen similitudes notables—, pero no consiguen darme ningún argumento convincente. Simplemente, no lo imaginan posible. Desgraciadamente, hace unos años tampoco se lo imaginaban los propios estadounidenses; ni siquiera los más pesimistas. Para la mayoría, Years and Years y El Cuento de la Criada eran alegorías antifascistas que incorporaban enseñanzas importantes, pero que caían definitivamente en la categoría del entretenimiento y la ciencia ficción.

De la reacción de estos grupos sociales, no necesariamente progresistas pero sí demócratas, y de la capacidad de la izquierda para ofrecer un proyecto creíble, protector y esperanzador, depende en buena medida que este deterioro se frene o que, una vez más, la historia vuelva a repetirse —aunque no sea exactamente de la misma forma—.

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