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¿Por qué el odio se volvió respetable?

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
21 de enero de 2026 22:40 h

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Hace un par de años estaba con mi hija mayor en un centro comercial cuando nos cruzamos con un hombre que iba acompañado —supongo— de su hijo, más o menos de la misma edad que la mía. Al pasar junto a nosotros, me miró fijamente y gritó un nítido «gilipollas». Mi hija era todavía demasiado pequeña para comprender lo ocurrido, pero yo, en cambio, me quedé paralizado. No fue tanto por el insulto en sí como por la pregunta que se abrió inmediatamente: ¿qué circunstancias llevan a una persona a considerar aceptable —incluso satisfactorio— insultar a un desconocido en público y delante de dos niños pequeños? El odio llevaba tiempo creciendo en nuestra sociedad, pero ¿había empezado a expresarse a través de conductas que hasta hace poco habrían resultado impensables y, como mínimo, de mala educación?

Desde una perspectiva histórica, nuestras sociedades contemporáneas son, en muchos aspectos, remansos de paz. La guerra, la crueldad y el odio al diferente han sido constantes a lo largo de la historia de nuestro país —y de todos los demás—. No se trata, por tanto, de idealizar el presente. Incluso tras la recuperación de la democracia hemos atravesado episodios profundamente traumáticos de violencia armada, como ocurrió con el terrorismo de ETA o con el terrorismo de Estado. Sin embargo, con todas sus limitaciones, el periodo democrático logró algo fundamental: encauzar el conflicto político hacia la discusión pública, la palabra y la confrontación retórica, dentro de unos parámetros compartidos de civilidad mínima. El final de ETA en 2010-2011 fue la expresión más clara de ello. Durante décadas, además, España careció de fuerzas políticas relevantes que hicieran del odio al otro —por razones ideológicas, étnicas o culturales— el eje explícito de su proyecto político.

Ese dique, sin embargo, parece haberse resquebrajado. Desde hace algunas décadas a escala occidental —y más recientemente en el caso español— asistimos a una preocupante facilidad para que el odio y la crueldad se expandan y justifiquen socialmente. Existen, por supuesto, respuestas admirables de solidaridad: movilizaciones contra el genocidio en Gaza, contra la criminalización de las personas migrantes o en defensa de colectivos señalados por la extrema derecha, como las mujeres o el movimiento LGTBI. A menudo encontramos también muestras significativas de humanidad, como ha ocurrido recientemente en Adamuz. Pero lo verdaderamente revelador no son esas reacciones solidarias y/o humanitarias, sino la actitud de sus antagonistas. Es como si hubiera dejado de penalizarse socialmente el hecho de ser una mala persona. Como si desear el mal al prójimo hubiera dejado de ser motivo de vergüenza para convertirse, en algunos casos, en motivo de orgullo.

La teoría política dispone de un concepto útil para describir este proceso: la ventana de Overton. Con él se alude al marco de ideas y comportamientos que una sociedad considera legítimos, decibles y defendibles sin quedar expulsado del debate público. En este sentido, la lucha política no consiste solo en ganar elecciones o imponer políticas concretas, sino en desplazar esa ventana, es decir, lograr que aquello que ayer resultaba inaceptable hoy parezca razonable, y que lo que ayer provocaba escándalo hoy se presente como simple sentido común. Las sociedades avanzan de esa forma… pero también retroceden. Y en este terreno, la extrema derecha ha cosechado uno de sus mayores triunfos. Ha conseguido que actitudes y discursos que antes identificábamos sin ambigüedad como fascistas hoy se formulen sin rubor como opiniones respetables, incluso valientes.

El ejemplo paradigmático de esta mutación es Donald Trump y el movimiento que lo rodea. A diferencia de los republicanos neoliberales que lo precedieron, Trump no se molesta en revestir sus intereses imperialistas, clasistas y racistas con narrativas humanitarias o universalistas. Para él no todos los seres humanos son iguales ni merecen los mismos derechos, y lejos de ocultarlo, hace de esa afirmación un rasgo identitario. Esta nueva aproximación no solo gana adeptos en Estados Unidos, sino que se extiende por todo Occidente, también en España. Es como si alguien hubiera hecho sonar un silbato: quienes antes reprimían o maquillaban sus pulsiones más oscuras ahora se sienten autorizados a exhibirlas sin complejos. El resultado es una disposición creciente a justificar cualquier barbaridad: desde el genocidio en Gaza hasta el secuestro de un presidente extranjero con decenas de muertos como daño colateral; desde la ejecución a sangre fría de activistas por los derechos humanos a manos de agencias como ICE hasta la deshumanización sistemática de migrantes pobres, militantes de izquierdas o disidentes políticos. Comportamientos que hace apenas unos años habrían sido autocensurados hoy se expresan sin disfraces ni coartadas morales.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿de dónde surge tanta crueldad? No hablamos solo del odio irracional hacia quien nació en otro lugar o piensa diferente (eso siempre ha existido) sino de su completa legitimación por parte de figuras públicas. ¿Qué ha ocurrido para que nuestras sociedades toleren —o incluso alimenten— este clima moral? Resulta poco creíble pensar que estemos ante algo surgido de la nada, como una patología repentina. 

Tal vez la clave esté en admitir que esa crueldad siempre estuvo ahí, aunque adoptara formas más disimuladas. Que la extrema derecha no está inventando nada nuevo, sino explicitando tendencias que llevaban décadas incubándose bajo la superficie. ¿Dónde empieza el odio explícito al inmigrante y dónde termina una política migratoria europea que durante años ha convertido el Mediterráneo en una fosa común? ¿Qué diferencia moral existe entre justificar hoy un genocidio en Gaza y haber permitido su gestación y despliegue durante décadas, blanqueando sistemáticamente al gobierno israelí y excusando sus crímenes? ¿No es la extrema derecha, en el fondo, la versión descarnada y sin anestesia de prácticas que ya estaban plenamente integradas en el comportamiento “neutral” de instituciones como la Unión Europea?

Que la crueldad se haya normalizado no significa que sea invencible. Como he dicho, la ventana de Overton se desplaza en ambas direcciones, y del mismo modo que hoy se ha ensanchado para justificar el daño, también puede cerrarse para volver a hacerlo intolerable. Creo que cada gesto de solidaridad, cada negativa explícita a aceptar el discurso del odio, cada conflicto político que se formula desde la dignidad humana y no desde el desprecio contribuye a reconstruir ese dique moral que parecía roto. No se trata de apelar a una bondad abstracta, sino de recuperar la idea de que no todo vale, que no todo es negociable, y que hay líneas que una sociedad democrática no puede cruzar sin perderse a sí misma. La esperanza no está en negar la crueldad, sino en volver a señalarla, nombrarla y combatirla colectivamente. Porque mientras aún seamos capaces de escandalizarnos, evitando mirar hacia otro lado, también seremos capaces de cambiar el rumbo.

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