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La larga transición andaluza: del PSOE hegemónico al PP hegemónico

Archivo - El presidente del PP, Albero Nuñez Feijoo, junto a el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno.
1 de abril de 2026 22:16 h

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En los tiempos en los que “me politicé” —principalmente a través del activismo estudiantil—, Andalucía era un bastión inexpugnable del Partido Socialista. No se trataba solo de las elecciones, sino de casi todas las instituciones de la región: desde la universidad hasta las empresas, pasando por los sindicatos, el PSOE tenía una ascendencia impresionante. Yo era entonces un estudiante de económicas que apenas podía intuir cuáles eran los canales sociológicos que explicaban tal dominio, pero sufría sus consecuencias a escala micro: la asociación que fundé encontraba siempre obstáculos con un rectorado socialista que no se fiaba de nosotros. No éramos de ningún partido, pero éramos heterodoxos y rivalizábamos con la sección juvenil del PSOE. Y cuando teníamos conflictos con las autoridades universitarias, siempre ocurría algo curioso: recibía la llamada de algún cargo orgánico del partido socialista con la intención de mediar. Así, mi percepción era que el PSOE estaba en todas partes.

A diferencia del itinerario habitual, yo me radicalicé con la edad. Pasé de ser un republicano progresista moderado a un militante de Izquierda Unida, primero, y del Partido Comunista, después. Mi militancia la desplegué en un pequeño municipio de Málaga donde el PP y PSOE acababan de poner en marcha una gran coalición para gobernar el ayuntamiento. Desde esa nueva posición, seguía comprobando el poder y la influencia del PSOE en Andalucía. No obstante, en aquellos años de principios del siglo XXI el desgaste empezaba a notarse. En mi pueblo, el agotamiento electoral era notable. Los bares que en día electoral guardaban los sobres con votos del PSOE —para repartir a los clientes— estaban menguando. Todo el tejido social sobre el que se había construido el dominio del PSOE estaba resquebrajándose. Únicamente resistían los focos más creyentes en la función modernizadora del PSOE. Pero “modernizar” era un concepto con historia —por ejemplo, muchos eran socialistas porque pudieron estudiar por primera vez gracias a la construcción del Estado social en la era de Felipe González—, y, sin embargo, ahora aparecía principalmente como una promesa vaga y abstracta. 

Lo cierto es que ya entonces, y en solo unas pocas décadas, Andalucía había dejado atrás —aunque sin hacerla desaparecer— una tierra de jornaleros, pescadores e importantes núcleos de trabajadores industriales, y se abría paso otro tipo de economía con acento neoliberal y globalizado. Los cambios que realmente estaban teniendo lugar implicaban algunos derechos sociales, pero sobre todo mucho ladrillo, turismo, precariedad laboral y, al devenir finalmente la crisis, un buen puñado de desempleo y frustración. Lo que se resistió al cambio profundo fueron los servicios públicos y una enorme administración que constituía una red clientelar de manual; y que no por casualidad fue el origen de algunos de los casos más notorios de corrupción del PSOE andaluz, como el de los ERE. 

El tópico nos habla de una Andalucía históricamente rentista y altamente dependiente de los servicios públicos. Como en toda gran mentira, siempre hay algo de verdad y, desgraciadamente, esta tierra ha tenido mucho de eso desde hace siglos; al menos desde que los grandes de España se dedicaban a cosechar rentas de los campesinos y jornaleros mientras sus homólogos europeos se convertían en burgueses e impulsaban la transición al capitalismo. Pero Andalucía también ha disfrutado de nodos de dinamismo económico y tecnológico, no solo durante el siglo XIX —Málaga fue, junto con Euskadi y Cataluña, una de las primeras regiones en industrializarse— sino también en tiempos bastante recientes. Estos últimos nodos han ayudado a conformar una clase media-alta de votantes conservadores, lo que unido al resto de cambios urbanos, demográficos y laborales han facilitado el crecimiento sociológico de las derechas.

Mi impresión es que, tras muchos años de bandazos, el PP andaluz ha terminado comprendiendo bien a qué Andalucía se dirige y, consecuentemente, definiendo mejor cuál es su proyecto estratégico. Los tiempos de transición siempre son problemáticos y difíciles de medir. Durante muchos años el PP presentó a las elecciones autonómicas a Javier Arenas, un perfil político que todos los andaluces podíamos imaginar subido al caballo, látigo en mano, exigiendo a los trabajadores un mayor esfuerzo para generar la plusvalía. Ese perfil no casaba en absoluto con una Andalucía que, aunque en transición, era todavía sociológicamente muy progresista. El PSOE, por el contrario, vivía de las rentas de ese primer impulso modernizador real pero que, como he mencionado, se iba agotando. E Izquierda Unida buscaba su sitio en un mundo post guerra fría en el que se intentaba actualizar y equilibrar el discurso con el que llegar tanto al importante mundo rural como al creciente ecosistema urbano de las grandes ciudades.

El éxito actual de la figura de Moreno Bonilla en Andalucía tuvo un precedente en la ciudad de Málaga en 1995. Aquel año “Málaga La Roja” votó mayoritariamente a las izquierdas, con 9 concejales para Izquierda Unida y 7 para el Partido Socialista. Sin embargo, Felipe González se negó a permitir que gobernara el candidato de Izquierda Unida, Antonio Romero, quien hasta entonces había sido el azote del felipismo en el Congreso de los Diputados a cuenta de los GAL. El resultado fue que acabó gobernando el PP, que sabiendo que Andalucía —y Málaga— cojeaba hacia la izquierda había presentado a una candidata heterodoxa: Celia Villalobos. Ella se presentaba como una candidata moderna, liberal y con inclinaciones progresistas en temas como los derechos civiles (años más tarde sería sancionada por el PP por no apoyar la ley del aborto de Gallardón). El PP no desaprovechó la oportunidad, y desde entonces ha gobernado ininterrumpidamente la ciudad. Estoy convencido de que es el mito fundacional de la derecha andaluza actual, y cuyo líder, malagueño también, sabe que necesita un perfil diferente al ofrecido por Ayuso, Abascal y otros reaccionarios.

En realidad, lo que ha ocurrido en Andalucía es el resultado de transformaciones socioeconómicas profundas que han reconfigurado las bases materiales de la sociedad. La progresiva neoliberalización de la economía —con el peso creciente del turismo, la construcción y la precariedad— ha alterado la estructura de clases, debilitando los vínculos tradicionales entre amplios sectores populares y el PSOE. En ese nuevo contexto, marcado por trayectorias laborales fragmentadas, aspiraciones individualizadas y una clase media más heterogénea, el PP ha demostrado una mayor capacidad de adaptación estratégica, construyendo un discurso y unos liderazgos que encajan mejor con la Andalucía realmente existente. Al fin y al cabo, Andalucía ya no es la tierra donde los bares guardaban sobres del PSOE ni la que soñaba con modernizarse desde el Estado. Tampoco es la caricatura reaccionaria que algunos dibujan desde fuera —aunque la ola también haya llegado, como a todas partes—. En definitiva, es una región que ha cambiado más rápido que los partidos que aspiran a representarla. En cierta medida también podemos decir que es una región contradictoria, donde el PP no ha ganado Andalucía con ideas, sino con un perfil que no asusta a una sociedad que, en el fondo, sigue sintiéndose progresista. Eso debería ser, para la izquierda, al mismo tiempo un diagnóstico que invita a un cambio de marcha y, también, una oportunidad para adaptarse a la nueva realidad.

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