Un Nobel para Israel

Soldados israelíes, en un descanso de las operaciones militares.

Mucho se tiene que complicar la cosa para que Israel no gane el Nobel de la Paz el próximo año. Hará falta, claro, que el tribunal sea sensato y valore no tanto lo que el Estado judío está haciendo como lo que, pudiendo hacer, no hace. No sería la primera vez que la Academia Sueca premia este pacifismo potencial, este pacifismo hipotético. Mira a Kissinger. O a Obama. Nobel por no invadir pudiendo hacerlo, por no matar demasiado, por apenas consentir la tortura.

Porque, seamos sinceros, siempre hay motivos para la violencia, solo hace falta rascar un poco. Que levante la mano quien nunca haya deseado tirar por la ventana a su vecino el de la bachata o cruzarle la cara a un matón maleducado de los que entran a codazos sin dejar salir primero. El problema, ya se sabe, es la proporcionalidad. En el medio, que decía Aristóteles, está la virtud.

Lamentablemente, Aristóteles no adjuntó esquema explicativo, provocando que el medio y, con él, la proporcionalidad sean cuestiones subjetivas. Eso se ve muy bien por estas fechas en las piscinas descubiertas. El niño que quiere un helado, el padre que no, la cosa que se tensa y zas. Sopapo que le cae a la criatura. Y esa piscina dividida, cada cual para sus adentros, los de ya era hora y los de qué vergüenza.

Las metáforas son un asco, ya lo sé. Qué tendrá que ver un helado con la supervivencia y la dignidad. Cómo comparar un tortazo con una noche, dos o veinte de bombardeos indiscriminados sobre población civil. Lo que igual sí nos sirve como metáfora son esos veraneantes que se rascan la barriga, cuando no directamente la zona genital, mientras contemplan el episodio. Ésos que piensan: igual le digo algo a ese idiota, pero luego lo valoran mejor y optan por un discreto silencio. Para qué montar una escena y joder el karma al personal.

El de Israel sería un Nobel por matar solo a diez niños pudiendo matar a veinte. Por dejar de disparar a ratos, para que el enemigo se limpie la sangre y coma algo, porque no hay nada peor que afrontar un genocidio con el estómago vacío. Y ya que estamos, que le den un Nobel también a la comunidad internacional por rascarse la tripa en vez de sumarse a los bombardeos. Y a los medios de comunicación que se inventan ligeramente la realidad, no mucho, solo el titular o el pie de foto, por aquello de no montar una escena. Un Nobel para quien publicó esa imagen de palestinos rotos por el dolor fingiendo que se trataba de israelíes. Otro para quien llamó fallecidos a los asesinados, como si las bombas fuesen un fenómeno meteorológico.

No hay premios suficientes para tanto pacifismo. Tendrá que ser la Historia quien juzgue todas estas expresiones de buena voluntad. Afortunadamente, los pacifistas ya tienen un ejército de historiadores trabajando en ello. Porque la Historia, como la proporcionalidad, es una cuestión subjetiva.

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Publicado el
29 de julio de 2014 - 20:08 h

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