Nos quieren convencer de que no hay alternativa

Jair Bolsonaro.

A las élites económicas y financieras parece que no les basta ocupar su propio sillón y, ahora, llegada la edad de jubilación, deberían empezar a plantearse eso de entrar en política. ¿Para qué? “Para aportar valores humanos y experiencia”.

Esta fue la consigna que José Manuel Entrecanales, presidente de Acciona, dio hace unos días a quienes asistían al Congreso de Empresa Familiar. Podría ser una buena noticia que desde los espacios empresariales se reconozca que son las urnas las que deben decidir quién dirige la vida política de nuestro país, pero lo cierto es que detrás hay algo más. Su motivación para meterse en política sería la falta de reconocimiento y legitimidad que dan a los actuales interlocutores sociales y políticos que aceptan medidas como la subida del salario mínimo sin primar la mentalidad empresarial. Vamos que aceptan las reglas porque no hay otras, pero no a los equipos que juegan el partido, aunque sean de su propiedad.

Imagino que para Entrecanales lo que acaba de pasar en Brasil debe resultar doblemente inspirador. Por un lado, el próximo ministro de Economía del nuevo presidente Bolsonaro, el ultraliberal Paolo Gaudes, es un experimentado empresario millonario de 69 años que lo primero que va a hacer es sanear las finanzas brasileñas, aunque para ello tenga que vender todas las empresas estatales –algo que a Bolsonaro no le parece del todo mal mientras no sea las venda a los chinos. Por otro lado, también debe ser estimulante lo que representa el triunfo del exmilitar: la vuelta a ese pasado que, a su juicio, fue mejor. La victoria de los valores tradicionales que ponen orden a esta decadencia en la que, según Entrecanales, está inmersa Occidente. Imagino que en esa decadencia tendrá que ver el acceso universal a los derechos y la defensa de las libertades colectivas e individuales.

Sea como sea, la victoria de Bolsonaro esconde muchas e inquietantes paradojas. La principal es que su victoria ha sido en las urnas. Es decir, que buena parte del pueblo brasileño, convencido de que no hay otra alternativa a la crisis que viven, le elige a pesar de ser un abierto defensor de la dictadura militar, de su retórica de odio y de ser el candidato de las élites financieras y económicas que algo habrán tenido que ver con la corrupción que tiene en la quiebra al país. Pero pensarán como el exfutbolista del Barcelona, Rivaldo: qué más da lo que haga, diga o piense Bolsonaro si es un buen gestor que pondrá orden y solucionará los problemas económicos de Brasil. Inmensa tristeza tanta ceguera.

Lo más perturbador de esta elección (al igual que pasó con Trump) –tal y como cuenta Naomi Klein en su libro “Decir No, no basta” (que hay que leer)– es el rol que están adoptando los medios. Estos, anestesiados por el autobombo y las cifras de audiencia, apuestan por mantener a la gente en permanente estado de shock con un cóctel envenenado de noticias donde se mezcla el entretenimiento de masas con la vida política. Intencionadamente o no, terminan haciéndole la portavocía a líderes políticos que, para alcanzar el poder, construyen relatos apocalípticos sobre la ruptura de España, el comunismo diabólico y los golpes de Estado sin armas. Pero no es menos inquietante que quienes de una u otra forma colaboramos o participamos en algún medio, hemos mordido el anzuelo de la confrontación y el fatalismo. Nosotras y nosotros también vamos poniendo nuestro granito de arena a esta muerte lenta por crispación a la que están siendo sometidas las democracias.

¿Hay alternativa? Claro que la hay. Siempre la hay. Para empezar, es imprescindible dejar de contribuir a esos análisis y relatos catastrofistas, competitivos, injustos y belicistas. Para continuar, quizá es tiempo de plantearse no participar en las mentiras que se vierten en nuestros entornos profesionales y que banalizamos para seguir ocupando un lugar en ese mediocre mundo del postureo. Pero, sobre todo, es necesario arrimarse y nutrirse de proyectos y crónicas solventes donde se usan las lógicas de los cuidados que nos entrelazan y nos dan herramientas para defender, argumentar y activar, sin distinciones, los derechos de todas y de todos (un buen ejemplo son los relatos que ofrecen desde Píkara cada semana).

Es el momento de que, y me inspiro en el libro de Naomi Klein, sin crispación y con inteligencia emocional, cuestionemos los cuentos que inevitablemente fabrican a sujetos como Trump, Salvini y ahora Bolsonaro. Cuentos que también están fabricando a un Pablo Casado “sin filtros”, a un Vox cada día más presente y a colectivos que se identifican como vulnerables cuando realmente no lo son. Cuentos que nos toman por tontos porque realmente estamos actuando como tales cuando nuestra mayor preocupación es tener una vida que mostrar en Instagram. Estamos como hechizados y tragamos con ruedas de molino insolidarias, crueles y egoístas que no tienen nada de ficción, que están generando muchísimo sufrimiento y dolor. No es otra serie de Neftlix, es la vida real. Visto esto, solo cabe afirmar que no hay mejor momento para pensar en alternativas que cuando nos dicen que solo hay una. Porque si eso fuera así tiene nombre y se llama… dictadura.

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Publicado el
1 de noviembre de 2018 - 20:03 h

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