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Rajoy se hace el turco

Para la ternura siempre hay tiempo, cantaba Víctor Manuel, y… más aún para especular sobre el futuro Gobierno. Mientras tanto y hasta que ni con agua caliente logremos se despegue del cargo, lo que sigue siendo noticia es que Mariano Rajoy continúa siendo presidente del Gobierno. ¡Es meritorio!

Primero, retorció y exprimió los argumentos jurídicos que le permitiesen en el cómputo de plazos para convocar elecciones hacer que estas se demorasen un mes (del 20N 2011 al 20D 2015). Nunca se había producido que las elecciones fuesen más tardías que los cuatro años (ni un día más). El, sí. Consiguió un mes más.

Después, pese a habernos insistido hasta la saciedad que él y su partido habían ganado las elecciones y que debía gobernar, no asumió (y fue inaudito) el encargo del rey para formar Gobierno y en la segunda entrevista no le manifestó su disposición a intentar ser presidente. Ahora ha ganado un mes añadido para dilatar el proceso y seguir. Mientras, espera a que se estrelle el candidato nominado.

Hay cuatro factores: el apego al poder, el tacticismo, la vagancia de dialogar y la cobardía de enfrentarse a un debate que sería un juico severo a modo de censura de estos cuatro años. Ello le hace continuar en su posición rocosa. Pero en este tiempo, intenta si consigue beneficiarse…

Mientras tanto, quien acaso acabará (ya actúa como tal) en el PP, Albert Rivera, le hace faena de marear la perdiz y, sobre todo, evitar un gobierno PSOE-Podemos. Igual que desde diversas instancias mediáticas y financieras.

Es momento de recordar algo que protagonizó, con repercusión internacional, Mariano Rajoy, presidente del Gobierno español y que refleja algo de las fuentes de dónde aprende. Hace justo dos años (el 12 de febrero de 2014) visitó Ankara. En principio, lo que era una visita de carácter económico (las obras de una línea metro en la capital turca las realiza una empresa española, catalana por más señas), tuvo una deriva sorprendente que revelaba "la solidez" de la personalidad de nuestro líder.

Primero, un recorrido por el metro junto al presidente turco acompañado por un gran número de militantes del partido gubernamental turco que parecían más bien hooligans, enfervorizados con banderas, canciones y eslóganes. El punto de llegada era un mitin del partido de Erdogan. Este preside lo que es constitucionalmente un Estado laico pero su partido es marcadamente pro musulmán, antaño moderado y, cada vez, más radical. Eso choca no solo con la tradición turca manifiestamente laica sino también las posiciones de los países de la Unión Europea que recelan de cualquier deriva como la de Erdogan de ir a una línea más acentuada en islamismo. Y, más aún, en un país tan importante y vecino de la UE.

Pero ahí estaba nuestro Mariano, orgullo patrio de la tierra de Cervantes, el manco de Lepanto contra los turcos, para sumarse a la causa de Erdogan. Intervendría incluso en el mitin electoral de su acompañante que se celebró ante 5.000 personas. Lo haría, a pesar de la improvisación, incluso "con entusiasmo" como reseñan las crónicas periodísticas, hablando de su "emoción". Todo eso, ni la presencia en el mitin, ni su intervención ni nada estaban en el programa del viaje. La perplejidad en Europa fue notable. Estaba tan a gusto nuestro sultán que inusitadamente, cambió la agenda y alargó un día más su presencia y, de paso, evitaba la sesión de control de los miércoles en el Congreso.

El acompañamiento del europeo Mariano Rajoy en apoyo de un candidato islamista turco era, además, muy sorprendente pues desde diversas instancias internas y externas se estaba y se está criticando el retroceso e involución de ese país. De la laicidad constitucional al islamismo radical que propugnan hay que añadir la enorme represión de la libertad de prensa, el autoritarismo en materia de libertades y la corrupción que invade las instancias de poder en Turquía.

Quizás eso mismo, frente a la inicial sorpresa, puede explicar qué hacía un dirigente europeo en un lugar como ese, un mitin del Partido de Erdogan. Pero acaso nos explique la sintonía que, además de la deriva de Europa, la línea de Rajoy en España era la misma y la sintonía clara: enorme corrupción, control de los medios de comunicación, recortes en derechos políticos y sociales, ley mordaza, etc. Turquía y España están en la misma línea, aunque este año nos volverán a ganar en el Festival de Eurovisión.

Pero quiero referirme a algo más reciente y que revela cómo Rajoy sigue la estela de Erdogan. En junio hubo elecciones en Turquía y su partido, ATK, obtuvo la mayoría aunque no fue absoluta. Fue un pequeño varapalo. Necesitaba el apoyo de otros partidos. Tras llegar a hacer aparentemente fracasar en la investidura a su primer ministro al no conseguir esos apoyos con una oferta inaceptable para ellos, Erdogan aplicó lo que ahora quiere lograr Rajoy: dejar pasar el tiempo y hacer que no fuese otro candidato investido ni propuesto.

Así fue. Comenzaría en Turquía el tic tac para disolver el Parlamento (45 días) y el partido mayoritario, fue dejando trascurrir el tiempo sin más votaciones hasta que se cumplió aquel. Era la primera vez que eso sucedía en el país otomano. Y además no como algo inevitable sino dirigido a ello.

Volvería a haber elecciones el 1 de noviembre y entonces sí, Erdogan obtuvo la mayoría absoluta desde dos nítidos y rotundos mensajes: eran los únicos que ofrecían estabilidad y explotando al máximo el voto del miedo. Afortunadamente, no obtuvo los dos tercios a los que aspiraba para reformar la Constitución y convertir oficialmente Turquía en un país islámico, para hacer de ella también un sistema presidencialista y para recortar más derechos humanos. La entrada en el parlamento del partido Kurdo, superando el altísimo listón electoral legal del 10% lo desbarató, bendecido sea Alá, pero sí que obtuvo una cómoda mayoría absoluta para gobernar.

Aquí entre nosotros, nuestro héroe Mariano parece que aprendió en esto. Desde el mensaje inicial de que hemos ganado y tenemos que gobernar, al no hacer ninguna aproximación a los demás está dejando pasar el tiempo para que escabulléndose sin dar la cara, salvo el acólito Rivera, sea Sánchez quien se enfrente al reto, mientras que los poderes de todo tipo presionan al máximo para que no acuerde con Podemos, aunque si no logra ser presidente él mismo como sea y con quien fuese, estaría amortizado.

Los dos mensajes que están ya lanzando y a través de todos los agentes de quienes actúa el poder son los mismos que el turco. Primero, la apelación al miedo o pánico: que vienen los radicales, los independentistas y los rojos (de eso no quedan en el PSOE) y la inestabilidad que tendríamos sería un retroceso ahora que habíamos enderezado el país.

Y aplicar lo que es un artista: no en el manejo de los tiempos sino en el dejar pasar siempre el tiempo que resbala sobre él cómo le resbala lo que significa la responsabilidad y la valentía. Y estas cualidades, no son, precisamente, delicias turcas.

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Publicado el
9 de febrero de 2016 - 20:03 h

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