Sumar no suma y Podemos no puede
Canta Cruz Cafuné que “la gente miente, las cifras no” y uno invierte cinco minutos mirando el recuento electoral de los comicios aragoneses para confirmar que el rapero tinerfeño tiene más razón que un santo: Sumar no suma y Podemos no puede. Podría decirse del revés y no tendría tanta gracia, pero sería exactamente igual de cierto: Podemos no suma y Sumar no puede. La Chunta Aragonesista, en cambio, mejora -mucho- sus resultados. Esto nos indica tres cosas que, si se tienen en cuenta, a lo mejor, y digo a lo mejor porque probablemente ya sea tarde, pueden servir para alejar a la derecha del gobierno el año que viene.
Uno: las izquierdas nacionales, o sea, las no-nacionalistas o las no-regionalistas, no funcionan ni por separado ni en los territorios en los que existe una izquierda soberanista. En primer lugar, porque no pueden ofrecer nada que sea más atractivo que lo que ofrezcan las diferentes izquierdas vernáculas, y en segundo lugar porque el sistema electoral no está hecho para servir como espectrómetro de la pureza ideológica de grupúsculos políticos. Prueba de esto son las dos últimas elecciones autonómicas, en Extremadura -donde sí hubo confluencia- y se mejoraron los resultados a costa del PSOE, y en Aragón, donde no solo no ha habido, sino que además se han lastrado más de 25.000 votos a las papeletas de IU-Sumar y Podemos que podrían haber reforzado a Chunta Aragonesista. Esto, por supuesto, no implica ni que esos 25.000 votos vayan a ir necesariamente a parar a CHA ni, por desgracia, arregla la caída libre de un PSOE que se niega a mirar a la realidad de frente y poner un palo en la rueda de los asuntos más urgentes de la política nacional, como es el tema de la vivienda.
Dos: Hay que dejar de dialogar con el Partido Popular. Están convencidos de que disputar a Vox cada voto mientras esperan que la desazón de la izquierda desmovilizará el voto al PSOE les dará una mayoría absoluta en 2027 y entrar en ese marco solo favorecerá a los de Abascal. Feijóo tiene el carisma de una piedra pómez y, Abascal, ya lo explicaba el director de El Constitucional Hugo Pereira, tiene mucha mejor presencia mediática que el gallego, por lo que la estrategia de los populares no tiene ningún recorrido. Dialogar -debatir, confrontar- con la derecha -y la extrema derecha- no sirve de nada. Los caminos de la realidad se han bifurcado y subirse a esa vía nos va a llevar a un páramo en el que no se habla nuestro idioma.
Tres: hay que confiar en Rufián. No está claro, todavía, qué puede proponer el portavoz de ERC de cara a una plausible confluencia confederal de la izquierda, pero las geometrías son cada vez más limitadas. De un tiempo a esta parte, lo que se ha estado votando en las elecciones generales no ha sido una dicotomía A o B; ni siquiera una dicotomía A, B, C, D o E, sino dos modelos de país diferentes: uno centralista encabezado por la derecha y otro plurinacional representado -no les quedaba otra- por el PSOE. La carta del voto contra el fascismo servía para movilizar a los indecisos y para movilizar a ciertos sectores de las izquierdas enfurruñados con el sindiós de las coaliciones, pero esa baza se ha perdido.
Lo de confiar en Gabriel Rufián no es un apunte mesiánico ni creo que él vaya a ser la figura que nos salve del caos que se viene, pero Rufián lleva unos cuantos meses actuando como el catalizador de un sentir que es común tanto en los territorios no-soberanistas como en aquellas Comunidades Autónomas con presencia de partidos regionalistas, independentistas o nacionalistas. El que firma estas líneas nació, se crio y vive en Murcia. Esta Región es, antes que casi ninguna otra cosa, españolista y anticatalanista, incluso para las gentes de izquierdas -que no son pocas-, y de unos meses a hoy mismo, cada vez escucho más elogios dirigidos al político de Santa Coloma de Gramenet; incluso para las gentes de derechas que han conseguido disociarse del estigma de llamar golpistas a los políticos de ERC, Rufián es una figura a la que respetan. Su primer obstáculo probablemente lo encuentre en su propia formación, ya que Elisenda Alamany se ha mostrado reticente a diluir la identidad nacional de su partido. Sea como cabeza de agrupación -cosa que dudo- o como imagen de la confluencia -algo más probable-, es una de las últimas cartas que nos quedan antes de 2027.
En este escenario, del que el PSOE, claro, no va a ser partícipe, se podría ensamblar un ente político compuesto de todos los demás a la izquierda de los socialistas: un Sumar que sume, un Podemos que vuelva a poder y, en general una izquierda unida que sirva para algo más que para despedazarse a sí misma y que deje de emplazar a los votantes en una dinámica de susto o muerte cada vez que se saquen las urnas.
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