Un tipo soso, serio y formal

El Lehendakari, Iñigo Urkullu, en comparecencia pública en Vitoria

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En la campaña electoral recientemente celebrada en Madrid, el candidato socialista Ángel Gabilondo se definió como un tipo soso, pero serio y formal. Las urnas no le fueron propicias. Es lo que tiene este enrevesado tiempo de pandemia, los programas políticos, las propuestas serias y formales, pierden ante la avalancha de la demagogia y el populismo. 

En Euskadi, hay otro tipo soso, serio y formal que se llama Iñigo Urkullu Renteria, y es el lehendakari. Urkullu tiene la ventaja de que celebró las elecciones hace unos meses y en ellas logró una buena renta que, unida en pacto a la del PSE, le permite gobernar sin sobresaltos durante los próximos años.

En las últimas semanas, Urkullu se ha felicitado por haberse empeñado en celebrar las elecciones el pasado mes de julio, en medio de la pandemia y con los votantes cubiertos con mascarillas en aquel verano tan raro. Mantener un gobierno en funciones, sin pasar por las urnas, hasta que la situación se controlara, era dejar ad calendas graecas la estabilidad institucional, y si el PNV es experto en algo es en mantener la estabilidad institucional.

Hubo muchas críticas por obligar a votar a los ciudadanos en un contexto de contagios masivos en pleno verano, pero las elecciones ya habían sido convocadas previamente para el 5 de abril y desconvocadas por la pandemia posteriormente, así que el lehendakari y el PNV, decidieron que ese verano tenían que solucionar la estabilidad institucional antes del previsto terrible otoño.

Y sí, la previsión del terrible otoño se cumplió. Lo que no esperaba Urkullu es que la situación se complicara todavía más y que al terrible otoño previsto, le siguieran un invierno y una primavera, aún más terribles. A buenas horas celebramos las elecciones en julio, habrá pensado más de una vez el lehendakari. 

Los datos de la pandemia en Euskadi se convirtieron en uno de los peores de Europa. La situación en las UCI ha sido crítica. El sistema de vacunación ha hecho aguas. Las críticas a la coordinación de la pandemia se han multiplicado, y a ello se une ahora la decisión de dar por finalizada la búsqueda de los restos del trabajador Joaquín Beltrán en el vertedero de Zaldibar, un tema especialmente truculento que ha socavado la credibilidad del Gobierno Vasco.

Lo del vertedero está en manos judiciales, pero el escándalo fue mayúsculo y las consecuencias, tremendas. A ello se unió la desaparición de dos trabajadores, los restos de uno de ellos fueron finalmente localizados; los del segundo, no. Cuesta trabajo admitir que un vertedero de estas características fuese aceptado en un país occidental sujeto a una supuesta normativa estricta y a unos controles periódicos exhaustivos. Es evidente que hubo un fallo general. El consejero del ramo ha estado desaparecido, y ha sido el propio lehendakari el que ha dado la cara en un tema en el que sabe que no va a ganar votos. 

Lo de la pandemia se desbocó en el primer cuatrimestre del año. A finales de enero, Euskadi ofrecía un dato estremecedor con una incidencia de 667 por 100.000 y de 546 por cada 100.000 a finales del pasado mes de abril. A ello se sumó un comienzo de la campaña de vacunación que dejó a la comunidad autónoma vasca en los puestos de cola. El coordinador de la comisión técnica del Consejo Asesor del Plan de Protección Civil de Euskadi (LABI), Jonan Fernández tuvo que reconocer: "No sabemos por qué estamos peor que otras comunidades".

La situación era tan evidentemente dramática que uno se imagina al tipo soso, serio y formal dando un golpe en la mesa, poniendo firmes a todos y tratando de remediar el desaguisado. De pronto la vacunación se aceleró, plazas de toros convertidas en vacunódromos y filas de ciudadanos a por el pinchazo de AstraZeneca, Pfizer, Janssen o lo que fuera.

No hay elecciones a la vista, pero Urkullu, como cualquier avezado político, sabe que la ciudadanía capta la esencia de esos hechos que marcan la legislatura. Zaldibar y pandemia, lo hacen en Euskadi. Así que por ahí han venido los ataques de la oposición.

El recientemente reelegido coordinador general de Euskal Herria Bildu, Arnaldo Otegi, presentaba a su organización política como la sustituta de un PNV que ofrece un "modelo agotado y triste". Esta misma semana, mediante una iniciativa parlamentaria, Bildu se ha empeñado en la tarea de reprobar a la responsable de sanidad del Gobierno Vasco, Gotzone Sagardui. Su intención era dejar claro que el mito de la capacidad de gestión del PNV ha saltado por los aires con motivo del desastre de la pandemia y de la campaña de vacunación. En ese envite, curiosamente, ha sentido el apoyo del Partido Popular, empeñado también en dejar claro que el mito de la buena gestión del PNV ha caído. El propio Carlos Iturgaiz, presidente del PP en Euskadi aseguraba ayer que "el mito de la buena gestión del PNV está enterrado en el vertedero de Zaldibar".

En una reciente entrevista, el presidente del PNV, Andoni Ortuzar se quejaba de que hoy "es más importante lo que se dice que lo que se hace, lo cual es contrario a nuestra cultura política: en el País Vasco cuenta mucho la gestión". La gestión, esa palabra mágica que en la comunidad vasca da votos, quiere mantenerla el PNV bien amarrada. El tipo soso, serio y formal espera que tras el puñetazo en la mesa las cosas varíen, las cifras sonrojantes de contagios desciendan, como lo están haciendo, las de los vacunados aumenten y los hospitales vuelvan a su vida ordinaria. Aquí paz y después gloria.

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14 de mayo de 2021 - 22:22 h

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