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Aborto: ni moral ni ideología, sino salud y derechos

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En los últimos años, el debate sobre el aborto ha vuelto a ocupar titulares con una intensidad que sorprende por su carácter regresivo. Lo que debería estar ya asentado como un consenso básico —el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo— se presenta de nuevo como una cuestión polémica. Sin embargo, conviene recordar algo fundamental: el aborto no es, ante todo, un dilema moral ni un campo de batalla ideológico. Es una cuestión de salud pública, de derechos humanos y de justicia social.

La evidencia científica es contundente. Según la Organización Mundial de la Salud, seis de cada diez embarazos no deseados terminan en aborto. Este dato, por sí solo, desmonta uno de los principales argumentos de quienes defienden su prohibición: ilegalizar el aborto no lo hace desaparecer. Lo único que cambia es cómo y en qué condiciones se realiza. Donde es legal y accesible, es seguro. Donde se prohíbe o se dificulta, se vuelve clandestino y peligroso.

La editorial “Abortion: the possibilities of progress”, publicada en la revista científica The Lancet, el 18 de abril de 2026, sostiene que el derecho al aborto debe entenderse como una cuestión central de autonomía corporal, salud pública y justicia de género. Subraya que la capacidad de decidir si tener hijos, cuándo y en qué condiciones forma parte del derecho fundamental de las mujeres a controlar su vida reproductiva y, por tanto, su proyecto vital.

Las cifras son claras y difíciles de ignorar. Casi la mitad de los abortos en el mundo se producen en condiciones inseguras, lo que provoca alrededor de 39.000 muertes anuales, la mayoría evitables. En los países donde el aborto está garantizado, nueve de cada diez procedimientos son seguros; en aquellos donde se restringe, apenas lo es uno de cada cuatro. No se trata de opiniones: se trata de datos.

Pero el problema no es solo sanitario. Es profundamente político. En distintos países asistimos a una ofensiva coordinada contra los derechos reproductivos, impulsada por fuerzas conservadoras y movimientos antigénero que buscan revertir avances logrados durante décadas. El control sobre el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente una herramienta de poder, y hoy vuelve a serlo bajo nuevas formas, amplificadas por la desinformación y las alianzas internacionales reaccionarias.

Frente a este retroceso, conviene no perder de vista los avances. En las últimas décadas, más de 60 países han ampliado el acceso al aborto, permitiendo que cientos de millones de mujeres ejerzan un derecho básico. Pero ese progreso es desigual y frágil. Allí donde persisten las prohibiciones —o donde las leyes existen pero no se garantizan en la práctica— las consecuencias recaen, como siempre, en las mujeres más vulnerables.

Porque no todas parten del mismo lugar. Las restricciones al aborto no afectan por igual. Penalizan especialmente a quienes tienen menos recursos: mujeres jóvenes, migrantes, racializadas o en situación de precariedad. Quien puede pagar, viajar o informarse encuentra alternativas. Quien no, queda atrapada entre la clandestinidad, el riesgo y el estigma.

España no es ajena a esta realidad. Aunque el aborto es legal, su acceso sigue condicionado por barreras que rara vez se reconocen: objeción de conciencia masiva, desigualdades territoriales, burocracia, falta de servicios públicos cercanos o estigmatización institucional. Para muchas mujeres, especialmente migrantes, el derecho existe sobre el papel, pero no siempre en la práctica.

Reducir el aborto a un debate moral es una forma de invisibilizar todo esto. Es ignorar la evidencia, negar la desigualdad y desplazar el foco desde la salud y los derechos hacia la culpabilización individual. Pero la realidad es mucho más compleja —y mucho más clara—: cuando se garantiza el acceso, se salvan vidas; cuando se restringe, se ponen en peligro.

Hablar de aborto es hablar de autonomía, de dignidad y de libertad. Es reconocer que las mujeres no son meros sujetos reproductivos, sino ciudadanas con derecho a decidir sobre su vida. Y es asumir que los derechos no se negocian ni se retroceden: se defienden.

La ciencia lo respalda. El feminismo lo ha peleado. La sociedad no puede permitirse mirar hacia otro lado.

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