Asco de ser español
Puede sonar duro el titular, pero refleja la sensación que produce un rebaño de borregos cuando balan a coro las salmodias dictadas por los pastores, en un ejercicio gregario de renuncia a la facultad de opinar con criterio propio. Ese o esa borrega de divisa rojigualda en la muñeca, a juego con la que cuelga del retrovisor de su coche o del balcón de casa, es una docta eminencia a pesar de que su currículo escolar naufragara en la ESO. Como si de una exigencia genética se tratara, abre la boca y opina con vehemencia de cualquier tema.
Escuchar sus diatribas, en la taberna o el supermercado, en público o en privado, elevando la voz para percutir el máximo de oídos, es una condena que no soportaría el mismísimo Sísifo. Sus palabras –eco de lo escuchado en un informativo cualquiera, de lo cacareado en una u otra tertulia mediática, de lo escrito en cualquier titular de prensa paniaguada o de lo excretado en las redes sociales– emanan de las oquedades de sus cabezas como abruptas monsergas de ritmo vacuo y melodía desafinada, a la altura de su precariedad intelectual.
Con la ignorancia, la desinformación y el bulo por banderas, han convertido el patriotismo en un peligroso dogma que excita la furia y evoca un amargo olor a sangre. Nada les impide sacar pecho y despreciar a Erastótenes de Cirene –“¿quién es ése?”, dirán entre risas–, a Pitágoras –“el de los catetos”, gritarán–, a Aristóteles –“viejuno superado”, sentenciarán– o a la ciencia cuando se trata de sostener que la tierra es plana. ¿Para qué razonar o perder tiempo en argumentar si lo ha dicho Shaquille O’Neil avalado por sus cuatro anillos de oro?
Con estos mimbres, acabamos de asistir a la enésima vergüenza nacional a cuenta de los cadáveres esparcidos en las vías de Adamuz. Apenas cuarenta y ocho horas ha durado la empatía y el respeto a las víctimas del luctuoso accidente. La patria no merece dejar pasar la ocasión de aprovechar el suceso para sembrar una especie tan extendida y nociva como la cizaña. Cuando no eran ni media docena los muertos contabilizados, la extrema derecha de Vox ya lanzaba la especie de que el descarrilamiento del tren se debió a la corrupción.
Apenas había una docena de víctimas, cuando reclamó todos los focos (su especialidad) la inefable Ayuso para desarrollar la teoría del caos como fórmula infalible para menospreciar a su desnortado jefe de filas y contraprogramar la insólita responsabilidad institucional de su presunto rival en el PP Moreno Bonilla. A partir de ese preciso momento, la movilización de la brigada mediática fue tan inmediata como previsible, con el ruin e irrenunciable objetivo de aprovechar el doloroso amasijo de hierros y restos humanos para desgastar al gobierno.
La extravagancia argumental desatada por el pensamiento ultraconservador se ha fijado como meta equiparar el desastre y su gestión con la vergonzosa y espantosa actuación de Ayuso con los protocolos de la vergüenza durante el covid y a la irresponsable e inhumana actuación de Mazón antes, durante y después de la dana. Ambos despropósitos, avalados por Vox y defendidos a ultranza, aún hoy, por Feijóo, son asimilados en bares y comercios a la tragedia ferroviaria para imponer el peligroso mantra de “todos los políticos son iguales”.
En fin, una vez más, opinólogos y todólogos han aprovechado una desgracia para repetir lugares comunes, apoyados en bulos y desinformación, y desatar la lengua del cuñadismo patrio para decidir quién es el culpable de la tragedia, de la misma forma que deciden quién ha de ser el portero de la roja, quién debe ganar cualquier concurso de televisión, o cómo tienen que funcionar la justicia, la sanidad, la educación y todos los servicios públicos. Estos y estas patriotas nunca cuestionan el mundo de las finanzas y la empresa privada: lo acatan sin rechistar porque “siempre ha sido así” y consideran comunismo cualquier alternativa.
Es para exiliarse del corral. Con asco.
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