¿Una izquierda unificada en coalición con el PSOE y con Rufián al frente?
La fragmentación ha sido, durante años, uno de los principales lastres de la izquierda situada a la izquierda del PSOE. Siglas múltiples, liderazgos enfrentados, disputas internas y proyectos que nacen más de la escisión que de la construcción colectiva han debilitado su capacidad de influir de forma sostenida en la política española, propiciando así la dispersión del voto progresista.
En este contexto, resulta pertinente plantear una hipótesis que, aunque hoy parezca improbable, no es del todo descabellada.
A saber: ¿qué sucedería si los principales sectores ubicados a la izquierda del PSOE lograran unificarse en una sola plataforma liderada por el carismático Gabriel Rufián y en coalición estable con el partido socialista?
Desde el punto de vista electoral, una unificación real tendría, probablemente, el efecto inmediato de reducir la dispersión del voto progresista.
La existencia de un espacio cohesionado, reconocible y con un discurso claro probablemente podría recuperar a una parte del electorado hoy desmovilizado o resignado a la abstención.
No se trataría de disputar la hegemonía al PSOE, sino de convertirse en un socio fuerte, con suelo electoral propio y capacidad efectiva para condicionar políticas públicas. O lo que es lo mismo, menos ruido interno y más proyecto compartido.
El liderazgo de Gabriel Rufián sería, sin duda, uno de los elementos más controvertidos —y a la vez más interesantes— de esa hipotética plataforma, pues Rufián posee unas cualidades poco habituales en la política española actual: comunica con claridad, no rehúye el conflicto cuando lo considera necesario y sabe conectar con sectores populares y jóvenes alejados del lenguaje político tradicional.
Estaríamos así ante un perfil mediático, pero también eficaz por más que al mismo tiempo generara resistencias, desconfianza y recelos por parte de la izquierda más clásica.
No obstante, en cualquier caso sería un liderazgo que no pasaría desapercibido y obligaría a todos —aliados y adversarios— a posicionarse.
Para el PSOE, una coalición estable con una izquierda unificada tendría un doble efecto: por un lado aportaría estabilidad parlamentaria y facilitaría mayorías progresistas frente a una derecha cada vez más radicalizada, y por otro limitaría su tendencia a la ambigüedad ideológica y a los desplazamientos hacia el centro-derecha.
Un socio sólido a la izquierda no permitiría grandes equilibrios retóricos y obligaría a cumplir acuerdos y a traducirlos en políticas concretas en materia de derechos sociales, vivienda, fiscalidad o memoria democrática.
El las antípodas del socialismo, la reacción de la derecha sería previsible y se intensificaría la polarización a expensas de reaparecer los discursos del “bloque radical” y se recurriría al miedo como herramienta política.
Sin embargo, esa misma estrategia podría tener un efecto contrario al buscado al movilizar a un electorado progresista que, cuando percibe amenazas claras a derechos y libertades, tiende a reagruparse.
En un análisis prospectivo, el verdadero riesgo de una operación como esta no estaría en la idea, sino más en su ejecución. Pues si la unificación se limitara a una suma de aparatos, cuotas de poder y equilibrios internos, el proyecto nacería agotado, y si no se construyera un relato de país —no solo de resistencia, sino de futuro—, la plataforma quedaría atrapada en la coyuntura.
En este contexto, si reaparecieran los egos y las viejas dinámicas de la izquierda, tal vez desgaste sería rápido, pero si se lograra construir una izquierda unificada, con liderazgo reconocible y en coalición leal —por más que fuera exigente con el PSOE— podría representar una oportunidad histórica para recomponer el espacio progresista en España.
Pero esto solo tendría sentido si se articulara en torno a principios claros: derechos, cohesión social, justicia y respeto a la gente común.
Como recordaba José Antonio Labordeta, sin decencia ni coherencia no hay proyecto político que perdure. Y esa sigue siendo, hoy por hoy, la verdadera línea divisoria.
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