La oficina del presidente
Las inmóviles cortinas caen por el peso de la vergüenza de unos pocos en el despacho. Las gotas de sudor perlan sus rostros enfrentados a la bandera. Alguna lágrima recorre ya demasiada mejilla para los escasos minutos transcurridos. No son un pueblo débil. No son un pueblo cobarde. ¿Pero qué son los hombres frente a un dios egoísta?
Interrumpe un puño que golpea la mesa de manera sobreactuada y forzada en respuesta a la última alternativa. A la última de muchas súplicas. Responde un gemido de dolor, que aguanta el llanto que pugna por abrirse en canal frente a la impotencia. Asoma media sonrisa que avanza a la plenitud de una fila de blancos, arios, perfectos dientes impostados. Aguanta una rodilla sujeta con firmeza por una mano con fuertes nudillos que proceden del frío. Sentencia una piel del color del bronce.
No es una escena del relato de Beowulf ni una visión de la serpiente que devora el mundo. Tampoco una leyenda artúrica. Es, sin duda, la Naranja Mecánica exprimiendo el jugo de todo lo que le rodea.
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