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Pedro Sánchez, bajo el asedio del estrés
En sus últimas apariciones públicas, Pedro Sánchez ha mostrado un cambio físico tan evidente que resulta imposible ignorarlo. Su rostro aparece más delgado, la mirada transmite destellos de cansancio, las arrugas se han acentuado y el volumen de mejillas y sienes se ha reducido. Incluso su figura corporal ha perdido el aire atlético que hasta hace poco lo caracterizaba.
Tanto en tertulias, como en los medios más proclives al sensacionalismo (y aún más en las redes sociales) se ha especulado con interpretaciones alusivas a hipotéticos problemas de salud en el Presidente de Gobierno cuando lo obvio apunta a un deterioro más que justificado como consecuencia a una severa y mantenida situación de estrés como el propio Sánchez reconoció con naturalidad durante una reunión con dirigentes feministas del PSOE en julio de este mismo verano:«Mirad si lo estoy pasando mal que he perdido varios kilos», un gesto inusual de honestidad poco frecuente en los líderes políticos, acostumbrados como están a proyectar una imagen de fuerza inmutable, como si fueran inmunes al desgaste.
Y, la verdad, es cierto que Pedro Sánchez lo ha pasado mal durante los últimos meses y no precisamente por la presión inherente al hecho gobernar el país (lleva 7 años y casi tres meses ejerciendo su cargo ininterrumpidamente y en ningún momento se le ha percibido falta de energía) sino más bien a la concatenación de unos episodios especialmente duros que recientemente han puesto a prueba su resistencia emocional.
El hecho determinante más reciente ha sido la traición de colaboradores muy cercanos como Ábalos, Cerdán y Koldo, tres figuras que desde la deslealtad, el cálculo sin principios y el clientelismo corrupto, no solo han manchado su propio nombre, sino que han salpicado también de fango el proyecto político al que decían servir, inesperado escándalo ha dejado a Sánchez tan dolido como desconcertado por no haber detectado una corrupción que tenía tan cerca.
Pero hay más. Si a eso le añadimos la caza de brujas contra su entorno familiar, la presión deja de afectar únicamente al político y empieza a golpear también al marido y al hermano. Desde la psicología del estrés, es sabido que un ataque a los vínculos familiares activa mecanismos más profundos e instintivos que los que se ponen en marcha ante una simple crítica ideológica o parlamentaria.
Cuando es el territorio de lo íntimo, el espacio donde uno debería sentirse protegido, lo que se ve invadido, hay un precio que se paga con un deterioro compatible con el cambio físico que ha experimentado el presidente Sánchez como consecuencia de la presión a la que ha estado sometido durante los últimos meses, concretamente por las traiciones de sus colaboradores más próximos y también la persecución mediática y judicial contra su mujer y su hermano.
Es natural que un escenario como este tenga repercusiones físicas visibles que, en el caso de Sánchez, se han materializado en una evidente pérdida de peso, gestualidad de hastío y lasitud y, en suma , somatizaciones propias de un estrés crónico. Sin embargo, sería un error interpretar estos síntomas como una señal de incapacidad para gobernar, pues la diferencia esencial radica en distinguir entre el impacto físico del estrés y la lucidez cognitiva. Así, que el cuerpo pierda peso o que refleje desgaste no significa que la mente pierda claridad, ni mucho menos. De hecho, la reciente entrevista concedida por el presidente a Pepa Bueno constituye una prueba palpable de que Sánchez se mostró con plena agilidad verbal, dominio de los argumentos, rapidez de respuesta y una capacidad de raciocinio intacta —incluso brillante en algunos momentos—, frente a las situaciones comprometidas que le planteó la periodista.
Como conclusión, y lejos de evidenciar una merma de facultades, todo apunta a que, a pesar de las somatizaciones visibles, Sánchez mantiene el control, la estrategia y la lucidez necesaria para ejercer la máxima responsabilidad del Estado. En suma, el estrés ha dejado huella en su cuerpo, pero no en su capacidad intelectual ni en su desempeño político. Y, en ese terreno, la entrevista con Pepa Bueno mostró a un Pedro Sánchez más delgado, también cariacontecido en algunos momentos, pero en todo momento firme, lúcido y plenamente capaz de sostener el peso de la responsabilidad.
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