El problema del consumo digital ético va más allá de la IA
Hace unos meses se viralizó la cifra: una consulta a ChatGPT consumiría “una botella de agua”. El dato es simplificado, mal documentado y, sobre todo, periodísticamente cómodo. Permite cuantificar la culpa de cada usuario y devolverle la responsabilidad de un sistema que él no controla. La conversación sobre la sostenibilidad de la inteligencia artificial se ha construido durante 2025 alrededor de cifras como esa, mientras dos ecosistemas digitales de masas —el videojuego y, sobre todo, las redes sociales— operaban con escrutinio público notablemente menor.
Conviene mirar los tres juntos. Los datos disponibles para 2025 muestran un panorama incómodo para quien dé por hecho que la IA es el problema central de la sostenibilidad digital. Lo es en intensidad, pero no necesariamente en agregado. Y la diferencia entre intensidad y agregado no es técnica: es ética.
Haciendo cifras obtuve, como números centrales, el consumo de 142 TWh para IA, 150 para videojuego, 408 para social media, Pero no se pueden ordenar en una liga de contaminación digital sin perder información esencial. Cada cifra arrastra un nivel de confianza distinto y una frontera del sistema distinta. La IA admite ser medida razonablemente como huella operacional de cómputo. El videojuego y las redes sociales son ecosistemas en los que pesan muchísimo los terminales de usuario y las redes —el estudio mundial de GreenIT 2025 estima que los equipos de usuario explican aproximadamente el 54% del potencial de calentamiento del digital global, frente al 23% de los centros de datos—. Lo que sí permiten estos números es plantear una pregunta más interesante que la de “quién contamina más”.
Intensidad y escala no son lo mismo
La conversación pública mezcla rutinariamente dos magnitudes que son ontológicamente distintas. La primera es la intensidad ambiental por unidad de uso: cuánto cuesta una hora, una sesión o una consulta. La segunda es el impacto agregado anual por escala de mercado: cuánto suma todo el ecosistema al final del año.
La IA puntúa muy alto en intensidad y aún relativamente bajo en agregado, porque su despliegue de masas es reciente. Las redes sociales puntúan bajo en intensidad por minuto pero muy alto en agregado, porque suman miles de millones de usuarios durante cientos de horas al año. El videojuego queda en medio. Estas tres figuras no son tres especies del mismo género. Son tres estructuras distintas. Esta diferencia tiene consecuencias éticas que rara vez se discuten.
Consumo electivo, consumo estructural
La IA es, hoy, mercado de consumo relativamente electivo. El uso intensivo se concentra en minorías profesionales, despliegues empresariales y usuarios con renta o curiosidad técnica. Quien genera mil imágenes con un modelo difusor toma esa decisión de forma consciente y separable. La huella por usuario es alta, pero el número de usuarios intensivos es aún limitado. Esto cambiará en los próximos años, pero hoy la IA admite políticas de uso voluntario sin coste social grave.
Las redes sociales son otro asunto. No es solo que muchas personas las usen: es que su uso está codificado en el funcionamiento básico de la economía contemporánea, la administración pública y las redes de soporte familiar. Las administraciones comunican por X. Las empresas seleccionan candidatos por LinkedIn. Las familias se coordinan por WhatsApp. La inmensa mayoría de los 5.240 millones de usuarios no puede no estar sin pagar un coste social, laboral o administrativo desproporcionado.
Esta asimetría cambia la pregunta. La responsabilidad por la sostenibilidad digital en 2025 no puede plantearse como ética individual sin caer en una distribución asimétrica de la carga. Pedir al usuario que reduzca su uso de redes en la misma clave en que se le pide reducir vuelos en avión o consumo de IA generativa es un error categorial. Las palancas individuales reales —alargar la vida útil del smartphone, limitar autoplay y notificaciones, reducir vídeo prescindible— existen, pero son marginales frente a las decisiones que toman quienes diseñan, financian y regulan estas infraestructuras: los defaults de producto, los modelos de negocio basados en atención, los ciclos de obsolescencia, la ubicación de centros de datos, los marcos regulatorios sobre divulgación energética y reparabilidad.
Mientras la conversación pública siga concentrada en si el usuario debería usar menos ChatGPT, las decisiones que de verdad mueven la aguja se seguirán tomando lejos del escrutinio público.
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