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Si Prometeo levantase la cabeza

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El mito de Prometeo narra las vicisitudes de un titán, personaje mítico, que transmitió a la humanidad las bases del conocimiento, representadas por el fuego. Dicho acto le supuso el castigo divino de ser encadenado a una roca en la montaña y soportar la agresión permanente de un águila. Platón, en el diálogo “Protágoras” da una versión de ese mito, donde señala que el conocimiento que Prometeo facilita a la humanidad es un conocimiento incompleto, al carecer del sentido moral y de justicia que se requiere para vivir en armonía en la polis. Ambas visiones inspiran una serie de consideraciones críticas sobre el sentido de la ciencia.

Una primera consideración, la ciencia es un producto humano que surge en un determinado contexto social y económico, manifestándose conceptualmente en forma de paradigmas. Algo opuesto a ese reduccionismo al que se llega, cuando solo se valora una clase de experiencia que se expresa a través del experimento, que va asociado al laboratorio o a la maqueta. La experiencia es un concepto más amplio y enriquecedor que va ligado a la propia vida humana tanto en su aspecto individual como social e histórico.

Una segunda consideración, es la ambivalencia del conocimiento científico y tecnológico. Al tiempo que han proporcionado soluciones a importantes problemas también han traído destrucción y muerte. Se tiende a considerar a la ciencia, como un conocimiento siempre bueno y neutral en cualquier lugar y tiempo, ligándolo al mundo de las ideas y la abstracción teórica. La parte más sombría de esa ambivalencia recae en la tecnología, que es donde surge la crítica sobre su posible mal uso. Sin embargo, ambas, que forman un entramado difícil de discernir, son responsables de sus consecuencias aunque probablemente en grados diferentes. Resulta poco riguroso defender la neutralidad ideológica y ética de la ciencia.

Una tercera consideración, es entender que el conocimiento científico genera mucho poder al que lo posee y todo poder o se democratiza o genera autoritarismo y desigualdad entre el poseedor del conocimiento y el resto. Para alcanzar esa democratización se requiere una gobernanza que afronte el problema desde una lógica del diseño, que establezca prioridades en la elección de líneas o proyectos de investigación, en aras de alcanzar las posibilidades de máxima realización a favor de la humanidad, en detrimento de aquellas otras de máxima destrucción. Seguir operando como hasta ahora, desde una lógica de las consecuencias es un método claramente anacrónico e injusto.

El abuso de poder se puede minimizar también, desde dos acciones concretas: El compromiso de los científicos en la divulgación objetiva de sus conocimientos a la sociedad, como un eslabón más en la cadena de valor de la actividad científica. Asimismo, y a pesar de la creciente proletarización de los científicos, estos deben asumir la responsabilidad de su trabajo, en una actuación basada en el “principio de precaución”. La principal responsabilidad que adquiere un científico es con la humanidad, que queda resumida en el principio de: todo aquello que se pueda hacer científica y tecnológicamente hablando, no siempre debe hacerse, si existe peligro real para la humanidad.

Una cuarta consideración sería “recoser la fragmentación del cocimiento”. Cuando en un determinado momento, por diferentes motivos, el conocimiento humano se va deshilachando pierde esa urdimbre que le hace tener un sentido y una razón. La ciencia, en la medida en que alcanzó un estatuto epistemológico propio se distanció de otras disciplinas humanistas en aras de la “excelencia productiva” convirtiéndose en un artefacto productivista.

La eficiencia en la producción científica, sin otro valor a considerar, está asociada a una forma de progreso asociado solo al crecimiento y a un reparto del mismo desigual, ignorando que el papel más noble de la ciencia es crear para la mayoría, marcos de prosperidad y convivencia, basados en un mayor y mejor conocimiento del ser humano y del planeta que le acoge. Esta visión economicista del progreso se sostiene, ideológicamente, en una “racionalidad científica” que responde a los intereses de una élite, que es capaz de imponer, por métodos coercitivos y persuasivos, que esa racionalidad es la única posible.

Si el mito de “Prometeo” se reformulase de nuevo, seguramente el titán pensaría que el “fuego” (el conocimiento) que entregó a la humanidad y tanto sufrimiento le acarreó no era exactamente para esto.

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