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El silencio que enferma: voces desde la trinchera sanitaria

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Estimado director/a de El diario.es:

Llevo un tiempo pensando en el concepto de enfermedad, en lo que nos enferma. Es curioso que lo que definimos como enfermedad, muchas veces no nos duele. Soy médica, joven o eso creo y me llama la atención la desconexión que tienen muchos pacientes de su enfermedad y creo que tiene que ver con la escasez de síntomas que asocian. La hipertensión arterial no duele, la diabetes no duele, la enfermedad renal no duele... y, sin embargo, todos estos pacientes vienen a consulta con mucha necesidad de hablar y que los escuchen. Una paciente me contaba una vez que hablaba con sus vecinas a través de las ventanas que daban al patio y que estaban más o menos al tanto de sus vidas, pero llevaban sin verse las caras 5 años porque su edificio no tenía ascensor (no es un caso aislado).

Cito en consulta a personas migrantes que sé que no van a venir por la situación de extrema precariedad en la que se encuentran y que hace imposible la adherencia al seguimiento. Solicito pruebas sabiendo que no se van a hacer en tiempo por causas que se escapan a mi entendimiento... Me siento como el más pequeño de los tres cerditos construyendo su casita de paja con el lobo a dos metros soplándole de frente y da la sensación de que quien debería hacerse cargo de todo esto, los gerentes y políticos que nos gobiernan, delegan la responsabilidad en los que hacemos el trabajo de campo que, por otra parte, estamos cada vez más agotados. Soy trabajadora del SAS (Servicio Andaluz de Salud) y tengo compañeras que llevan 3 años firmando contratos eventuales cada 3 meses, 6 con suerte. No cubren las bajas porque “estamos sobre dotados” con una plantilla estructural que lleva sin aumentar más de 10 años. Nos están dejando solos al frente de un sistema donde cada vez hay más burocracia y menos humanidad.

Esto es un toque de atención a quien tiene el deber y la obligación de ocuparse de esta situación y también una llamada desesperada de auxilio y comprensión para el que acabe leyendo estas líneas.

Es solo una opinión, la mía, que no pretende ser sensacionalista. Tampoco victimista. Puede que, como mis pacientes, solo pretenda que alguien me lea y me escuche. Porque, aunque lo parezca, las agotadas y desesperadas no estamos solas, somos muchas, cada vez más y creo que es un deber alzar la voz. Porque mucho me temo que al igual que con las enfermedades silenciosas, si no hacemos algo, cuando nos queramos dar cuenta será demasiado tarde.

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