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La solución está en el partido
Desde el inicio de esta crisis quedó claro que el problema no está en el Gobierno, sino en el partido. Los casos de Ábalos, Cerdán y ahora Salazar no son hechos aislados: evidencian que el modelo de partido no ha cambiado desde la crisis de 2017 que llevó a Pedro Sánchez al liderazgo.
Sánchez ganó las primarias con un apoyo masivo de una militancia que esperaba una etapa más participativa y abierta, con una regeneración democrática real del PSOE. Esa expectativa tuvo impacto electoral: proyectó una izquierda genuina, no sometida a los poderes fácticos y abierta a una visión plural del Estado. Logró movilizar a antiguos votantes del PSOE y atraer a otros sectores progresistas.
El 39º Congreso pareció abrir una senda hacia la democratización interna. Pero los siguientes, el 40º y el 41º, frenaron ese impulso. Hoy muchos militantes se preguntan si de verdad hubo voluntad de cambiar, o si solo se sustituyó a unos cuadros por otros, manteniendo intactas las viejas dinámicas de poder.
Las trece propuestas anunciadas el sábado van en buena dirección. Pero no bastan. Hace falta reconocer lo que no se ha hecho, escuchar a la militancia y afrontar de forma decidida una reforma interna. No solo cambiando estatutos, sino también los reglamentos, blindando prácticas democráticas en el día a día. Sánchez debe garantizar ese cambio real. Tiene capital político para hacerlo, pero necesita voluntad y coraje para abrir el partido a la crítica y a la participación.
Democratizar el partido no es un eslogan. Implica establecer controles reales desde lo local a lo federal, colegialidad en las decisiones, rendición de cuentas periódica y selección de cargos basada en el mérito y la capacidad. Es hora de poner fin a la cooptación por fidelidad y fomentar una cultura de exigencia, transparencia y participación.
El error estratégico de Sánchez ha sido dejar el partido en manos de quienes le auparon, frenando la democratización prometida. El desarrollo reglamentario del 39º Congreso no acompañó su espíritu, y esa responsabilidad recae directamente sobre él.
Hay que separar partido y Gobierno. Porque la gestión de Sánchez al frente del Ejecutivo ha sido ejemplar. Ha enfrentado desafíos difíciles —pandemia, La Palma, bloqueo de la derecha— y ha mantenido una agenda social ambiciosa.
Formar gobierno no fue fácil, como no lo es en Europa. El reto ha estado en mantener una mayoría diversa y compleja, que comparte la convicción de que solo desde ese espacio plural puede progresar el país. La clave de bóveda de esa mayoría ha sido el PSOE y su líder. Pero si esa clave se debilita, todo el edificio puede venirse abajo.
La legislatura debe continuar. Nuestra Constitución creó un espacio de acción política que permite gestionar la discrepancia y ampliarlo mediante el acuerdo entre las fuerzas políticas. Ese espacio no puede reducirse, como pretende la derecha. Debe adaptarse a las nuevas demandas sociales. Cuando ha gobernado la izquierda, se ha ampliado: reforzando lo público, reconociendo derechos y visibilizando realidades ignoradas.
Ese espacio hoy está en peligro si el partido que debe sostenerlo no está en condiciones de liderar, y la derecha —con la ultraderecha— alcanza el poder. El PSOE es el partido bisagra del sistema político español. Es también la imagen más real de lo que hoy es España: compleja y plural. Por eso debe recuperar su fortaleza interna y pilotar con solvencia lo que queda de legislatura.
Para ello hacen falta dos cosas. Primero: reconstruir el partido desde dentro, con reformas reales, no simbólicas. Sin ese paso no habrá credibilidad ante militancia, socios ni ciudadanía. Segundo: revalidar el pacto de investidura mediante una moción de confianza vinculada a una agenda legislativa o presupuestaria. Así podrá garantizarse que el proyecto iniciado en 2018 continúe hasta 2027. Este nuevo pacto no debe ser solo aritmético: ha de renovar el compromiso con una democracia de más calidad, un Estado más justo, más plural y un PSOE más fuerte.
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