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Trump y el poder sin freno: cuando el ego pone en riesgo al mundo

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Donald Trump no es una excentricidad ni un paréntesis grotesco de la historia reciente, sino la expresión más descarnada de una deriva peligrosa: la conversión del poder político en una extensión del ego personal.

La cuestión ya no es si Trump es imprevisible o provocador, sino hasta dónde puede llegar cuando sus impulsos narcisistas no encuentran frenos sólidos, y qué consecuencias pueden tener en un mundo ya tensionado al límite.

Trump concibe la política como un espectáculo permanente en el que él ocupa siempre el centro. El conflicto es rentable, la humillación del adversario refuerza la propia imagen y la moderación se interpreta como debilidad. En este marco, las decisiones dejan de responder al análisis estratégico y pasan a depender del impacto mediático, del aplauso inmediato o del ajuste de cuentas personal. Cuando el poder se ejerce desde el impulso, la prudencia desaparece.

El verdadero peligro no reside solo en lo que Trump hace, sino en el modelo que normaliza. Un líder narcisista no distingue entre interés público y autoestima. Toda crítica se vive como una agresión y todo límite institucional como una conspiración. Así se erosionan los contrapesos democráticos, se desacredita el Estado de derecho y la estabilidad internacional queda rehén del estado de ánimo de un solo hombre.

En política exterior, esta lógica convierte la diplomacia en una exhibición personal. El desprecio por el multilateralismo, la afinidad con líderes autoritarios y el rechazo de acuerdos internacionales que no alimentan su relato de grandeza generan un mundo más inseguro, con alianzas debilitadas, reglas relativizadas y conflictos gestionados a base de amenazas e improvisaciones.

El riesgo es evidente cuando el dirigente más poderoso del planeta actúa como si el mundo fuera su espejo. Cualquier crisis puede escalar sin control, y decisiones de enorme gravedad —militares, económicas o climáticas— pueden tomarse por orgullo herido o puro cálculo electoral.

¿Cómo frenar a un líder así sin traicionar los principios democráticos? La respuesta pasa, en primer lugar, por reforzar los contrapesos institucionales: tribunales independientes, parlamentos con capacidad real de control y administraciones profesionales capaces de resistir la presión personalista. Sin instituciones fuertes, el carisma degenera en dominio y el narcisismo en abuso de poder.

La segunda vía es una respuesta internacional coordinada. Las democracias no pueden actuar de forma aislada frente a quien desprecia las reglas comunes. Europa, en particular, debe abandonar el seguidismo cómodo y asumir su papel como actor político autónomo. La firmeza colectiva es el único lenguaje que entienden quienes confunden negociación con sometimiento.

La historia ofrece lecciones claras. En los años treinta, muchos subestimaron a líderes grotescos o ridículos, confiando en que el sistema los moderaría. Ocurrió lo contrario: el poder amplificó sus peores rasgos. El precio fue devastador.

Trump llegará tan lejos como se lo permita su narcisismo. Poner límites a sus caprichos no es una cuestión ideológica, sino una exigencia de responsabilidad histórica. Porque cuando el poder se ejerce como un antojo, no es el líder quien paga las consecuencias, sino el mundo entero.

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