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14 meses de Sumar: coalición, ruptura y derrotas electorales

El 2 de abril, en el polideportivo Magariños, en el centro de Madrid, Yolanda Díaz reunió a más de 3.000 personas bajo carteles gigantes que anunciaban: “Hoy empieza todo”. Aquel día, la ministra de Trabajo anunció que sería candidata a la presidencia del Gobierno, pero sobre todo puso en escena la gran coalición que buscaba construir para las generales. En aquel mitin estuvieron los principales líderes de los partidos de la izquierda, pero no Podemos. Apenas un año y dos meses después, la vicepresidenta segunda anuncia su dimisión como líder de Sumar tras reconocer su incapacidad para armar un proyecto político estable. 

Han sido 14 meses en los que la coalición ha vivido un carrusel interminable de elecciones y negociaciones. “Siento que no he hecho las cosas que debía hacer y las cosas que mejor sé hacer. La ciudadanía lo ha percibido. Mucha gente me lo ha ido diciendo. Tenemos que estar para solucionar los problemas de la gente, no los problemas de los partidos o de los políticos. Las últimas elecciones han servido de espejo, la ciudadanía no se equivoca cuando vota ni tampoco cuando no va a votar”, resumió Yolanda Díaz en el vídeo en el que anunció su decisión este lunes. 

El acto de Magariños había sido, en realidad, el colofón de un proceso de escucha en el que la vicepresidenta recorrió todo el territorio español para articular una plataforma política al margen de Podemos. Un proceso en el que en paralelo se fue distanciado de la formación de Ione Belarra. Los rencores que nacieron en la convivencia entre ambos liderazgos fueron el origen de la ruptura que se daría meses después de las generales y que, hoy por hoy, todavía impiden una candidatura conjunta. 

El desarrollo de Sumar como plataforma política estuvo condicionado casi desde su origen por los ataques que le dirigió el exlíder de Podemos, Pablo Iglesias, desde los medios de comunicación. El nombramiento de Díaz como líder del espacio de lo que entonces era Unidas Podemos fue una decisión del entonces secretario general de Podemos, que al dimitir como vicepresidente para ser candidato en Madrid delegó en la ministra de Trabajo sus funciones dentro del Gobierno y de la coalición. La ministra se enteró de la decisión cuando Iglesias se lo comunicó a toda la ciudadanía a través de un vídeo publicado en las redes sociales. Ahí empezó a torcerse la relación entre dos dirigentes que habían mantenido una estrecha amistad desde 2014.

La decisión de Podemos de ausentarse de Magariños cuando Yolanda Díaz declinó aceptar un proceso de primarias abiertas para la conformación de Sumar tuvo su consecuencia apenas dos meses después. En la campaña de las autonómicas y municipales del 28 de mayo, la ministra evitó respaldar directamente a Unidas Podemos en territorios clave y estableció unos difíciles equilibrios que complicaron la campaña de la izquierda. 

En aquellas elecciones, Unidas Podemos sufrió una debacle histórica que ocasionó al mismo tiempo que el PSOE perdiese varios gobiernos autonómicos. Las candidaturas en las que se integró el partido de Belarra no superó el medio millón de votos y la izquierda alternativa se quedó en apenas un millón.

Ese preludio sirvió al resto de partidos y al propio núcleo dirigente de Sumar para argumentar que Podemos estaba muy tocado y que su peso no era mayor al de Izquierda Unida, los comuns y que era mucho menor al del proyecto de Yolanda Díaz, Movimiento Sumar. Del acuerdo de coalición que se fraguó para el 23J quedó un reparto que tras las elecciones dejó a MS con diez diputados y a IU, los comuns y a Podemos con cinco cada uno. 

Aquellas negociaciones también dejaron una herida abierta para la unidad de la izquierda. Podemos denunció un veto directo a Irene Montero en las listas, un extremo que en Sumar nunca reconocieron sin esgrimir tampoco ninguna razón de peso que justificara la ausencia de la ministra de Igualdad en esa candidatura. El partido de Ione Belarra firmó a pesar de todo el pacto y Sumar labró una unidad de fuerzas que resultó determinante para revalidar el Gobierno de coalición. 

Pero la unidad nació muerta. El día después de las elecciones comenzaron las dificultades para Díaz: Podemos criticó los resultados de la coalición en la que había concurrido y pocos días después advertía públicamente de cada formación dentro de ese espacio debía contar con “autonomía política”. 

Cuando Sumar empezó a tomar decisiones sobre cómo pretendía construir el grupo parlamentario, la tensión con los partidos fue en aumento, ya no solo con Podemos. Yolanda Díaz decidió conceder portavocías adjuntas a todos los partidos de carácter territorial, lo que dejó fuera de la ecuación a los de Belarra pero también a Izquierda Unida.

Pero la negociación más dura en aquellos meses de transición hasta después de la investidura se dio durante la elección de los ministerios de la futura coalición. 

Sumar contaba con el Ministerio de Trabajo para Yolanda Díaz y tuvo claro que el de Sanidad sería para Mónica García, de Más Madrid, y el de Cultura para Ernest Urtasun, de los comuns. Durante un tiempo estuvo en duda el Ministerio de Izquierda Unida, que tomó Sira Rego, mientras la vicepresidenta ofrecía in extremis a Podemos un ministerio liderado por Nacho Álvarez. 

Una oferta que Podemos no aceptó tras haber afirmado en todos los altavoces disponibles que sus ministros los elegiría el partido y el partido había apostado por que Irene Montero siguiese como ministra de Igualdad. Belarra rechazó la oferta, Díaz ofreció el ministerio a Pablo Bustinduy y Álvarez anunció que dimitía de Podemos y abandonaba la política. El ministerio de Igualdad en ese reparto se lo quedó el ala socialista.

La ruptura oficial entre Sumar y Podemos tras la salida al Grupo Mixto de los de Belarra se produjo el 5 de diciembre, justo a las puertas del eterno ciclo electoral de 2024. Si el acuerdo in extremis y cogido con pinzas que alcanzaron en las generales resultó suficiente para mantener la fuerza parlamentaria de Unidas Podemos y con ella sustentar el Gobierno de coalición, la gran incógnita tras la fractura era ver cómo operaría esa fragmentación en la izquierda. Y calibrar hasta qué punto el proyecto de Yolanda Díaz tenía ya la suficiente envergadura como para pilotar ese espacio político. 

El tiempo y los sucesivos tropiezos electorales solo arrojaron respuestas negativas para los intereses de Sumar. La primera cita, la de las elecciones gallegas, más que un tropiezo supuso a las primeras de cambio un batacazo de enormes dimensiones. Tierra de Yolanda Díaz, donde desplegó la mayor parte de su carrera política, Galicia fue el 18 de febrero la primera contienda electoral en que Sumar y Podemos se presentaban por separado. Y el escrutinio no pudo ser peor para ambas formaciones.  

Los de Belarra no consiguieron ni 4.000 votos y para Díaz las cosas no fueron mucho mejor: 28.000 votos y ningún escaño, quedando como fuerza extraparlamentaria. El simbolismo de Galicia para la líder de Sumar y el hecho de que la candidata, Marta Lois, fuera una apuesta personalísima de la propia Yolanda Díaz, fueron interpretados como la primera señal de alarma en el seno de la coalición. 

Lois ya había sido impuesta como portavoz en el Congreso tras el 23J por Díaz y su entorno más cercano al conjunto de organizaciones políticas de Sumar, que nunca sintieron un especial entusiasmo por la figura de la también política gallega. De hecho, su paso por la portavocía parlamentaria levantó críticas de sus propios compañeros de filas que la consideraban inexperta para el puesto. Y la candidatura gallega fue interpretada como una rampa de salida para un perfil más que discutido a la interna. La apuesta de Yolanda Díaz en las elecciones a la Xunta acabó por saldarse como fracaso en su propia casa. 

Faltaban justo dos meses para la siguiente convocatoria electoral, la de Euskadi del 21 de abril. Y, a pesar de las críticas y de la debacle gallega, volvió a repetirse el mismo patrón. Fue el núcleo duro de Yolanda Díaz quien eligió a dedo a la candidata, Alba García. Y el resultado no fue mucho mejor: un escaño, que ni siquiera fue el de su cabeza de lista, 35.000 votos y la irrelevancia política en el nuevo parlamento vasco. Podemos, junto a Alianza Verde, se quedó fuera. 

En la siguiente parada las cosas no fueron tan mal. Los comuns de Ada Colau y Jèssica Albiach, uno de los principales partidos que conforman la coalición de Sumar y que cuentan con una fuerte implantación territorial en Catalunya desde hace una década, salvaron la papeleta. Bajo la candidatura “Comuns Sumar” consiguieron representación de seis escaños en el parlament. Fueron dos menos que en las anteriores elecciones, consolidando la tendencia a la baja de ese espacio político pero suficientes para ser decisivos en la conformación de un hipotético Govern de izquierdas que, a día de hoy y tras el acuerdo independentista para presidir la mesa, parece aún lejano. 

Como suele ser norma en política, a la sucesión de tropiezos en las urnas le acompañó un creciente descontento de las diferentes familias políticas que integran Sumar. La convivencia se fue enturbiando con el paso de las semanas y ante la demanda de más espacios de deliberación multilateral por parte de partidos como Izquierda Unida, Más Madrid o Compromís, donde cada vez más voces se alzaban contra las directrices de Yolanda Díaz. 

Esas demandas se producían en dos direcciones. Por un lado en las negociaciones de las listas electorales en cada cita, pero también a nivel orgánico. Sumar fue desarrollando una estructura propia desde el comienzo del año con el fin de conciliar los intereses de los partidos y los de la propia plataforma de Yolanda Díaz en un mismo espacio. 

Con el objetivo de crear un frente amplio de partidos, Sumar fue negociando con cada organización cómo desarrollar la implatanción en cada territorio. Si los comuns o Más Madrid exigían el control en Catalunya y Madrid, Izquierda Unida reclamaba una organización federal y el mismo nivel de protagonismo. Esa construcción, con dificultades, siguió en marcha hasta las negociaciones de las europeas.  

La negociación de las listas para esas elecciones fue el cénit de las turbulencias vividas en los meses anteriores. Las conversaciones para diseñar una candidatura de consenso alcanzaron altas cotas de enfrentamiento incluso personal entre algunas de las personas de mayor responsabilidad institucional de Sumar. Y el desenlace volvió a ser el mismo: frente a las demandas de los partidos por ocupar puestos de salida y la cabeza de cartel, Yolanda Díaz impuso a la candidata: Estrella Galán, una mujer de dilatada trayectoria en el tercer sector y sin ningún bagaje político para salir a jugarse el voto de la izquierda con Irene Montero, el perfil político más competitivo que le queda a Podemos. 

El malestar en formaciones como Más Madrid, sin puesto de salida en las elecciones del 9J, o de Izquierda Unida, la formación que más apoyo territorial y logístico ha brindado a Sumar y que fue relegada a un cuarto puesto sin recompensa, sembraron el caldo de cultivo que terminó de germinar con el escrutinio de este domingo. A medianoche, una cascada de mensajes en redes sociales de dirigentes principalmente de Más Madrid, pero también de Izquierda Unida o los Comuns llamaron a una reflexión y a tomar decisiones. 

No tardaron en llegar ni lo uno ni lo otro. Tras más de tres horas de reunión de la Ejecutiva, Yolanda Díaz salió a anunciar que dejaba cualquier responsabilidad orgánica en ese proyecto político que ella misma diseñó hace catorce meses a su imagen y semejanza y cuyo futuro, con su paso al lado, está repleto de incertidumbres sobre la misma viabilidad de su existencia. El 2 de abril, en Magariños, empezó todo y apenas un año y dos meses después de alguna forma todo vuelve a empezar.