La cultura, otro “horizonte” para los jóvenes en prisión
A un lado del patio del módulo seis de la cárcel de Soto del Real (Madrid) los presos pueden intuir por encima del muro de seguridad algunas de las colinas de la cercana sierra madrileña, cubierta por la nieve en la última semana de enero. Desde hace unos meses, además, al otro lado del recinto encementado, los reclusos, todos ellos de entre 21 y 25 años y condenados por todo tipo de delitos, pueden contemplar un colorido mural pintado por el colectivo artístico Boa Mistura en el que en letras enormes se puede leer “Horizonte”. Paradójicamente, lo que sobresale tras esa pared es la enorme torre de control de la prisión de alta seguridad. Pero lo que queda en el recuerdo de los presos cada vez que observan esa pared es, según explican, el proceso de elaboración de esa obra que les permitió durante varias semanas evadirse y dejar de pensar durante las 24 horas del día en su encierro.
La pintura es la culminación de una iniciativa pionera de mediación cultural, 'Construyendo puentes, derribando muros', que se ha prolongado durante el último año. Primero, los presos que quisieron leyeron el discurso Un libro y medio pan que Federico García-Lorca pronunció en 1931 con motivo de la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros (Granada). Después, recibieron talleres de lectura y escritura. Con lo aprendido durante el proceso, hicieron un intercambio de cartas con presos del centro cultural El Ágora de la unidad penal 9 de Buenos Aires y del centro Madres de Plaza de Mayo de la unidad 43 de la capital argentina. En junio, tras escuchar en ese mismo patio la historia de Waldemar Cubilla, un expreso argentino implicado ahora en iniciativas de reinserción, los reclusos participaron en una tormenta ideas que plasmaron en un enorme papel. Cada uno escribió las palabras o frases que quiso. Y tras observarlas todas, Boa Mistura consideró que la palabra más representativa del ejercicio era esa, “Horizonte”.
Esta semana, elDiario.es pudo volver —ya estuvo en junio, en el acto protagonizado por Cubilla— a la prisión para observar las impresiones de los jóvenes reclusos, para quienes se proyectó en el salón de actos de la cárcel un documental que recoge todo el proceso. “A veces parecía que no estábamos aquí dentro”, explica uno de ellos, con acento español, después de ver la película. “Aquí, cualquier escapada de la realidad se agradece”, añade otro, de origen latinoamericano. “Antes teníamos problemas entre nacionalidades y esto sirvió para estar un poco más unidos”, zanja un tercero, también con acento latino.
Inés Miret, impulsora del proyecto a través de la iniciativa Leer Iberoamérica Lee del Laboratorio Emilia y la Feria del Libro de Madrid, celebra que la palabra surgida de todo el proceso haya sido “Horizonte” que, para ella, “es una forma de mirar” lo que se vive. Ante cerca de un centenar de presos muy jóvenes, explica que pese a estar en la cárcel “la mirada sigue siendo libre”, por lo que el “horizonte sigue existiendo mientras exista la capacidad de crecer”. “El horizonte está en los ojos y, mientras haya mirada, habrá horizonte”, les cuenta. Juan Sobrino, bibliotecario de la localidad de Soto del Real contigua a la prisión y otro de los impulsores del proyecto, destaca que su objetivo es difundir la lectura “para mejorar la vida de las personas” y llevar los derechos culturales “a donde es más difícil que lleguen”. “Vuestra generosidad y entrega ya me gustaría encontrarla en otros lugares”, les dice a los internos, que le responden con un aplauso.
Quien recibe una ovación más efusiva es Pablo Purón, uno de los integrantes de Boa Mistura que durante 15 días estuvo trabajando junto a sus colaboradores y codo a codo con los presos para la elaboración del mural. “En dos semanas nos convertimos en compañeros de trabajo”, les cuenta. Él les explica que “la premisa” del proyecto de lectura y su plasmación posterior en el mural era “abrir una ventana” dentro de la cárcel, un objetivo que considera cumplido. “Y paciencia, que de todo se sale”, les dice, al acabar. El centenar de presos que asiste formal al evento aplaude con fuerza.
La iniciativa impulsada por Instituciones Penitenciarias también ha contado con el impulso de trabajadores del centro. “Os habéis implicado muchísimo”, les felicita Inés, la psicóloga del módulo, a los presos con los que charla cada día. “La cultura y la educación importan sobre todo en los jóvenes”, añade, antes de remarcar que el proyecto trataba de “derribar muros”. “Están los de la cárcel, pero está también la libertad mental que es muy necesaria”, concluye. Ana, la trabajadora social muy implicada en los trabajos que buscan el objetivo constitucional de la inserción de los presos, se deshace en elogios hacia todos los participantes en la iniciativa y destaca a Boa Mistura: “No es una buena mezcla, es una buena onda”.
De vuelta al módulo, algunos reclusos relatan sus experiencias más personales. “Ahora leo un libro de principio a final y conozco nuevos escritores. Fue una experiencia única y muy agradable”, explica uno de ellos, de origen mexicano. Para él fue especialmente enriquecedor el intercambio de cartas con otros jóvenes recluidos en Argentina. “Las cartas tienen mucho poder, por eso antes los amores duraban tanto”, añade, con ironía. Él y otros dos compañeros de prisión ríen. “Ha sido curioso poder hablar con otros reclusos y hemos visto que todo el mundo comete errores”, añade, a su lado, un joven con nombre de origen árabe. Un tercero, colombiano, cree haber ayudado en su intercambio epistolar: “Pude hacer con mis palabras que se sintiera mejor”.
La conversación con elDiario.es tiene lugar en la pequeña aula del módulo que hace de biblioteca y clase a la vez. El joven colombiano explica que gracias a la iniciativa que comenzó con la lectura de Lorca “por primera vez” leyó un “libro entero”. “No he sido mucho de leer”, confiesa. Algo ruborizado, reconoce que el volumen que leyó fue “uno como de autoayuda”, Ya no sufro por amor. “Uno va aprendiendo con la lectura. Fue placentero para mí y me sentí realizado”. Desde entonces no ha vuelto a terminar otra obra, pero se muestra dispuesto a hacerlo en el futuro. A su lado, otro compañero destaca que el de los jóvenes es un “módulo rebelde” y afirma que mientras se realizó el proyecto cultural han tenido “conflictos”. “Pero trabajamos mucho en equipo y por un momento nos olvidamos de que estábamos aquí. De tanto compartir somos como una familia”, zanja.
Lourdes Gil, coordinadora de Tratamiento y Gestión Penitenciaria de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, apunta que “la cultura siempre ha estado presente” también en las cárceles. “Pero con este proyecto hemos ido un paso más allá”, señala, porque ha permitido generar “procesos de reflexión” entre los reclusos, que “en la calle podían ser enemigos, pero aquí son amigos” gracias, dice, a iniciativas como la de la lectura y la confección del mural. “El mensaje que ellos han construido es algo que nos interpela como ciudadanos. La experiencia nos da esperanza y se han superado las expectativas”, añade en conversación Inés Miret.
La biblioteca principal del Centro Penitenciario Madrid V —nombre oficial de la cárcel— cuenta ahora mismo con 26.000 libros y, según explican sus directivos, tienen contabilizado que en la prisión se lee un volumen cada 15 días. Además, dentro del centro está el Colegio Público Yucatán, una escuela pública dependiente de la Comunidad de Madrid en la que trabajan 12 profesores y ofrece a los presos estudios hasta 4º de la ESO. Después, quienes quieran continuar con su formación pueden hacerlo a través de la Universidad a Distancia (UNED).
Mientras en el patio anochece entre un frío intenso y un fuerte viento de norte, Miret insiste en que “el intercambio” entre los presos y los impulsores del proyecto a través de los intercambios de lectura y escritura continúa porque el del “horizonte” es “un mensaje fuerte y dice mucho sobre el poder de la palabra”. Como explica el bibliotecario Juan Sobrino, “lo que hacen la lectura y la cultura es ofrecerte un lugar cuando no tienes adonde ir”.
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