CRÓNICA
Sánchez despliega una ofensiva para desenmascarar a Vox y denunciar los métodos por los que crece: odio y desinformación
Ni los muertos escapan ya del zumbido de la política. Unos utilizan su memoria como munición contra el adversario. Otros los veneran porque, como dijo Alfredo Pérez Rubalcaba el día de su despedida de la política, “los españoles somos gente que enterramos muy bien”. Y alguno, como ha hecho el ministro Óscar López, los invocan torpemente. Pasa con los difuntos y pasa con los que abandonan la primera línea. La derecha es experta en usar a conveniencia a los exlíderes del PSOE a los que persiguió, difamó y combatió con fiereza para atizar a sus actuales dirigentes. Lo hace con Felipe González, con Alfonso Guerra, con Rubalcaba y, ahora con Javier Lambán, que falleció hace unos meses.
Los españoles, en efecto, enterramos bien, pero olvidamos mejor. Porque no hay nada como la hemeroteca para recordar lo que ese PP decía sobre aquellos hoy retirados o enterrados cuando tenían responsabilidades de gobierno. El que fuera presidente de Aragón era un “radical de izquierdas”, “sectario”, “trasnochado”, “soberbio”, “faltón” y “petulante intelectual”. De González, el PSOE llegó a recopilar en su boletín del diario de campaña en 1996 hasta 100 insultos de Aznar contra el hoy expresidente del Gobierno. Y de Rubalcaba, en las actas de las sesiones del Congreso hay un torrente indigerible de injurias con las que el PP le recibía cada semana.
La memoria puede olvidar, pero los archivos no. Bien es verdad que lo que no se explican algunos socialistas y algunos ministros es que en la semana en la que el PP ha eliminado toda frontera discursiva con Vox y dejado constancia verbal de su convergencia absoluta con el ecosistema ultra, haya habido dos ministros, como López y Ángel Víctor Torres, que hayan servido en bandeja la excusa perfecta al PP para que no se hable de lo suyo: el desconcierto ante la amenaza de una repetición electoral en Extremadura por el bloqueo de Vox y el estrepitoso fracaso de Feijóo como remedio para acabar con la ultraderecha. Lejos de parar el crecimiento de Vox, el liderato nacional que venía a acabar con los de Abascal, retrocede en cada elección.
Unas declaraciones del ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública sobre la ausencia de oposición a Jorge Azcón por parte del desaparecido Lambán y otras del titular de Política Territorial en las que mostraba la puerta de salida del PSOE a Felipe González han desviado el foco de dónde los estrategas monclovitas pretendían situarlo, tras los resultados electorales de Aragón: en la comunión ya indisimulada de PP y Vox.
Y es que lejos de contener la radicalización del debate público promovido por Vox, Feijóo la ha incorporado progresivamente a su estrategia. Se estrenó en 2022 como líder con promesas de moderación (“no vengo aquí a insultar”), adoptó después un lenguaje de deslegitimación institucional (“Sánchez es un sinvergüenza” y “el mayor peligro para España”), normalizó más tarde las consignas ultras (“que te vote Txapote”) y ya hace meses que adoptó el marco, el discurso y el lenguaje de la ultraderecha con una escalada retórica clara contra el Gobierno y, especialmente, contra su presidente, al que su secretario general, Miguel Tellado, ha llegado a tachar de “capo con tácticas mafiosas”. Todo esto sin olvidar la fase de equiparación con el chavismo, la dictadura y la corrupción: “El único caudillo que hay en España es el señor Sánchez” (Feijóo, 2/9/24). “Sanchismo es chavismo” (Ayuso, 19/6/24). “Tirano de ultraizquierda” (Ayuso, 12/6/24). “No es demócrata, es un autócrata” (Bendodo, 9/12/24).
La conclusión en La Moncloa es que Feijóo “ha acabado en una convergencia total” con el ecosistema ultra mimetizándose con Vox y normalizando sus consignas en asuntos como la inmigración, la seguridad, la okupación o Mercosur, hasta hablar abiertamente ya de un ejecutivo con los de Abascal en España. Y, aunque hubo un tiempo en el que desde el Gobierno se propusieron como estrategia no entrar en los marcos de la ultraderecha para no darles volumen en la conversación pública, hoy la hoja de ruta pasa por desenmascararlos y denunciar los mecanismos por los que crecen: el odio y la desinformación.
Con los ultras ya normalizados por los ciudadanos y una tendencia ascendente, “hay que combatirlos, recordar quiénes son y denunciar las contradicciones entre lo que predican y lo que hacen”. Una táctica que ya empleó Pedro Sánchez el pasado miércoles en el Congreso cuando llamó la atención sobre el contraste entre el propósito de Abascal de erigirse en “Torquemada de la corrupción” mientras su sueldo es opaco y los tribunales investigan el escándalo del supuesto desvío de fondos de las donaciones para la dana que reunió la organización juvenil Revuelta.
“No han llegado al Gobierno y ya están corrompidos”, le dijo al líder de Vox. En la misma línea le espetó el sueldo de su principal asesor, Kiko Méndez Monasterio, de 26.700 euros mensuales, para preguntar “cuál sería entonces el salario del asesorado”. “Nos da lecciones como un Torquemada cualquiera de que todos somos corruptos, salvo usted y su partido, y resulta que lleva ya unos años al frente de Vox y todavía no ha revelado cuánto gana usted como presidente del partido de ultraderecha”, concluyó. Y todo para dibujar el patrón que, a su juicio, tienen todos los líderes ultras: “Dicen que van a proteger el bolsillo de los trabajadores y son los únicos que se acaban forrando a costa del bolsillo de los trabajadores”.
No aceptar el mainstream de la derecha
Lo que desde el Gobierno no aceptan es el mainstream con el que la derecha política y mediática trata de endosarle la responsabilidad del auge de los ultras. Defienden, por el contrario, que Vox está muy por debajo en intención de voto de lo que lo están sus partidos hermanos en Europa, donde en algunos países ya son segunda e incluso primera fuerza política mientras que en España aún son la tercera.
En las elecciones europeas de 2024, en nuestro país sólo el 12% de los votantes jóvenes (menores de 25 años) apoyaron a Vox mientras que en Italia los que votaron a Hermanos de Italia sumaron el 21%, en Francia un 30% del voto juvenil fue para Reagrupamiento Nacional y en Alemania, el 16% respaldó a Alternativa para Alemania (AfD).
Lo que tienen claro en La Moncloa es que nadie ha dado aún con la fórmula milagrosa que frenaría a la ultraderecha, como quedó demostrado en las elecciones americanas que otorgaron un segundo mandato a Donald Trump. No obstante, defienden que hay elementos que sí o sí tienen que estar en esa fórmula, como es la denuncia sistemática de los mecanismos tóxicos con los que consiguen un crecimiento imparable, fundamentalmente el discurso del odio y la mentira.
Aun así, tampoco parten del convencimiento de que con este método quienes hoy votan a Abascal dejen de hacerlo en los próximos comicios, pero sí de que la estrategia de Feijóo de absorberlos mediante un proceso de mimetización absoluta solo sirve para engordarlos más, por mucho que los populares usen su lenguaje, utilicen sus mismos métodos o les roben sus referentes, como han hecho ya con el agitador/acosador Vito Quiles. “De momento, nuestro propósito es intentar demostrar que el rey está desnudo. Hay que poner el foco sobre ellos y pasarles los rayos X”, aseguran desde el entorno del presidente.