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¿Cuándo comenzó a diferenciarse a hombres y mujeres en los enterramientos prehistóricos?

¿Cuándo comenzó a diferenciarse a hombres y mujeres en los enterramientos prehistóricos?

Raquel Liceras Garrido

6 de febrero de 2026 22:05 h

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Antes de responder estrictamente a la pregunta que nos haces, debo explicarte algunas cosas importantes sobre la arqueología. La ciencia que estudia, entre otras cosas, los enterramientos del pasado. Debemos partir del hecho de que la investigación arqueológica se hace desde el presente. Desde la sociedad en la que vivimos las arqueólogas y los arqueólogos y eso condiciona las preguntas de nuestra investigación y cómo entendemos a las sociedades del pasado.

La arqueología surge en el siglo XIX como disciplina científica y durante los siglos XX y XXI se dotará de marcos de pensamiento, metodología y técnicas específicas para estudiar el pasado y el presente de los seres humanos. Desde sus orígenes, arqueólogos y arqueólogas hemos creado dos estereotipos de lo que pensábamos que eran las mujeres y hombres del pasado, desde cómo se han vestido, hasta cómo se han alimentado o sus funciones sociales. Pero debemos preguntarnos si esta concepción binaria de la sociedad, que en la actualidad está dejando de serlo o lo es un poco menos, era igual en el pasado más remoto.

Una herencia binaria

Como la arqueología nace en el siglo XIX, los y las especialistas comenzaron a investigar y preguntarse por las cosas de su día a día. Exportaron de manera inconsciente su propia estructura social, tremendamente binaria en aquella época. Por eso, cuando estudiaban enterramientos, buscaban si eran diferentes los de mujeres de los de hombres.

Aquí me parece importante que nos paremos a definir qué es lo que entendemos por sexo y qué es el género. No hay modo sencillo de hacerlo pero vas a permitirme una simplificación de conceptos muy complejos. En arqueología, el sexo son las características biológicas, desde órganos genitales, a cromosomas u hormonas, entre otros. Aunque hay que tener claro también que, a veces, esas diferencias biológicas pueden no coincidir entre ellas. El género es la construcción cultural que hacemos a partir de esa diferencia biológica.

El problema que tenemos con el pasado es que hemos hecho arqueología con el modelo social de los siglos XIX y XX buscándonos a nosotros mismos

El problema que tenemos con el pasado es que hemos hecho arqueología con el modelo social de los siglos XIX y XX buscándonos a nosotros mismos. Cuando estudiamos cementerios, automáticamente asumimos que están mostrando diferencias de género, en clave binaria, y además se nos olvidan otras identidades colectivas y personales tan relevantes como el estatus social, la clase, la edad, la etnicidad, etc. 

Por ejemplo, en algunos enterramientos, el cadáver estaba en posición de decúbito lateral derecho o izquierdo lo que quiere decir que estaban tumbados de lado mirando hacia la derecha o hacia la izquierda. Eso se utilizó para identificar el género del individuo difunto cuando todavía ni siquiera se analizaban los restos humanos. En otros casos, se asignó el género dependiendo de localización de la tumba dentro del cementerio.

Ajuar y estatus

Sin embargo, la manera más común de asignar género a los difuntos ha sido a través del ajuar, es decir, el conjunto de objetos que se incluyen en el enterramiento. Puedes imaginar cuan subjetivo y cuan condicionado está por el presente de los y las profesionales. Cuando se encontraban adornos corporales se atribuían a las mujeres y cuando se encontraban armas, a los hombres. Y eso sin saber si en la época en la que se habían hecho dichos enterramientos eran las mujeres o los varones los que llevaban ornamentos. Pero se trasladó la idea contemporánea de qué género lleva qué objetos. 

La manera más común de asignar género a los difuntos ha sido a través del ajuar, es decir, el conjunto de objetos que se incluyen en el enterramiento

A partir de la segunda mitad del siglo pasado, la antropología física comenzó a utilizar una serie de técnicas que permiten analizar el sexo de los huesos de individuos, ya que existen una serie de marcadores que se desarrollan en el esqueleto a partir de la adolescencia y que han servido para determinar en qué grado los esqueletos que ocupaban las tumbas pertenecían a hombres o mujeres. También es importante saber que esos marcadores no son absolutos. Hay ocasiones en los que no es posible determinar el sexo en un esqueleto bien conservado porque los indicadores son ambiguos.

Afortunadamente, desde hace algunas décadas y sobre todo en la actualidad con las técnicas que está desarrollando la bioarqueología, podemos contrastar la información biológica con la cultural, es decir, esos parámetros de los que te hablaba al principio: la posición del cuerpo, la situación de la tumba en la necrópolis o el ajuar encontrado en ella. Eso nos ha permitido revisitar esa bonita historia que habíamos construido y que diferenciaba los enterramientos por género desde el final del Neolítico. Y lo que se ha descubierto es que en la mayor parte de los casos no coinciden.

En este momento no es posible saber cuándo comienzan los enterramientos a diferenciar por sexo o género porque todo lo que se ha escrito hasta ahora se está reevaluando. Con los conocimientos actuales, no me atrevo a decir cuándo comienza a haber una distinción al 100% en las tumbas por género o sexo a no ser, claro, que estemos hablando de la antigüedad clásica, como Grecia y Roma. Aunque incluso ahí, hay colegas investigando que también encuentran disidencias de género.

Si nos vamos a la Prehistoria, el periodo más largo de la humanidad, desde que los seres humanos comenzamos a utilizar herramientas hace unos 2,6 millones de años hasta que aparece la escritura, la arqueología tradicional sí pensaba que las tumbas se codificaban en varones y mujeres. Pero no creo que ahora podamos afirmarlo tan tajantemente como se había hecho, porque nos hemos dado cuenta de la enorme complejidad que tienen las comunidades del pasado. 

Por ejemplo, en las necrópolis de la Celtiberia (entre el siglo VIII a.n.e. y el siglo II a.n.e.) que yo investigo, que están en lo que ahora son Soria y Guadalajara principalmente, los datos científicos apuntan a que las tumbas están diferenciadas por estatus social, y no género. Los ajuares son ricos y variados con ornamentos, restos de fauna, vasijas de consumo o armas. Estas últimas son siempre las que acaparan más atención, pero no por ello son los objetos más comunes en los enterramientos. Las armas se han leído como un marcador de género asociado a los hombres, pero cuando contrastamos los datos de objetos con los bioarqueológicos vemos como hombres, mujeres, infantiles o individuos de avanzada edad son enterrados con esos objetos.

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Raquel Liceras Garrido es Doctora en Estudios del Mundo Antiguo (Prehistoria) y profesora e investigadora del Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid. Becaria Leonardo 2025 de la Fundación BBVA. Una de sus líneas de investigación es la arqueología de género.

Coordinación y redacción: Victoria Toro.

Pregunta enviada vía email por Luis de Lózar.

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