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La condena a un hombre por violar a su empleada doméstica en su chalet: “Se aprovechó de la diferencia de poder”

CondenaViolación

Marta Borraz

23 de enero de 2026 21:46 h

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Lucía llevaba apenas unos días viviendo en la localidad. Se había trasladado allí después de quedarse sin trabajo tras la muerte de la mujer a la que cuidaba en régimen interno, algo a lo que se había dedicado los tres años que llevaba en España tras migrar de su Nicaragua natal. Ya en la nueva ciudad, que pertenece a Euskadi pero que prefiere no revelar, consiguió unas horas para limpiar la casa de un hombre que vivía en una zona conocida por el poder adquisitivo de sus residentes. Fue un par de veces a realizar su trabajo. El tercer día, el hombre, de unos 70 años, la agredió sexualmente.

Así lo considera probado la sentencia que la Sala de lo Penal del Tribunal Superior de Justicia de Euskadi dictó el pasado noviembre, que confirma una anterior de la Audiencia Provincial de Bizkaia recurrida por el hombre. El fallo le condena a seis años de cárcel y le impide acercarse durante diez años a Lucía –que utiliza un nombre que no es el suyo por temor a ser reconocida– por agredirla sexualmente el 24 de enero de 2022 en su chalet, un lugar que “imposibilitaba de forma absoluta” el auxilio de la víctima.

La sentencia describe lo que ocurrió aquel día: el hombre había recogido con su coche a Lucía en la estación de metro más cercana, como había hecho los días anteriores, debido a que la vivienda está lejos de las paradas de transporte público. Nada más estacionar el vehículo en el garaje, que tiene acceso directo a la vivienda sin necesidad de salir a la calle, el condenado “cogió de los hombros” a la mujer, la condujo a la cocina y “se le echó encima, comenzando a tocarla y a besarla sin su consentimiento”. Lucía “forcejeó” con él, pero fue “inmovilizada por los brazos”, le quitó la ropa y la violó. La mujer “dejó de hacer resistencia antes por miedo a que le sucediera algo peor”, detalla el fallo.

“Sentí mucho miedo, solo me venía el miedo... Me sentía encerrada porque para salir de allí era difícil”, le contó a su psicóloga a los pocos días en una grabación del primer encuentro con ella a la que ha accedido elDiario.es. Según su testimonio, cuando cesó la agresión, él le dijo que se quedara trabajando y ella le respondió que se quería ir a su casa. Lucía estaba “vencida y perdida”, en estado de shock y sin saber cómo salir de la vivienda. El hombre la llevó en coche hacia una farmacia y la dejó allí. En ese momento, llamó a su entonces novio y le dijo que “le había pasado algo”. Su expareja declaró en el juicio que Lucía estaba “llorando y muy nerviosa, sin poder hablar” y que él mismo le recomendó que llamara al 112. A las 20.20 horas de aquel día, el agresor le envió un Whatsapp pidiéndole perdón “por todo lo ocurrido”.

“Le deshizo la vida”

A Lucía, todo lo ocurrido le provocó un trastorno de estrés postraumático y ha tenido consecuencias en prácticamente todos los ámbitos de su vida, según consta en el informe de la Unidad de Valoración Forense Integral (UVFI) que la evaluó. “Me daba miedo hasta salir del portal. Tenía temor a encontrármelo y pensaba que igual alguien querría hacerme daño para que no hablara. Los primeros días no tenía fuerzas ni para levantarme”, sostiene ella misma ante Sheila Melcón, su psicóloga. La agresión le produjo “aversión” a los hombres de pelo blanco, una situación que limitó sus posibilidades de trabajar en el empleo de hogar, al que se había dedicado desde que llegó. Se veía incluso obligada a salirse del metro si compartía vagón con algún hombre con esos rasgos.

Ella nos decía al inicio que no iba a poder, pensaba que no podía ir al juicio, que nadie le iba a creer. Lo repetía mucho

Sheila Melcon Psicóloga de Lucía

“Le deshizo la vida por completo. No podía sostenerse ni lo más elemental del día a día y tenía un trauma tremendo por la brutalidad de la agresión unida a ese contexto en el que ella vivía, que era prácticamente de recién llegada porque los años anteriores había estado interna. Hay que tener en cuenta que estaba en situación irregular, apenas conocía nada ni a nadie. No sabía ni lo que era el padrón”, esgrime Melcón. La profesional es parte del equipo de la consultora especializada en violencia machista Sortzen, encargada de prestar la asistencia a víctimas en el municipio en el que vive Lucía, a la que ha acompañado en el proceso.

Cuando elDiario.es y Univisión revelaron que dos extrabajadoras de Julio Iglesias le han denunciado por violencia sexual, las profesionales de la consultora pensaron en Lucía. “Esto también ocurre aquí, lo que pasa es que romper el silencio es muy difícil. En estos casos hay una gran asimetría de poder y de eso se aprovechó el agresor, que conocía su situación de vulnerabilidad”, apunta Norma Vázquez, directora de Sortzen. En este caso, la agresión fue “tan brutal” y ella estaba en “tal estado de shock”, que al llamar al 112 se inició el protocolo que culminó en la denuncia: “De lo contrario, ella nunca hubiera denunciado, como la mayoría de mujeres. Ellos lo saben y lo utilizan”.

Lucía era consciente de esa “asimetría de poder” al inicio del proceso judicial y se sentía “indefensa” porque “es una persona de aquí que puede defenderse económicamente y yo no tengo nada”, decía. El informe de la UVFI acredita la “vulnerabilidad” de la mujer por varios motivos como el “origen extranjero” y la situación administrativa irregular, su “escasa red de apoyo informal” y la “precariedad laboral”. “Ella nos decía al inicio que no iba a poder, pensaba que no podía ir al juicio, que nadie le iba a creer. Lo repetía mucho”, recuerda su psicóloga, que remarca que la imposibilidad de Lucía de salir del chat no era solo “una cuestión física”, sino que “estaba bloqueada” y no sabía qué hacer.

Salir de la culpa

En el juicio, Lucía explicó que había conseguido el empleo a través de un conocido portal de anuncios de Internet en el que es común que las trabajadoras de hogar oferten sus servicios. Según su testimonio, le contactó una supuesta mujer que decía ser la secretaria del dueño del chalet y eso le dio “confianza” porque ya había vivido en otras ocasiones cómo hombres utilizan esta vía para intentar mantener relaciones sexuales con trabajadoras. El primer día, la mujer fue a conocer la casa y todo “fue normal”, pero después empezó a mandarle mensajes que excedían la relación laboral, que además solo tenía dos días de antigüedad y no estaba mediada por ningún tipo de contrato.

La transcripción de los mensajes acredita que el condenado se mostró esos dos días insistente con Lucía para quedar y verla sin atender a la negativa de la mujer, que el día de la agresión sentía que “no quería ir” a trabajar. Sin embargo, la precariedad que atravesaba le hizo acudir. “Fui porque necesitaba el dinero”, aseguró ante su psicóloga. Como suele ocurrir en las víctimas de violencia sexual, Lucía “sigue arrastrando” vergüenza y culpa por eso: “Todavía hoy se machaca y cuestiona por qué fue aquel día. Poco a poco hemos ido trabajando que de fondo hay una necesidad económica y una situación estructural que la empujó”.

La defensa señaló que Lucía había denunciado "por dinero", pero la sentencia destaca que esa acusación carece "del más mínimo resplado".

El condenado utilizó varias estrategias de defensa habituales de los acusados de violencia sexual. Aseguró que se trató de sexo consentido y mintió afirmando que habían quedado en varias ocasiones para pasear o que se había iniciado entre ellos “una amistad bastante grande”. Como ha hecho el cantante Julio Iglesias para intentar desacreditar las acusaciones contra él, el hombre utilizó unos emoticonos descontextualizados enviados por Whatsapp por Lucía y aseguró que era posible salir de la casa si hubiera querido para intentar reforzar su versión. Además, acusó a la mujer de denunciar “por dinero”.

Sin embargo, la sentencia concluye que el móvil lucrativo carece “del más mínimo respaldo” y recuerda que, pese a los “factores superpuestos de discriminación” que enfrentaba Lucía y que podrían haber actuado “como barrera” para interponer la denuncia, la mujer denunció “nada más ocurrir los hechos”. Remarca que la declaración de la mujer “ha sido siempre la misma en sus puntos esenciales” y que, a pesar de que el acusado trató de “empañar su credibilidad”, el testimonio es acorde a la relación que tenía con el hombre: “laboral de solo unos días” y en ningún caso afectiva, ya que ella “rehusó” y “no correspondió” sus pretensiones.

Desde Sortzen son conscientes de que “no es habitual” que este tipo de casos acaben en condena, más aún si son abusos sostenidos en el tiempo y no una agresión sexual con violencia física como es esta. Las profesionales creen que ha sido “clave” el acompañamiento “feminista” que han seguido desde los servicios municipales y que “no se ha limitado a atender el trauma”, sino que ha sido “muy integral” y no dependiente de un número de sesiones limitadas, como ocurre en otros municipios. Lucía no solo ha contado con atención psicológica, también acompañamiento “en todos los ámbitos” como las gestiones ante la Policía, para lograr la regularización, comprar un billete de metro, abrir una cuenta en el banco, ir con ella al médico o incluso ayudarle a poner alarmas en el móvil o recordatorios en la nevera de casa.

“En estos tres años no ha vivido, no podía salir, tenía fobia a todo, no dormía y se descomponía físicamente”, apunta Vázquez. Con “mucho tiempo y mucha paciencia”, ha ido dando pasos hacia adelante. Aún hoy sigue sin poder cruzar a la zona en la que está la vivienda en la que sufrió la agresión, pero está empezando a reponerse y a descubrir qué le gusta hacer más allá del trabajo de hogar y cuidados al que se sintió empujada a dedicarse ante la falta de alternativas. Sueña, quizá algún día, con abrir una peluquería.

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