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Las montañas: una película de terror en las cumbres del planeta

El calentamiento global, cuyas consecuencias ya se ven en las cumbres, junto a la acción humana, provoca que la mayor parte de la diversidad ahí arriba tenga escasas posibilidades de persistir

Puede resultar contraintuitivo, pero la disminución del número de vacas o del uso del fuego para mantener abiertos los pastizales están entre los factores que pueden estar catalizando las pérdida de diversidad en nuestras montañas

Artículo publicado en 'Cambio climático: El Planeta Atormentado', número 18 de la revista de eldiario.es. Hazte socio y te enviaremos a casa nuestras revistas monográficas

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Una vista del Everest y el Nutse, en Nepal / Foto: Javier Camacho.

Una vista del Everest y el Nutse, en Nepal Javier Camacho

La fascinación por las montañas es un fenómeno global. Su diversidad biológica, paisajes culturales, historia y gente, nos atraen como un imán. Buscamos montañas cuando queremos huir de los agobios de nuestra existencia y les conferimos un valor casi sobrenatural y trascendente al poner monasterios o centros espirituales allá arriba. Si preguntamos a la gente qué debe ser una prioridad de conservación para las generaciones futuras, la mayoría encabezaría la lista con montañas. Son un icono y bálsamo colectivo.

Las montañas son también un excelente observatorio natural para estudiar los cambios ambientales. En un espacio pequeño tenemos una variación climática predecible. Al ascender por sus cuestas desciende la temperatura a un ritmo promedio de 0,6 grados por 100 metros y aumenta la precipitación. Es por ello que los investigadores hemos recurrido con frecuencia a evaluar el desempeño de nuestros organismos modelos, plantas, animales o lo que sea, en condiciones climáticas contrastadas a lo largo de gradientes altitudinales en montañas. Un laboratorio barato para estudiar el motor más conspicuo del cambio global, el calentamiento.

No resulta sorprendente que las primeras evidencias de efectos del calentamiento se encontraran en las montañas. Si este motor de cambio global estaba operando, lo esperable era que los organismos se desplazasen hacia arriba o hacia latitudes más alejadas del Ecuador. Efectivamente: en nuestras montañas ibéricas se comenzaron a acumular evidencias, por cierto de las primeras a nivel mundial, de dicho movimiento ascendente, el efecto escalador. Así, casi a principios de este milenio, se describió cómo los matorrales de alta montaña, dominados por piornos serranos y enebros rastreros, estaban haciéndose más densos y desplazándose hacia arriba; cómo el límite arbóreo de pino albar comenzaba a ascender o cómo las mariposas diurnas se habían movido en promedio casi 200 metros hacia la cima desde los años setenta del siglo pasado. Las consecuencias son evidentes, las islas de alta montaña ocupadas por plantas y animales orófilos, especialistas de la alta montaña, cada vez son más pequeñas. Los ocupantes de esos barcos menguantes y aislados en un mar de llanuras, muchos de ellos endemismos de áreas de distribución muy pequeñas y confinados en un reducido número de cimas, no pueden saltar a otros sitios. Su futuro es fácil de predecir, la extinción.

La acción simultánea de otros motores de cambio global hace, si cabe, más preocupante el futuro próximo. La caída dramática de la cabaña ganadera, fundamentalmente ovina, que durante siglos modeló el paisaje y la diversidad biológica de estas montañas, está acelerando y estableciendo sinergias con el cambio del clima: la matorralización de los pastos de las zonas más elevadas. El abandono del uso del fuego en muchas de nuestras montañas, la herramienta más tradicional para mantener abiertos los pastizales que utilizaban los rebaños, ha incrementado, por pura dinámica secundaria, la pérdida de hábitats allá arriba.

El inesperado factor humano

Sí, somos conscientes de que esto puede resultar contraintuitivo. Que la disminución del número de ovejas y vacas o la rarefacción en el uso del fuego puedan ser agrupadas entre los factores que pueden estar catalizando la pérdida de diversidad en nuestras montañas no parece fácil de entender. El síndrome de Bambi con el que muchos crecimos o la constatación de los horrores de los incendios más recientes en zonas densamente habitadas rodeadas de cultivos forestales hacen difícil establecer esta conexión; pero no hay duda de que buena parte de la diversidad que disfrutamos en nuestras montañas es el resultado de la acción y gestión tradicional del hombre en ellas; ganado, fuego o desbroce.

Esto implica que su abandono ha de tener importantes implicaciones en términos de conservación y mantenimiento de la diversidad. En este sentido hemos podido constatar que, durante los últimos cincuenta años, la mayor parte de nuestras montañas ha perdido por un lado su elenco de flora orófila más notable, al tiempo que ha aumentado su riqueza de la mano de especies banales y nitrófilas ligadas a ambientes antrópicos que han alcanzado las cimas de la mano de los excursionistas, deportistas o amantes de la naturaleza que, en números inimaginables, ascienden a las cumbres y dispersan todos estos elementos. Sí, el uso masivo y recreativo de las montañas es otro motor de cambio global que también opera como un disruptor importante de la diversidad biológica.

Un halcón de Eleonora otea el horizonte desde el islote de Montaña Clara, en el Parque Natural del Archipiélago Chinijo (Canarias). EFE/J. Palmero

Un halcón de Eleonora otea el horizonte desde el islote de Montaña Clara, en el Parque Natural del Archipiélago Chinijo (Canarias) EFE/J. Palmero

La reducción de los remanentes de hábitat alpino como consecuencia del cambio global no es el único problema. Algunos son más sutiles. Por ejemplo, se ha constatado que de forma generalizada se ha producido un adelantamiento de la fenología de muchas especies. Son muchos los ejemplos de plantas que adelantan su floración o fructificación.

Interacción planta-animal interrumpida

Esto puede llegar a ser un grave problema. Las interacciones planta-animal, por ejemplo, son claves en la viabilidad de muchas especies, de manera que si se produce un desajuste temporal entre los organismo involucrados en una interacción las consecuencias pueden ser dramáticas.

Un ejemplo bien conocido de nuestras montañas es el caso del papamoscas cerrojillo, una pequeña ave migradora que viene sufriendo un declive en la Sierra de Madrid durante su estación reproductora ¿Cuál es el problema? Las parejas reproductoras no son capaces de conseguir recursos para mantener a sus polluelos, de manera que su éxito reproductor es pírrico y su futuro, al menos aquí, es muy preocupante. Se alimentan básicamente de orugas las cuales, a su vez, comen hojas recientemente formadas y todavía tiernas de los melojos. Este árbol, como tantas especies, adelanta su foliación como consecuencia del cambio climático. Esa aceleración de la emergencia de las hojas va acompañada de un inicio más temprano de la actividad de las mariposas que ponen, en las hojas, huevos de los que eclosionarán las larvas que comerán esas hojas.

Desafortunadamente el ave no adelanta su viaje y, en consecuencia, cuando llega a nuestras sierras es ya tarde; las hojas han madurado y las poblaciones de su recurso trófico ya están al mínimo ¿Por qué no vienen antes? Este bicho parece idiota y, sin embargo, la razón no tiene nada que ver con su voluntad. No viene antes porque el disparador de su viaje es lumínico. La cantidad de luz no se ve afectada por el cambio en el clima mientras que la respuesta del melojo es térmica. Sigue comenzando su viaje en las mismas fechas en las que lo ha hecho siempre. Este tipo de desajustes pueden afectar a muchas interacciones planta animal, algunas tróficas como ésta, pero también mutualistas como las establecidas con polinizadores o dispersantes de flores y frutos. Las consecuencias, de nuevo, son fáciles de imaginar.

Mecanismos evolutivos para persistir

Lo que tenemos delante para nuestras montañas parece una película de terror. Aunque sabemos que algunas especies son capaces de persistir de la mano de mecanismos evolutivos que implican la adaptación a las nuevas condiciones, tal como hemos podido constatar en algunas poblaciones de plantas situadas en el borde más caliente de su área de distribución, en las montañas las evidencias sugieren que la mayor parte de la diversidad ahí arriba tiene escasas posibilidades de persistir. Estrategias ligadas a alta capacidad de adaptación fenotípica o tolerancia a las nuevas condiciones de algunas especies o la posibilidad de establecer nuevas interacciones con otros organismos para persistir localmente bajo condiciones muy diferentes, por ejemplo, viviendo bajo la sombra protectora de alguna de las especies con las que entran en contacto en estas comunidades nuevas y emergentes, no parecen suficientes para minimizar el impacto de estos cambios.

Podemos ralentizar la desaparición de las islas de montaña mediante una gestión muy activa con desbroces, apertura de espacios o cualquier otra cosa, pero el futuro pasa, si no tomamos medidas de carácter global, por conservar esa diversidad en bancos de germoplasma, jardines botánicos, zoos. Podemos jugar a ser dioses moviendo especies de montaña en montaña en lo que hemos denominado migración asistida, pero las incertidumbres y los condicionantes éticos de dichas acciones de gestión tan radicales son tan complejos que parece razonable esperar. No hay mucho margen. No hay mucho tiempo. Si la gobernanza global no pone el tema como prioritario pronto dejaremos de disfrutar de buena parte de la diversidad de nuestras montañas. No parece que quede tiempo, pero…

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