El asesinato de Marlene Warren: un payaso le regaló globos, acabó con su vida mientras desayunaba y luego se casó con el viudo
Se disfrazó de payaso, compró globos en un supermercado y llamó a la puerta con un ramo de claveles. Todo ocurrió en una casa de lujo de Wellington, en el estado de Florida. La víctima estaba en bata de estar por casa. No hubo gritos, ni forcejeo, ni robo. Solo un disparo en la cara y una figura alta, con peluca naranja, que se alejaba sin prisa en un Chrysler LeBaron blanco. La escena no parecía real, pero lo era. Y durante 27 años nadie fue detenido por ese crimen.
Antes de que las sospechas recayeran sobre Sheila Keen, pasaron muchas cosas. El coche con el que escapó el payaso apareció abandonado en un aparcamiento a ocho millas. Dentro, la policía encontró fibras sintéticas naranjas parecidas a las de una peluca y un pelo humano marrón. Aquel vehículo había sido robado semanas antes por un empleado del concesionario de coches usados que gestionaba Michael Warren, el marido de la víctima. El hombre declaró que a la hora del asesinato estaba yendo con amigos al hipódromo de Calder. Aportó testigos.
Las pruebas eran débiles y el ADN tardó 24 años en hablar
Los investigadores buscaron pistas en todas partes, incluidos los establecimientos donde se vendían disfraces. En uno de ellos, dos días antes del crimen, una mujer compró un traje de payaso, maquillaje, peluca naranja y nariz roja. Pagó en efectivo. La dependienta la describió como una mujer alta, con ojos grandes y pelo castaño liso. Al ver las fotos de la rueda de reconocimiento, identificó a Keen como una de las posibles clientas.
En Bargain Motors, el concesionario donde trabajaban tanto Warren como Keen, los empleados dijeron que su relación era más que profesional. La fiscal Aleathea McRoberts señaló que varios testigos apuntaron a que “todo el mundo en la empresa decía que había que investigar primero a Sheila Keen”. También explicó que las descripciones físicas dadas por quienes atendieron a la compradora en el supermercado y en la tienda de disfraces coincidían con las de Keen.
Durante años, la principal dificultad para avanzar fue la falta de pruebas concluyentes. El disfraz nunca apareció. El arma tampoco. Y los avances forenses de 1990 no permitieron extraer ADN útil. Aunque los análisis de los pelos encontrados en el coche coincidían microscópicamente con los de Keen, no eran definitivos. En 2014, gracias a una subvención, el caso fue revisado por una unidad de delitos sin resolver. Nuevas pruebas de ADN relacionaron finalmente a Keen con los restos hallados en el vehículo.
Mientras tanto, Sheila había rehecho su vida con Warren. Tras su paso por prisión por fraude en su empresa de coches, Warren se trasladó con Keen a Virginia. Allí se casaron, cambiaron de nombre - ella adoptó el apellido de él - y abrieron una hamburguesería llamada Purple Cow. Durante años vivieron como Debbie y Mike, lejos de Florida. Uno de sus vecinos aseguró a CBS que “cuando la conocimos, nos dijeron que se llamaba Debbie y que era un apodo de la infancia”.
La detención llegó en 2017, cuando agentes del sheriff localizaron a Keen-Warren cerca de su casa. En el registro de su vivienda encontraron más fibras naranjas similares a las del coche. En una conversación durante su arresto, preguntó a los agentes si iban a detener también a su marido. Aquel comentario fue interpretado por la fiscalía como una posible implicación directa de Warren.
El pacto con la fiscalía que redujo la condena a solo doce años
Aunque el caso parecía cerrado, el proceso judicial se complicó. La defensa de Keen-Warren argumentó que las pruebas estaban contaminadas por años de mal almacenamiento y que había testigos fallecidos que rompían la cadena de custodia. Finalmente, en abril de 2023, después de más de cinco años en prisión preventiva, Keen-Warren aceptó un acuerdo con la fiscalía: aunque siempre se había declarado inocente se declaró culpable de asesinato en segundo grado a cambio de una condena de 12 años.
Según explicó su abogado, Greg Rosenfeld, decidió asumir la culpa porque, haciendo números, le salía más a cuenta: con el tiempo ya cumplido y los beneficios penitenciarios, saldría en libertad en menos de dos años, mientras que, si llegaba a juicio y la declaraban culpable, se arriesgaba a pasar el resto de su vida en la cárcel. Según los registros penitenciarios, fue puesta en libertad el 2 de noviembre de 2024.
Michael Warren nunca fue acusado formalmente por el asesinato. La fiscalía reconoció que no había pruebas suficientes para vincularlo directamente. Sin embargo, su relación con la que era su amante en el momento del asesinato, su beneficio económico tras la muerte de su esposa y sus antecedentes penales por fraude alimentaron durante años las sospechas.
El hijo de la víctima, Joe Ahrens, que estaba en casa cuando ocurrió el crimen, reconoció que el acuerdo judicial fue difícil de aceptar, pero también liberador. Llevaba 33 años esperando una respuesta. En ese tiempo, sufrió adicciones, pérdidas y aislamiento. Aunque la condena no fuera la máxima posible, aquel pacto puso fin a una de las investigaciones más desconcertantes del condado de Palm Beach.
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