Compró un retrato sin firmar y al girarlo descubrió lo que podría ser un Rubens oculto

El método que hizo de Rubens un maestro del detalle

Héctor Farrés

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Los ojos tardan años en descubrir lo que siempre ha estado delante. A veces un trazo, una sombra o un gesto pintado hace siglos oculta más de lo que enseña, y solo cuando alguien mira con paciencia se desvela otra imagen que convivía con la primera. En algunos cuadros esa segunda lectura surge de un giro leve o de una iluminación distinta, como si el lienzo guardara su propio secreto.

Son obras que cambian de sentido según la mirada, y ese cambio suele ocurrir cuando un restaurador, un coleccionista o un simple aficionado se detiene más de lo habitual. En esos momentos se descubre que el arte no siempre muestra su verdad a la primera y que, bajo una barba o una capa de barniz, puede esconderse una historia que nadie había imaginado.

Un retrato corriente que escondía un maestro detrás

Un marchante belga descubrió un retrato con un segundo rostro oculto que podría ser un estudio original de Peter Paul Rubens. La pieza, adquirida por poco más de 100.000 dólares en una subasta, parecía una obra anónima de escuela flamenca del siglo XVII. Sin embargo, la calidad del trazo y la composición despertaron las sospechas del comprador, que dedicó meses a estudiar la pintura. El hallazgo atrajo el interés de expertos, entre ellos Ben van Beneden, antiguo director de la Casa Rubens de Amberes, que consideró “muy probable” la autoría del maestro flamenco, según el diario De Standaard.

En su estudio, el pintor flamenco creaba cabezas de hombres y mujeres que luego usaba en escenas religiosas y mitológicas

En el taller de Rubens, las cabezas de estudio servían para poblar grandes escenas religiosas y mitológicas. El pintor reunía modelos y gestos que reutilizaba en distintas obras, buscando equilibrio entre lo humano y lo divino. Ese sistema le permitía mantener coherencia en sus composiciones y a la vez explorar variaciones de expresión.

El anciano con barba que aparece en este estudio fue uno de esos modelos recurrentes, visible en el apóstol Tomás, en el Rey Melchor y en otros personajes secundarios. Si esta pintura es realmente su origen, el hallazgo abre una puerta a la parte más práctica y meticulosa de su trabajo.

La corazonada que llevó a descubrir un tesoro oculto

La compra comenzó como una intuición. El marchante, Klaas Muller, acostumbrado a operaciones discretas, se encontró con el retrato en una subasta sin grandes aspiraciones. El anciano calvo, de barba espesa e inclinación pensativa, parecía un motivo más dentro del repertorio flamenco. Pero Muller, apasionado de Rubens, percibió algo distinto en el rostro y en la luz. “No estaba seguro de que fuera un Rubens, solo sabía que se le parecía mucho, así que seguía siendo una apuesta”, explicó al diario The Guardian. Cuando la obra llegó a su casa, comprobó que el barniz había protegido bien la pintura y que su calidad era excepcional.

El detalle que cambió todo surgió al girar el cuadro. Entre los pliegues de la barba apareció la imagen de una joven de rasgos delicados y trenzas, como si una pintura anterior hubiera quedado atrapada bajo la superficie. Los expertos interpretan que el papel fue reutilizado, una práctica habitual en los talleres del siglo XVII.

Esa superposición de rostros, más que una ilusión óptica, revela un proceso de trabajo en el que cada trazo servía como ensayo de ideas. El hallazgo despertó comparaciones con ilusiones visuales modernas, aunque los historiadores insisten en que se trata de un caso distinto: un ejercicio técnico convertido, sin querer, en una doble imagen.

El retrato permanece colgado en la casa del marchante a la espera de nuevas valoraciones. Pronto se mostrará en una feria de arte europea, donde podría confirmarse su autenticidad. Si se certifica que es un Rubens original, su valor alcanzaría el millón de euros. Pero más allá del precio, el cuadro ofrece una lección sobre la economía de los talleres barrocos, el reciclaje de materiales y la persistencia de los modelos. También recuerda que la belleza puede estar oculta en un fragmento desechado, en una superficie cubierta o en un gesto que parecía perdido.

El hallazgo, según De Standaard, recuerda que el arte sigue dando sorpresas incluso en rincones donde nadie mira. Un retrato olvidado que, entre barbas y sombras, ha vuelto a despertar la sensación de que todavía quedan secretos por salir a la luz, solo hace falta alguien con ganas de mirar de verdad.

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