Un derrumbe ocurrido hace 1.100 años en una mina chilena destapa cómo era la vida (y la muerte) de los trabajadores del desierto de Atacama
Las manos curtidas, el polvo que se cuela en los pulmones y la oscuridad que apenas deja distinguir el suelo definen un oficio extremo. En las profundidades de la tierra, el cuerpo humano se enfrenta a calor, ruido y fatiga, mientras la seguridad depende de una piedra que no se mueva o de una cuerda que no ceda.
La minería, en cualquier época, se ha parecido más a un pulso diario contra el riesgo que a un trabajo estable. Los trabajadores soportan el peso del terreno, del silencio y de las fallas que pueden cerrarse sobre ellos sin aviso. La historia ha dejado miles de víctimas bajo galerías derrumbadas o pozos anegados, y con ello ha revelado una verdad poco agradable: la muerte del inocente forma parte del precio que las sociedades han pagado por sus recursos.
Un derrumbe en la mina selló la muerte de un trabajador prehispánico
Un hallazgo en el desierto de Atacama muestra hasta qué punto ese peligro acompaña a la humanidad desde hace siglos. Un equipo de arqueólogos descubrió el cuerpo momificado de un minero prehispánico que murió hace unos 1.100 años en una mina de turquesa, según el análisis realizado en Chile. El estudio, basado en tomografías computarizadas y rayos X, reveló fracturas instantáneas y sin señales de curación, lo que indica que un colapso dentro de la galería acabó con su vida en cuestión de minutos. Los restos fueron encontrados cerca de la actual ciudad de El Salvador, y su conservación, gracias a la sequedad extrema del desierto, ha permitido observar con detalle la tragedia.
La minería andina tenía ya entonces un nivel de organización notable. Se practicaba desde hacía más de dos milenios en el norte de Chile, el sur de Perú y el altiplano boliviano. Muchas minas eran subterráneas, con galerías estrechas y sin refuerzos, donde un movimiento brusco o una vibración bastaban para provocar un derrumbe. Sin ventilación adecuada y con herramientas de piedra o madera, los mineros trabajaban en condiciones extremas. Su oficio exigía fuerza, precisión y resistencia física, pero también implicaba asumir un riesgo ineludible. Aquella muerte no fue una excepción: formaba parte del precio habitual de un oficio duro y necesario.
El análisis forense del esqueleto muestra fracturas en la espalda, las costillas, las clavículas y los omóplatos, además de una dislocación en la columna y una pierna partida. Las lesiones son compatibles con un aplastamiento vertical causado por el derrumbe de una sección del techo. No hay heridas en el cráneo ni en los brazos, lo que sugiere una reacción instintiva de defensa antes de quedar sepultado. Este patrón es similar al que se observa hoy en víctimas de accidentes mineros modernos o terremotos. Los investigadores creen que el impacto fue inmediato y letal.
La momia andina muestra el sacrificio que aguantaba a las antiguas civilizaciones
La mina donde ocurrió el accidente estaba dedicada a la turquesa, una piedra de color azul intenso que tenía gran valor simbólico en las culturas andinas. Se asociaba al agua y a la fertilidad, y se usaba para fabricar adornos, colgantes y objetos rituales. Su extracción no se hacía por un aprovechamiento real, sino como parte de un sistema económico y espiritual en el que la piedra era un bien de prestigio. En torno a ella trabajaban artesanos, chamanes y comerciantes. Junto al cuerpo del minero se encontraron herramientas, fragmentos de mineral, cuentas y un kit de inhalación de sustancias alucinógenas, objetos que apuntan a un entorno ritual vinculado al trabajo minero.
Los restos del trabajador fueron excavados por primera vez en la década de 1970, aunque solo recientemente se han estudiado con técnicas modernas. Las pruebas de radiocarbono sitúan su muerte entre los años 894 y 1016, en un periodo de cambios en los Andes, cuando el orden político se reconfiguraba tras la caída del imperio Wari y antes del auge incaico. En ese contexto, la minería seguía siendo una actividad esencial, fuente de riqueza y de riesgo, sostenida por quienes se adentraban en la tierra sin más protección que su experiencia.
La figura de este minero anónimo aporta una dimensión humana a la arqueología. No fue un guerrero ni un líder, sino un trabajador raso que murió en plena tarea, víctima de un accidente que resume la fragilidad del oficio. Su historia recuerda que las grandes redes comerciales andinas dependían también de vidas sacrificadas en silencio. Los investigadores ven en él un testimonio del esfuerzo grupal que permitió que aquellas civilizaciones prosperaran. La momia del desierto, preservada por el tiempo, no solo cuenta cómo murió esa persona: también muestra cómo trabajaba un mundo entero bajo el peso de la tierra.
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