Granada bajo tierra: los parásitos del siglo XVII cuentan lo que las crónicas omitieron sobre la higiene en la España barroca

Las corralas se convirtieron en un foco de contagios

Héctor Farrés

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Un niño granadino tosía en la oscuridad del patio, acurrucado junto al cubo de agua que su madre usaba para lavar los platos. El aire olía a humedad y a restos de comida fermentada. Sobre el suelo, una película viscosa marcaba el camino del agua que se escapaba del pozo negro, donde los residuos se acumulaban sin control. Su piel estaba pálida y su vientre, hinchado.

Cada vez que intentaba incorporarse, un dolor sordo le obligaba a quedarse quieto, con las manos hundidas en el barro. Nadie sabía entonces que aquella debilidad nacía del agua que todos bebían y del contacto diario con lo que se arrojaba bajo tierra.

Los pozos de Granada guardaban rastros de una vida enfermiza

El estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports por la Universidad de Granada y la Universidad de Cambridge identificó huevos de parásitos intestinales en pozos negros del siglo XVII al XVIII hallados en la calle Ventanilla, en el centro histórico de Granada. Los investigadores encontraron restos de lombriz intestinal (Ascaris sp.), tricocéfalo (Trichuris sp.) y duela hepática (Fasciola sp.), lo que confirma que los habitantes de la ciudad convivían con infecciones derivadas de la falta de higiene y del uso de aguas contaminadas.

Los análisis revelaron que estos parásitos se transmitían por contacto fecal-oral, un mecanismo que prosperaba en entornos sin saneamiento. En Granada, la población vivía hacinada en corralas, edificios de varios pisos organizados alrededor de patios comunes donde se vertían residuos y se compartía el agua para cocinar y limpiar.

La presencia de pozos sin desagüe en medio de esas viviendas convertía cada lavado o comida en un riesgo. Según los investigadores, el hallazgo de huevos de lombriz intestinal y tricocéfalo en todos los pozos demuestra que las infecciones eran habituales entre los vecinos.

Las muestras revelaron la extensión de los parásitos en la ciudad

Para llegar a esas conclusiones, los arqueólogos aplicaron técnicas de paleoparasitología, una disciplina que estudia restos microscópicos de parásitos conservados en sedimentos antiguos. Tomaron muestras de los pozos y las analizaron en laboratorio con el protocolo RHM (Rehidratación, Homogeneización y Microtamizado), que permite recuperar huevos tras siglos enterrados.

La observación con microscopio permitió reconocer las estructuras de los parásitos por su forma y tamaño. En un caso, también se detectó la presencia de Fasciola sp., una duela hepática que habitualmente infecta a ovejas y vacas, aunque puede afectar a humanos si consumen vegetales o agua contaminada.

Los especialistas explicaron que la existencia de esta duela indicaba un contacto estrecho entre animales y personas. En esos patios, el agua del manantial de Fuentenueva servía tanto para beber como para abrevar ganado. Esa convivencia de usos aumentaba la posibilidad de contagio. Aunque algunas infecciones podían pasar desapercibidas, las más graves provocaban diarrea, anemia o malnutrición. Los documentos históricos citan epidemias en Granada durante el siglo XVII que coinciden con estos indicios arqueológicos, como la peste bubónica de 1679 y otra crisis de 1648 asociada a enfermedades transmitidas por el agua.

Las normas no bastaban para frenar la suciedad

Las autoridades locales trataban de poner orden. Las ordenanzas municipales prohibían arrojar basuras a la calle o lavar ropa en las acequias, pero las sanciones apenas servían. La necesidad y la falta de alternativas mantenían las mismas prácticas. Según los autores del estudio, la proximidad de los pozos a los campos de cultivo fertilizados con excrementos humanos reforzaba la exposición a las parasitosis. Cada brote de enfermedad nacía en las propias rutinas de la ciudad, en la imposibilidad de separar lo limpio de lo sucio.

El artículo constituye la primera evidencia directa de parásitos en pozos negros del periodo moderno en la Península Ibérica. Hasta ahora, la paleoparasitología española se había centrado en épocas anteriores o en hallazgos aislados. Los investigadores proponen ampliar estos análisis para reconstruir con más precisión las condiciones sanitarias de la Edad Moderna y comprender mejor cómo el crecimiento urbano afectó a la salud. Granada, bajo tierra, conserva en sus sedimentos la prueba de un modo de vida donde la enfermedad era una vecina más.

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