¿Cómo consiguió Cartago levantar una muralla tan avanzada en Hispania? Un estudio acaba de resolverlo

Los responsables pensaron primero en cómo sacar, mover y transformar materiales durante meses porque el trabajo empezó en el terreno cercano

Héctor Farrés

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El tamaño de una obra defensiva no dependía solo de levantar muros altos o gruesos, sino de resolver problemas muy concretos de suelo, agua y transporte en un entorno limitado. Cartago aplicó esa idea cuando decidió construir una muralla avanzada en Hispania, porque cada elección material exigía conocer el terreno cercano, medir distancias y coordinar personas durante meses. Esa forma de trabajar obligaba a pensar antes dónde sacar la tierra, cómo moverla y en qué punto transformarla en ladrillos útiles.

La muralla no empezó en el borde urbano, sino mucho antes, en el paisaje que rodeaba la ciudad y en la manera de explotarlo. Ese planteamiento pedía una explicación concreta sobre cómo se organizó todo ese proceso.

Los análisis revelaron que buena parte del material llegó desde varios kilómetros de distancia

Un estudio geoarqueológico identificó que los ladrillos de barro usados en la muralla púnica de Qart Hadasht se fabricaron a entre 7 y 8 km del lugar de construcción, algo poco habitual en la arquitectura de tierra antigua. El trabajo analizó químicamente y mineralógicamente muestras de ladrillos y morteros, y mostró que no procedían del mismo entorno inmediato. Esa distancia obligó a planificar rutas, tiempos y mano de obra de forma estable. El hallazgo apunta a un control centralizado que iba más allá de resolver la obra sobre la marcha.

Cartago entendió desde el principio que levantar una defensa exigía decidir dónde sacar materiales, cómo moverlos y cuándo usarlos

Los morteros de barro usados para unir los elementos se prepararon muy cerca del muro, con tierras ricas en esquistos y pizarras de los cerros próximos. Ese dato encaja con un material que debía aplicarse fresco y no admitía desplazamientos largos. En cambio, los ladrillos presentaron una composición distinta y muy homogénea, con inclusiones volcánicas como el basalto. Ese tipo de roca apenas aparece en el entorno inmediato de la ciudad. El contraste entre ambos materiales marcó dos circuitos de trabajo separados y bien definidos.

La ciudad de Qart Hadasht se fundó en 228 o 227 a.C. como base política y militar del dominio bárcida en la península. Asdrúbal eligió una bahía protegida y un istmo fácil de defender, rodeado por zonas húmedas y colinas. Esa ubicación facilitaba el control marítimo, pero complicaba el acceso terrestre. La muralla se convirtió en la pieza que cerraba ese punto débil y aseguraba la nueva capital frente a ataques.

El traslado de miles de piezas solo encajaba con una autoridad bien organizada

El origen de los ladrillos llevó a los investigadores hasta la zona de la Rambla de Peñas Blancas y el Cabezo de la Viuda, al noroeste de la ciudad. Desde allí, la tierra recorría un trayecto real de hasta 8km para esquivar la laguna de El Almarjal y alcanzar el istmo. Transportar miles de piezas frágiles por esa distancia exigía turnos, animales y caminos claros. Esa inversión solo tenía sentido si el material ofrecía ventajas claras y si existía capacidad para coordinar todo el proceso.

La muralla adoptó un sistema de cajones, con una cara exterior de grandes bloques de arenisca y un interior de muros de ladrillo y barro. Esa técnica, de tradición helenística, buscaba resistencia y volumen sin disparar el uso de piedra. Los ladrillos seguían medidas muy regulares y se fabricaron con una receta sencilla, casi sin aditivos vegetales. Después se protegieron con un revoco blanco que mejoraba su comportamiento frente al agua y los impactos.

Todo ese esquema apunta a una gestión centralizada del territorio y de sus recursos. El control de canteras, zonas de tierra, agua y transporte muestra una autoridad capaz de imponer sus ritmos y normas. La muralla no fue solo una defensa, sino una prueba material de poder organizado desde arriba y mantenido durante años.

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