¿Por qué acariciamos a los perros? La psicología tiene la explicación
La próxima vez que te encuentres acariciando a un perro, incluso si no es el tuyo, detente a pensar: ese impulso tan natural tiene explicaciones significativas desde la psicología y la neurociencia. Según un estudio realizado por la Universidad de Rostock (Alemania), el contacto físico con perros incrementa los niveles de oxitocina (la hormona relacionada con el vínculo social y la empatía) mientras disminuye el cortisol, la hormona del estrés. Esta doble reacción no solo proporciona bienestar inmediato, sino que también fortalece la regulación emocional a largo plazo.
Las personas que acarician perros habitualmente no lo hacen solo por la sensación al tacto, sino porque su sistema nervioso central asocia ese gesto con calma y seguridad. Se trata, en muchos casos, de una forma instintiva de autorregulación emocional. El vínculo entre humanos y perros se remonta a miles de años de convivencia, donde ambos han evolucionado para reconocerse como compañeros afectivos. Desde la perspectiva conductual, tocar a un perro activa circuitos neuronales asociados al apego, similares a los que se despiertan en vínculos humanos seguros.
Quienes se sienten impulsados a acariciar a cada perro que ven tienden a ser personas empáticas, observadoras y con una alta sensibilidad emocional. Este comportamiento puede reflejar también un estilo de apego seguro, una personalidad abierta y tolerante, o incluso una necesidad de conexión no verbal en entornos cada vez más digitales y acelerados.
Los estudios también sugieren que acariciar a un perro reduce la percepción de amenaza y favorece la disposición a la interacción social. Las personas que tocan perros en espacios públicos a menudo experimentan menos ansiedad y se muestran más dispuestas a iniciar conversaciones. Esto se alinea con otro trabajo publicado en la revista Pensamiento Americano que vincula la interacción con animales con mejoras en habilidades sociales en adultos, no solo en niños o en terapia asistida.
Un gesto que revela más de lo que parece
Acariciar perros es también una pista sobre nuestra estructura emocional. Para muchas personas representa una vía de expresión afectiva inmediata, sin juicios ni expectativas. A diferencia de los vínculos humanos, el contacto con un animal ofrece aceptación incondicional y una presencia disponible. Esto resulta especialmente reconfortante en momentos de soledad o estrés. Por eso, no es extraño que el hábito de acariciar perros esté relacionado con mayores niveles de resiliencia, altruismo y bienestar.
Además, este comportamiento podría estar vinculado con experiencias positivas durante la infancia, como el haber crecido rodeado de animales o haber recibido afecto físico de forma consistente. La memoria corporal y emocional se activa con la textura del pelaje, el calor del animal o incluso el ritmo de su respiración, lo cual explica por qué este tipo de contacto tiene un efecto tan reconfortante y directo.
La neurociencia ha demostrado que las caricias no solo afectan al receptor, sino también al emisor. Al igual que ocurre en las relaciones humanas, acariciar genera un circuito de recompensa cerebral en quien lo hace, favoreciendo la sensación de bienestar y pertenencia. En personas con tendencia a la ansiedad o a la hiperactividad, tocar a un perro puede actuar como una forma de anclaje al presente, similar a una técnica de mindfulness.
En definitiva, este gesto no es solo una muestra de cariño o una forma de interactuar con una mascota. Es un acto cargado de significado emocional, neurobiológico y social. Revela aspectos profundos de nuestra personalidad, activa respuestas químicas ligadas al bienestar y fortalece una de las relaciones más antiguas y fieles de la historia humana.
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