Pasacalles, toneladas de caramelos y una romería forman parte de una de las fiestas más arraigadas de este barrio de Barcelona
Barcelona se viste de gala cada mes de marzo para celebrar Sant Medir, una de las tradiciones más queridas y singulares del calendario festivo de la capital catalana. Conocida popularmente como la “fiesta dulce”, se trata de una cita que transforma el bullicio cotidiano del barrio de Gràcia en un escenario de alegría desbordante y participación ciudadana. Durante todo el día, las calles se llenan de caballos, carruajes y camiones que reparten toneladas de golosinas entre un público entusiasta. Vecinos de todas las edades acuden preparados con paraguas, bolsas y cubos para capturar la mayor cantidad posible de estos preciados dulces. Es un evento que paraliza el ritmo habitual de la ciudad, uniendo la devoción religiosa con una explosión de color y sabor inolvidable.
La Vila de Gràcia se convierte, por lo tanto, en el epicentro de un ritual que celebra la generosidad y el sentimiento de pertenencia a una comunidad. Miles de kilos de caramelos alfombran el asfalto, un testimonio del paso de las diversas agrupaciones festivas. Esta cita anual es mucho más que un desfile; es la reafirmación de una identidad local que late con fuerza cada invierno. El fundamento espiritual de esta festividad reside en la leyenda de San Medir, un humilde agricultor que habitaba cerca de Sant Cugat en el año 303. Durante la cruenta persecución romana bajo el emperador Diocleciano, el obispo Severo de Barcelona huía de la ciudad y se encontró con el campesino. El religioso le pidió a Medir que, si los soldados preguntaban por él, dijera la verdad sobre su paradero sin temor a represalias.
Milagrosamente, justo después de que el obispo partiera, las habas que el agricultor estaba sembrando crecieron y florecieron de manera instantánea. Cuando los perseguidores llegaron y preguntaron al campesino, este les explicó que Severo había pasado por allí precisamente durante el tiempo de la siembra. Al ver el campo ya maduro, los soldados pensaron que el hombre se burlaba de ellos y decidieron capturarlo junto al obispo huido. Ambos fueron encarcelados y martirizados hasta la muerte, convirtiéndose Medir en un símbolo de sinceridad inquebrantable y fe profunda. Esta historia, que entrelaza la historia con el mito, constituye el pilar fundamental sobre el que se apoya toda la tradición.
A pesar de sus raíces antiguas, la estructura actual de la fiesta nació en 1828 gracias a la promesa personal de Josep Vidal i Granés. Este panadero, cuyo negocio se ubicaba en la calle Gran de Gràcia, sufría una grave afección de salud que mermaba su vitalidad diaria. Prometió solemnemente que, si lograba recuperarse de su enfermedad, peregrinaría cada año hasta la ermita de Sant Medir, en la sierra de Collserola. Al cumplirse su deseo, el panadero inició su primera romería, un acto de fe que pronto llamó la atención de sus conocidos. Con el paso de las décadas, lo que comenzó como un compromiso individual sumó a familiares, amigos y vecinos de la antigua vila. Este crecimiento espontáneo permitió consolidar las estructuras de las actuales “colles” o agrupaciones que hoy protagonizan los desfiles por todo el barrio. Vidal i Granés es recordado como el impulsor de una tradición que supo canalizar la devoción popular hacia una fiesta colectiva. Su legado perdura en cada caballo que recorre las calles de Gràcia, manteniendo vivo el espíritu de aquel agradecimiento original.
Un aspecto de la evolución de la fiesta de Sant Medir es el cambio en los obsequios que se reparten durante el recorrido festivo. En las primeras romerías organizadas por el panadero Vidal, este solía lanzar habas secas al público como un homenaje directo al santo. Las legumbres simbolizaban el milagro ocurrido en el campo de Sant Cugat y recordaban la profesión del mártir que da nombre al evento. Sin embargo, con el transcurso de los años, la dureza de las habas fue sustituida por la suavidad del azúcar, transformando el gesto en una lluvia de golosinas. Esta transformación dio lugar al nombre popular de “fiesta dulce”, término que hoy define perfectamente la esencia del desfile barcelonés. A pesar de este cambio, el simbolismo original no se ha perdido totalmente entre las vestimentas de los participantes actuales. Los romeros y romeras lucen hoy en sus solapas un lazo conmemorativo que lleva prendida una pequeña haba y una medalla religiosa. Además, es costumbre portar un ramo de violetas, flor típica de esta época invernal que aporta fragancia y elegancia a la jornada.
La jornada de la festividad se divide en dos actos claramente diferenciados que permiten disfrutar de la fiesta en distintos ambientes. Durante la mañana, las “colles” inician sus pasacalles locales. Estas agrupaciones recorren las plazas y arterias principales del barrio de Gràcia, visitando mercados y escuelas para saludar a los vecinos más madrugadores. Es un momento más íntimo y familiar donde se puede apreciar de cerca la decoración de los carruajes y la música de las bandas. Tras este primer contacto urbano, se emprende el camino hacia la ermita de Sant Medir, situada en plena naturaleza. Este ascenso a la sierra de Collserola representa el corazón espiritual de la festividad y conecta a los participantes con el paisaje legendario. En el entorno de la ermita se vive una atmósfera de hermandad y respeto, lejos del ruido de la gran ciudad condal. Es un tiempo dedicado a la reflexión y al cumplimiento de la promesa que dio origen a todo el movimiento social.
Una vez que las agrupaciones llegan a la ermita de Collserola, se llevan a cabo los actos religiosos y protocolarios más solemnes de la fiesta. Se organiza un encuentro conjunto para homenajear al santo, donde destaca la celebración de una misa solemne abierta a todos los fieles. Uno de los momentos más significativos es la imposición de las lazadas conmemorativas en la bandera de cada una de las colles participantes. Este gesto simboliza la renovación del compromiso anual de la agrupación con la tradición y el reconocimiento oficial de su labor cultural. La ermita se convierte en un punto de unión entre diferentes generaciones que comparten historias sobre romerías pasadas y proyectos futuros. La paz de la montaña sirve de contraste necesario antes de que la fiesta regrese al asfalto para su despliegue más multitudinario. Es aquí donde se estrechan los lazos entre las colles de Gràcia y las de otros barrios como Sarrià y Sant Gervasi. Este acto central en la montaña garantiza que el componente de fe siga siendo el motor que impulsa la celebración dulce.
Otros distritos
El clímax de la festividad llega al caer la tarde, cuando la Vila de Gràcia se prepara para la gran cabalgata central de caramelos. Las diversas colles comienzan a concentrarse en las calles de Nil Fabra, Sant Salvador y Escorial. El recorrido principal y habitual avanza en sentido descendente por la emblemática calle Gran de Gràcia, que se ve literalmente invadida por una multitud. Desde caballos, carruajes y camiones, los romeros lanzan miles de kilos de golosinas, creando una lluvia constante que hace las delicias de los asistentes. El séquito festivo concluye su trayecto en los Jardinets de Gràcia. En este punto final, las agrupaciones saludan a las autoridades locales, cerrando un ciclo de generosidad que ha durado todo el día. La música de las bandas acompaña cada paso, asegurando que el ritmo no decaiga hasta el último caramelo lanzado.
Aunque Gràcia es el epicentro, la festividad de Sant Medir extiende sus raíces por otros distritos como Sarrià-Sant Gervasi y el barrio de la Bordeta. En este último, la celebración mantiene su propia idiosincrasia al organizar sus desfiles y romerías el domingo siguiente a la fecha oficial de Sant Medir. Esta flexibilidad permite que el espíritu del santo campesino impregne diferentes rincones de Barcelona durante varios días consecutivos. Este arraigo centenario ha sido reconocido por instituciones como la UNESCO y el consistorio local como patrimonio cultural inmaterial. Es una práctica que se transmite con orgullo entre generaciones, asegurando la vitalidad de las agrupaciones federadas que existen hoy. Al finalizar la jornada, queda el recuerdo de una ciudad que sabe honrar sus mitos a través de la alegría compartida.
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