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Supremo disparate

Carlos Lesmes, presidente del Tribunal Constitucional

La decisión del Pleno de la Sala Tercera del Tribunal Supremo de volver a su doctrina tradicional para que sigan siendo los clientes los que paguen el principal impuesto que grava la constitución de una hipoteca es tan legal desde el punto de vista jurídico como la que establecieron sus especialistas en Derecho tributario para cargar el pago a los bancos. Pero para llegar a esa estación de término se ha recorrido un camino repleto de disparatadas decisiones que deja por los suelos la imagen del Alto Tribunal, en vísperas de uno de los juicios más importantes de su historia, y que presenta a aquellos que deberían actuar como máximos garantes de la Justicia en protagonistas de cutres intrigas palaciegas.

Disparatada por completo ha sido la gestión de la crisis del presidente de lo Contencioso-Administrativo, Luis Díez-Picazo, que si quería convocar el Pleno, debería haberlo hecho antes de que se dictaran las tres sentencias de la doctrina Rivas, o al menos cuando se hubieran resuelto otras nuevas en sentido contrario. Pero actuó tarde, provocando un cisma inédito en la historia reciente del alto tribunal e invocando a la antijurídica razón de la “enorme repercusión económica y social” de la medida, que deja la peligrosa conclusión de que todos los justiciables son iguales ante la ley pero los bancos son más iguales que los ciudadanos.

El gol por la escuadra que le colaron a Díez-Picazo con el giro jurisprudencial que él mismo calificó de “radical” solo puede entenderse por su negligente actuación como presidente, ajeno al asunto más importante que se estaba deliberando en la Sala Tercera a pesar de haber participado en la estimación del recurso, y por el recelo que su nombramiento, pilotado por la mano del presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, suscitó entre sus compañeros.

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Catalunya lo ocupa todo

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Susana Díaz

No está ocurriendo solo en España. La degradación de la democracia que se viene extendiendo como una mancha de aceite en los países respecto de los que desde hace muchos decenios no cabe dudar de su calificación como auténticas democracias, está alterando la articulación normalmente aceptada entre las distintas formas a través de las cuales se expresa periódicamente el cuerpo electoral. Una cosa son unas elecciones generales y otra distinta unas elecciones municipales, regionales o europeas. Y sin embargo, últimamente parece que todas son la misma.

Lo acabamos de ver en el país europeo aparentemente más estabilizado política y constitucionalmente con la celebración de las elecciones en Baviera y en Hesse. Los resultados de ambas elecciones han sido interpretadas en clave federal. No solamente fuera de Alemania, donde casi nadie es capaz de recordar quiénes se enfrentaban en dichas elecciones y qué tipos de gobierno se pueden constituir a partir de dichos resultados, sino también dentro. Es el debilitamiento de Angela Merkel lo que se ha subrayado, así como lo que dicho debilitamiento puede suponer para el inmediato futuro de la Unión Europea, que tiene que hacer frente al Brexit y a unas elecciones parlamentarias europeas más que problemáticas.

Las elecciones municipales, regionales o autonómicas, siempre han tenido una lectura estatal o federal, pero nunca como lo están teniendo en la actualidad. Tanto dentro como fuera de Alemania, parecería que ha sido Angela Merkel quien se ha presentado a las elecciones en los dos Länder como candidata a la presidencia. Los resultados locales son indicadores de un proceso de degradación del sistema federal.

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Pedro Sánchez tiene que resistir... y puede

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados en una imagen de archivo.

A pesar de los palos que recibe día tras día, el Gobierno está aguantando. Incluso ha sabido tomar la iniciativa en un incidente de recorrido tan grave como ha sido la sentencia del Tribunal Constitucional. Y puede resistir aún unos cuantos meses más, al menos hasta el otoño que viene. La exigencia de una convocatoria electoral urgente ha bajado por parte de la oposición. Pero algún sector del propio PSOE cree que, a la vista de los sondeos, sería conveniente votar en febrero, antes de las municipales y autonómicas. Cabe esperar que Pedro Sánchez soporte esas presiones. Porque tal y como está el panorama político e institucional, con varias crisis abiertas en ambos terrenos, lo más conveniente para los intereses generales es la estabilidad del Gobierno, al menos durante un año.

El ejemplo de lo ocurrido con las hipotecas puede valer, salvadas todas las distancias, como lo que podría pasar si se confirma que los dirigentes independentistas catalanes son condenados a penas espantosas. Porque ha demostrado que el Gobierno tiene en su mano poderosos instrumentos para encauzar los problemas por muy minoritaria que sea su fuerza parlamentaria y por mucho que la oposición grite e insulte. En esta ocasión Sánchez ha sabido gestionar ese poder. Dejando muy mal parada a la actual cúpula judicial, atendiendo a la indignación social que su sentencia había provocado y dando un toque a la banca, que puede que termine pagando la retroactividad del impuesto, pero evitando un enfrentamiento abierto con ella.

Cabe suponer que el golpe político que habría de significar la sentencia catalana se podría reducir aplicando también y desde ahora mismo firmeza y prudencia y sabiendo hacer frente a las críticas que ésta provocará. En ello va no sólo la supervivencia del gobierno Sánchez, sino la estabilidad general del país. Porque la potencialidad del conflicto catalán es seguramente mayor que la que existía hace un año y puede arramblar con muchas cosas. Entre otros motivos porque el rechazo al castigo ejemplar contra el independentismo que preparan los tribunales va mucho más allá de las filas del soberanismo y en el mismo está una amplia mayoría de la ciudadanía catalana. Incluso bastantes votantes de partidos unionistas.

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Tolerancia y risas ante la ultraderecha armada

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Nueve y once minutos de la mañana. En la tertulia de la COPE, la segunda más oída en nuestro país en esa franja horaria, hablan sobre la detención del ultraderechista que quería atentar contra el presidente del Gobierno. El locutor, Carlos Herrera, ridiculiza el asunto: "El tipo este de Tarrasa que supuestamente era un francotirador y que quería… era un tipo que amenazó en un Whatsapp con pegar un tiro a Sánchez. No tiene antecedentes, ni por supuesto avanzó en los planes…".

La contertulia de turno, Pilar García de la Granja, no tiene palabras: "Yo es que estoy perpleja. No sé qué decir…". José María Fidalgo, aquel líder sindical que puso CCOO en manos de Aznar, es otro de los invitados en el aquelarre: "¿Perpleja? ¿De que quieran pegar un tiro a Sánchez?". La ocurrencia es recibida con risas por los colegas de charla que acaban estallando en carcajadas cuando Fidalgo remata su chascarrillo: "Yo creo que es por lo del salario mínimo…". La conversación continúa con el campechano locutor andaluz poniendo en duda la gravedad de los hechos, recordando que han sido "los Mossos" los que le han detenido, y con sus contertulios burlándose de los datos que se van conociendo: "Dicen que es un experto tirador… ¿un guardia de seguridad?", dice de la Granja; "esto es como lo de la mujer de la granada…", añade Fidalgo. Herrera reafirma, riéndose: "como lo de la granada…", para inmediatamente cambiar de tercio y de semblante. Toca entrevistar con tono grave y apesadumbrado a Teresa Giménez Becerril, hermana y cuñada de dos víctimas de ETA.

El problema no es solo la falta de profesionalidad periodística y la mezquindad humana que emana de esta tertulia. El problema es que en programas como ese, precisamente, es donde se está echando gasolina al fuego y se están agitando las peores pasiones de los españoles. Quien escuche a Herrera o a Losantos, quien vea la tele de los obispos o lea determinados digitales o periódicos de la caverna madrileña vive pensando que la mitad de los catalanes son unos jodidos terroristas. Vive creyendo que en España se ha producido un golpe de Estado liderado por el PSOE y por Podemos con la ayuda de independentistas y etarras. Vive odiando mortalmente a Sánchez, a Iglesias, a Echenique, a Torra, a Colau o a Carmena. Vive escuchando cómo su radiopredicador favorito manifiesta su deseo de disparar contra los líderes de Podemos, anima a atacar a los turistas alemanes en Baleares o se burla de un plan, por muy incipiente y descabellado que fuera (que lo veremos), para asesinar el presidente del Gobierno.

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Fresas y mantas: un año de lucha frente a siglos de racismo

Mame Mbaye. Foto: Byron/ Sindicato de Manteros y Lateros de Madrid

Las reflexiones sobre el tiempo siempre son injustas, pero a la vez inevitables porque casi todo lo medimos con el tiempo. Suena a tópico, pero hay pocas cosas más ciertas que decir que el tiempo es relativo, y en el racismo/antirracismo no es menos. En el último año -contando desde el 11 de noviembre de 2018 hacia atrás- recuerdo los minutos que parecían años y las horas que se almacenaron en la mente como secuencias fugaces.

La muerte de Mame Mbaye me pilló cogiendo un vuelo de dos horas que se me hicieron infinitas. El modo avión y la falta de respuestas a miles de kilómetros del suelo contribuyeron notablemente a esa percepción. No quiero ni pensar (o sí) en cómo fue ese tiempo para sus amigos y familiares, para los que estaban cerca, en Lavapiés, y para los que aguardaban desde Senegal la fatídica llamada. Allí la manta era la excusa, pero fue el racismo quien lo mató.

El episodio de las jornaleras marroquíes de Huelva resultó ser el último eslabón de la engrasada máquina colonial y patriarcal y se convirtió en una dosis de dolorosa realidad. Por la situación en sí misma y por el tibio (diría que inexistente) rechazo social. La comparación con la reacción en otros casos fue sangrante. Allí las fresas eran la excusa, pero fue el racismo lo que las marcó.

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No disparemos a todo el Supremo

Protesta frente a la sede del Tribunal Supremo

El Tribunal Supremo no podía haber gestionado peor todo el escándalo del impuesto de las hipotecas, pero no olvidemos que si al final, la ley se ha cambiado para que a partir de ahora lo paguen los bancos será gracias a unos señores magistrados, los de la sección especializada en tributos de la sala de lo contencioso-administrativo del Alto Tribunal.

Porque lo que está muy claro es que si ellos no hubieran aceptado hace tres semanas los recursos del Ayuntamiento de Rivas, nada de todo esto hubiera ocurrido.

Los partidos que hoy se llevan las manos a la cabeza, indignados porque el famoso impuesto lo iban a seguir pagando los ciudadanos son los mismos que aplicaron esa ley tan tranquilos durante más de 20 años. PSOE y PP se han turnado en Moncloa sin que a nadie se le ocurriera modificar esa ley que hoy clama al cielo. Ciudadanos y Podemos no han gobernado, es cierto, pero si han condicionado a los dos últimos ejecutivos y ni Rivera exigió a Rajoy que cambiara ese impuesto en los acuerdos con el PP ni Pablo Iglesias, que ahora llama a manifestarse a la puerta del Supremo, lo puso como condición para el reciente pacto de presupuestos con el PSOE.

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Nos queda un futuro de hamburguesas

Alexandria Ocasio-Cortez, candidata demócrata al Congreso por el distrito 14 de Nueva York.

Hace poco estuve en América y así traicioné la última voluntad de mi padre comunista al que le prometí que jamás pisaría el imperio. Además lo hice en el peor momento, en los días en que Trump separaba niños de sus madres y padres. Me escanearon hasta el pelo y el corazón antes de ponerme el sellito en el pasaporte que les niegan a tantos. Mi prima me había comprado un billete para llegar hasta San José, donde vive hace casi veinte años, el mismo número de años que llevaba sin verla. Mi prima tuvo a su segunda hija ahí y a una nieta. No las conocía. Y hasta tengo un sobrino ‘dreamer’ que ahora es un hombre. Nos fuimos juntas hasta San Francisco y Santa Cruz –encima todo por allí tiene nombre español– a ver cómo duermen las focas en los muelles, en grupos, unas sobre otras como después de una enorme orgía. Pocos saben que las focas sueñan con medio cerebro mientras la otra mitad sigue en vigilia. Supongo que así ha vivido mi prima y su familia todo este tiempo. El sueño americano vivido a medias y sabiendo que en cualquier momento vendrá un Trump a despertarlos. Y lloramos justo cuando voló una gaviota sobre nuestras cabezas por todo lo que nos hemos perdido la una de la otra porque los gobiernos de ese país creen que existe gente ilegal. Nos dieron ganas de nacionalizarnos focas.

En mi segunda parada americana fui acogida en el barrio mexicano de Houston. En los jardines de las casas había muchos carteles que llamaban a votar a Beto, que no es latino pero al menos es demócrata, a diferencia de su contrincante Ted Cruz, que es medio latino pero es republicano y ha ganado. Aunque en esa ciudad coexisten la NASA, las clínicas carísimas que curan el cáncer y algunos pozos petrolíferos, es tan húmeda, verde y pantanosa que sentí que había llegado a Iquitos o a cualquier ciudad amazónica. En Houston, mis amigos, el poeta Kevin, de San Francisco, afroamericano, y Dillon, el gringo bueno de Nevada, me llevaron a Galveston en busca de los pantanos, para eso cruzamos la Península Bolívar y luego nos bañamos entre las aguas llenas de petróleo y delfines del Golfo de México. De regreso me hice fotos con cabezas de cocodrilos y Dillon me regaló una bala con mi nombre, porque dijo que todo eso era muy tejano. Pero de regreso en el aeropuerto la policía me quitó mi bala. Irónicamente, comentó Dillon cuando se lo conté, me habían arrebatado mi derecho tejano y violado la segunda enmienda según la constitución gringa. Eso no se lo hubieran hecho a un señor blanco en motocicleta y sin casco. Me dirigí entonces a la Gran Manzana.

En el primer día del primer viaje de mi vida a Nueva York me encontré viendo danzas ecuatorianas. No había visto aún el Puente de Brooklyn, ni cruzado Manhattan, ni mucho menos avistado la Estatua de la Libertad, pero yo estaba viendo danzas ecuatorianas. Por unos instantes pensé que era muy ridículo que, con todo el imaginario neoyorquino que me había inculcado Hollywood, estuviera admirando por enésima vez el folklore de mis queridos Andes. Pero luego lo entendí todo. Había llegado un 8 de octubre y ese día algunos despistados celebraban el Columbus Day, pero los otros pedían la abolición de ese día y celebraban la resistencia indígena. Como parte de esos otros, mi amiga Natalia Matalascallando –alguien que trabaja por el bienestar de los niños que llegan de Centroamérica–, me llevó a un gran festival indígena al aire libre y allí me encontré inmersa en una especie de comunidad americana pero en el amplio sentido de la palabra, junto a navajos, lakotas, quechuas, aymaras, taínos y shuars. Yo paseaba al perro calato –quiere decir desnudo– de mi amiga Natalia, el típico perro sin pelo del Perú y patrimonio nacional. No había un ser humano en ese festival, gringo o indio, que no se me acercara para celebrar su belleza y para preguntarme de qué raza era. Yo siempre les contestaba lo mismo: es un “naked dog”, es decir, un perro calato, un perro desnudo, un perro sin raza, como deberíamos ser todxs. Un perro que tiene la cualidad de la piel cálida, y al contacto con la piel humana puede curar el dolor. Me dieron ganas de nacionalizarme perra calata.

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Supremocracia

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Sede del Tribunal Supremo

Hace muchos años un magistrado de la ahora controvertida Sala III del Tribunal Supremo, ya fallecido, contaba un chascarrillo a raíz de que fueran a pedirle una recomendación. Era un hombre con mucha chispa. Cuando le solicitaron con timidez una recomendación para alguien preguntó a su interlocutor:

¿Te acuerdas de Lázaro, el del Evangelio?

Pues, claro

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Magistrados marcianos

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El presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes

Imagínense que un presidente de sala del Tribunal Supremo encarga a una de sus secciones que fije doctrina en un controvertido asunto tributario. Lo hace porque los magistrados miembros de la misma resultan ser los más reconocidos expertos judiciales en esa específica rama del derecho. Imaginen que ese tribunal no solo sienta esa doctrina por una amplísima mayoría sino que, además, anula aquel precepto legal que, de manera única, fundamentaba la jurisprudencia anterior.

Imaginen que el presidente, cabreado porque nadie le ha avisado de un cambio jurisprudencial con el que o no contaba o no está de acuerdo, hace aquello que tenía que haber ejecutado desde el primer día: convocar el pleno de la Sala para que tan importante decisión cuente con el mayor respaldo jurídico posible. Imaginen finalmente que dicho Pleno restablece la jurisprudencia anterior, exclusivamente basada en un artículo que ya no está en el reglamento porque ha sido anulado, contraviene el criterio de los ponentes de las dos nuevas sentencias y lo decide en una votación ajustada donde, al parecer, algunos magistrados dijeron una cosa y luego votaron exactamente lo contrario.

No es el Proceso de Kafka, ni un guión de The Good Fight: es el Tribunal Supremo de España. En un país normal, donde el poder judicial también tuviera que rendir cuentas, nadie que haya tenido una mínima responsabilidad en semejante desorden debería seguir en su puesto. Los errores se pagan, los jueces no están ni exentos ni dispensados, aunque ellos parezcan convencidos de estarlo.

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El Supremo deja un cadáver exquisito

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El presidente del Supremo, Carlos Lesmes y Luis Díez Picazo, presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo

El Tribunal Supremo ha tomado una decisión insólita: la combustión del sistema judicial, divorciar los tribunales de los ciudadanos que recurren a ellos. Compitiendo contra sí mismo, el alto tribunal ha emitido una resolución que ha activado la palanca de la protesta social, una protesta que pide acabar con la opacidad de la institución pública más intocable y acorazada de España. La alta justicia era hasta hace poco incuestionable. Llegan pocos, a veces son familiares de otros pocos, pasan exámenes al alcance de pocos y luego escriben sentencias con un lenguaje para que lo entiendan otros pocos. Así, como grupo elegido y exquisito, de lejos, podrían parecer superiores.

La sentencia de 'la manada' puso una enorme lupa y abrió una vía de agua en la confianza de muchos ciudadanos. Tampoco ayudó que se condenara antes a tuiteros y raperos a penas de prisión. Ni contribuyó a cerrar el boquete el hecho de que se salvara a políticos aforados en procesos judiciales por los que los seglares sí pagan.

Ahora, gracias a la gestión del caso hipotecas, cuya decisión favorece a los bancos más aún de lo que esperaban los propios bancos, la desconfianza es ya líquida y se ha filtrado en el corazón y la credibilidad del sistema. El alto tribunal ha puesto su cadáver en la mesa y ha arrastrado con él a todos los juzgados. Solo queda ver cómo se deteriora el cuerpo mientras esperamos una resurrección con normas nuevas y más transparencia, más rendición de cuentas. Por ejemplo, que sea público y notorio lo que cobran los magistrados de algunas empresas. Que tengan que explicarse y someterse al escrutinio público. Que se formen en violencia de género. Que dejen de tratarnos como menores de edad que entran en su reino. Que sea intolerable el compadreo. Que se jibaricen y empiecen a escuchar hacia abajo, para entender a la sociedad sobre la que imparten justicia y cuyo destino sentencian.

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