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¿Manteros? La amenaza son los políticos sin escrúpulos

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Manteros en Madrid. EFE

Este atípico verano, inusualmente activo en España, nos ha traído una serpiente real y ponzoñosa: la pugna en la derecha política por ver quién es más ultra, racista y demagogo. En el cuadrilátero el PP y Ciudadanos; de punching ball o pelota para pegar, los manteros.

Empezamos con los africanos que iban a venir por millones, según el nuevo líder del PP, Pablo Casado. A diversos cometidos, siendo el principal sacar las mantecas de los españoles miedosos. Y se fue centrando como vía para sus objetivos la venta en el top manta.

Ignacio Aguado, líder de Ciudadanos en la Comunidad de Madrid, animado por los dichos del jefe nacional Albert Rivera, dibujó un paisaje apocalíptico en el que “las mafias” alentadas por la alcaldesa Manuela Carmena hacían “su particular agosto” poniendo en riesgo la seguridad ciudadana y la economía de los comercios.  Hablamos del negocio puntero de las gafas y bolsos de plástico, base de nuestro desarrollo.  Y de su feroz supremacía frente a los grandes centros comerciales y de distribución.

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Borrell decide comprar la propaganda israelí

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Una niña palestina junto a los restos del centro cultural de Gaza destruido en el bombardeo israelí.

Aviones israelíes lanzaron un ataque contra decenas de objetivos en Gaza en la noche del 8 de agosto. Uno de sus misiles destruyó una casa y mató a una mujer de 23 años, Inas Abu Khamash,   embarazada de nueve meses, y   a su hija de 18 meses. Hubo un tercer palestino muerto esa noche, identificado como un combatiente de Hamás de 30 años, y también 18 heridos.

El bombardeo destruyó por completo el edificio que era la sede de la Fundación por la Cultura y la Ciencia Said al-Mashal, un centro dedicado a albergar actuaciones musicales y teatrales.

Israeli warplanes has just bombed and has totally destroyed the Said al-Mashal Foundation for Culture and Science. It was a great place for theatrical performances, music concerts and too many other cultural events. Israel targets the Palestinian life not terrorism. pic.twitter.com/RvLz53aP8T

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Argumentos para dummies no racistas y ‘buenistas’ (II)

Cómo quedó la concertina de Melilla tras un salto en el otoño de 2005. Foto: Prodein

Seguimos en plena onda expansiva de mensajes y desinformaciones sobre la llegada y estancia de los migrantes en nuestro país. Duele ver como desde algunos medios se contribuye a construir una opinión mediática en materia migratoria desinformada. Cuesta aceptar, cómo en algo tan serio, se rehúsa a acudir a gente experta y organizaciones que llevan años trabajando en estos temas desde un enfoque científico y de derechos. Se da voz a tertulianos que son “de primera división” pero poco más que aficionados en lo que tiene que ver con migración. Obvian las recomendaciones, resoluciones e informes que describen el histórico de muchas de las situaciones que ahora alarman. Olvidan dar a quienes pueden contar que las personas extranjeras (no europeas) que llegan a nuestro país vienen sufriendo de manera frecuente violaciones de sus derechos sin ningún tipo de justificación.

Quizá poner el foco en esto haría relativizar el falso mensaje del ‘efecto llamada’… Porque conocer toda esa información cuestionaría lo de ‘llamada'.  ¿A qué? ¿A destrozarte con las concertinas?, ¿a ahogarte en el mar?, ¿a qué te violen?, ¿a qué te maltrate la policía marroquí y te deje morir en el desierto?, ¿a dormir en las calles españolas y ser víctima de abusos, tropelías y palizas?, ¿a estar encerrado sin derechos ni posibilidad de comunicarte con tus seres queridos?, ¿a ser señalado y perseguido como si fueras un animal al que cazar por trata de sobre vivir?, ¿a ser víctima de una red de trata y que nadie se preocupe por ti?, ¿a sufrir las humillaciones de las autoridades que se suponen que tienen que protegerte?... Efecto llamada… ¿a qué?

Aquí tienes la segunda parte de los argumentos que empezamos a compartir ayer. Espero que te sirvan:

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¿Qué pasaría si siguiéramos la lógica judicial de la reciente sentencia del glifosato?

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Activistas contrarios al glifosato

Hace tan sólo unos días,  un jurado de California condenó a la multinacional Monsanto a pagar 289 millones de euros a un jardinero con cáncer terminal al no advertir correctamente del riesgo para la salud derivado del uso del herbicida glifosato. Se afirma, además, que "la omisión de las advertencias necesarias fue 'un factor sustancial' en la enfermedad de Johnson, que tiene 46 años y padece linfoma no hodgkiniano (un cáncer en los linfocitos de la sangre)".

Esta reciente noticia es un ejemplo ilustrativo más de cómo el ser humano tiene un doble rasero a la hora de valorar los riesgos sanitarios de aquello que le rodea. De vez en cuando, las alarmas por los riesgos sanitarios se basan más en la percepción subjetiva a partir de los medios de comunicación y diversas asociaciones que en las evidencias científicas razonadas y puestas en contexto. Así, la reciente sentencia del glifosato es otro caso más de cuando la ciencia y la justicia van cada una por su lado.

El glifosato está rodeado de polémica y se encuentra injustificadamente en el punto de mira de las asociaciones ecologistas por una sencilla razón: su asociación con los cultivos transgénicos y con Monsanto. Poco importa que el glifosato sea el herbicida más usado en la agricultura y jardinería, que sea selectivo para las plantas, que se degrade en 22 días, que lleve usándose desde hace muchas décadas y sea, según los estudios científicos, uno de los agroquímicos más seguros que existen. Al otro lado, tenemos productos bien naturales como los compuestos de cobre (metales pesados), que son de "especial preocupación para la salud pública o el medio ambiente" y que sí se sabe con certeza que son tóxicos por acumulación, cuyos permisos se amplían en la Unión Europea para usarse en  agricultura ecológica y no pasa nada. Como se suele decir: "Unos tienen la fama y otros cardan la lana".

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Argumentos para dummies no racistas y ‘buenistas’ (I)

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Andalucía pide al Gobierno que regule la solidaridad de las CCAA frente a la inmigración

Si los políticos y los tertulianos te están haciendo sentir mal, si cada vez son más las voces que en tu entorno cercano repiten mensajes racistas y xenófobos sin pudor sabiendo tú que no son verdad, aquí tienes una guía básica de cómo canalizar tus buenos sentimientos con algunos argumentos. Que nadie te ridiculice cuando defiendas que las personas extranjeras (no europeas) deben recibir un trato digno, respetuoso y conforme a derecho. Tú ya sabes que no son delincuentes ni terroristas, que no vienen a quitarnos el trabajo, que no abusan de nuestros servicios públicos, que no nos están invadiendo y que, desde hace más de 30 años, están generando riqueza y aportando con su dinero y trabajo a las arcas públicas de nuestro país.

Pero si a pesar de esto, te señalan por tus buenos sentimientos, lee estos argumentos que igual te ayudan a zafarte de las encerronas sin acomplejarte ni autocensurarte. Decenas de declaraciones y normativas de derechos humanos te avalan, pero, sobre todo, desde hace siglos, centenares de líderes pacifistas y espirituales vienen señalando que la hospitalidad, la tolerancia y la generosidad son valores que alejan de las sociedades a dictadores, genocidas y tiranos.

A fecha de hoy, esto es lo que dicen organismos, instituciones y personas independientes que trabajan en contacto con las realidades que viven las personas migrantes y desplazadas que ahora son, injusta y abusivamente, criticadas por quienes quieren acceder al poder a cualquier precio.

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Cosas que decir de la inmigración

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Dos inmigrantes saltan el vallado de Ceuta

No existe ninguna crisis migratoria en España. Tampoco en Europa. De hecho, el número de migrantes no deja de caer desde 2016. Al final de 2018 los migrantes que intentarán entrar a España por el Mediterráneo no llenarán ni la mitad del aforo del Santiago Bernabéu. Tampoco es cierto que haya millones de africanos rumbo a nuestras costas o decenas de miles acampados a las puertas de Ceuta y Melilla.

Tampoco estamos ante un problema de inmigración. Los extranjeros apenas llegan al 11% de la población española total. Antes, al contrario, nuestro problema sería en todo caso que necesitamos más gente de fuera para mejorar nuestro sistema productivo, nuestra economía y nuestro mercado laboral, para sostener nuestro estado del bienestar y sus pensiones o para equilibrar la demografía.

Sí padecemos, en cambio, un gravísimo problema político con la inmigración. Pero no causado por los migrantes, sino por una derecha xenófoba y populista, que ha encontrado combustible electoral en el miedo a la expectativa de que el migrante se acabe quedando con nuestro bienestar, y una izquierda que, lejos de combatir radicalmente ese discurso o defender una política alternativa, otorga credibilidad al discurso del miedo ofreciendo control y orden, pero más humanitarios, pagarles por no venir o pagar a sus gobiernos para que no vengan; elijan la menos mala.  

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El indicador del próximo 17A

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Manifestación contra los atentados del 17A

A finales de agosto del año pasado recibí una llamada de Toni Güell, que forma parte de equipo de Opinió del diario Ara, para preguntarme sobre la oportunidad de solicitar públicamente una intervención del Rey, con la finalidad de que con ella se pudiera reducir la conflictividad en Catalunya y se hiciera posible la apertura de un espacio de diálogo. En el caso de que mi respuesta a su interrogante fuera afirmativa, me pedía que me encargara de la redacción del artículo.

No tuve que pensar ni un segundo la respuesta. El Rey no debe intervenir públicamente en ningún caso, le dije. Y en el caso de que lo haga, añadí, su intervención no va a ser apaciguadora. Con la posición del Gobierno presidido por Mariano Rajoy y con la presión de lo que Xavier Arzallus llamó en su momento “la Brunete mediática”, era inimaginable que el jefe del Estado tuviera una intervención pacificadora. Lo más que cabe esperar es que no diga nada. Como hable, su intervención va a ser muy dura.

Después del 3 de octubre recibí una nueva llamada de Toni para darme las gracias por haber evitado la posición embarazosa que hubiera supuesto para ARA la publicación de un artículo en el sentido en que habían pensado.

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El crimen histórico contra la sanidad pública

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Crecí en la idea de que vivía en un país tocado por la fortuna de su sanidad pública. Era una idea generalizada, una convicción que, en última instancia, dotaba a la gente de una gran tranquilidad. Podías tener cualquier revés en esta vida -familiar, económico, laboral-, las cosas podían ponerse muy feas. Pero sabías que en cualquier momento, si lo necesitabas, ahí estaba la Seguridad Social para ayudarte. Era una realidad incuestionada según la cual podías ser rica o pobre, viejo o joven, haber nacido en el kilómetro cero o en el lugar más remoto, tener la piel más blanca o más negra, tener trabajo o no tenerlo, tener estudios o carecer de ellos, ser propietaria de una casa o vivir en situación de calle; en cualquier caso, si te fallaba lo más importante (la salud, se decía), estaba a tu disposición todo el aparato sanitario.

Ese aparato contaba con el mejor personal de todo tipo y con los mejores profesionales de la medicina y la enfermería. Crecí en la idea de que, si bien las familias acomodadas eran tradicionalmente cuna de médicos, si bien los barrios pudientes alojaban las consultas privadas de unos especialistas cuyo renombre se heredaba de generación en generación, era en la sanidad pública donde estaban los mejores de entre los mejores, los más estudiosos y formados, los que para despuntar no habían invertido dinero y apellidos sino que habían hecho brillar su talento y agotado su esfuerzo personal. Un aparato que era a su vez espacio de emancipación económica para las mujeres: el sistema patriarcal y el recalcitrante machismo patrio les habían permitido el acceso a una parte del trabajo en ese sector, aunque sufrieran un evidente techo de cristal y fueran pocas las que tuvieran la oportunidad de superarlo y convertirse en doctoras.

Crecí en la idea de que el sistema sanitario público español contaba, además, con los mayores medios materiales y con los recursos técnicos más avanzados (los mejores aparatos, se decía). Todo el mundo tenía claro, y de ese modo se verbalizaba, que a las comodidades de hotel de una clínica privada solo recurrían quienes podían permitírselas cuando sufrían una dolencia o intervención menor, pero que si te pasaba algo serio o delicado, nada como la Seguridad Social. Lo cierto era que a nadie en España le faltaba una consulta médica, una prueba diagnóstica, una operación quirúrgica, un ingreso hospitalario. Mientras, de los Estados Unidos llegaban casos espeluznantes de personas que habían llegado a morir sin asistencia a las puertas de un hospital por carecer de un seguro médico, historias de familias que no podían afrontar el coste de un tratamiento o que se veían obligadas a vender todas sus pertenencias (hasta la casa, se decía) para tratar de salvar la vida de su bebé. Crecí en la idea de que aquí vivíamos libres de esa crueldad.

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Cuida la naturaleza como si fuera tuya

Restos de basura en el campo

Siempre que observo un acto de incivismo en la naturaleza, como el muy ibérico gesto de tirar un residuo al suelo en mitad del monte y seguir caminando como si nada, me pregunto si esa persona hará lo mismo en casa.

Si descansará en el sofá del salón, dormirá en su cama o caminará por los pasillos de su vivienda rodeado de escombros, como los pobres enfermos que padecen el Síndrome de Diógenes. Seguramente no.

Entonces -me pregunto- si en verdad somos incapaces de arrojar un residuo al suelo ya sea en nuestra propia casa o la de otro, si a nadie se le pasaría por la cabeza quitarle el envoltorio al helado y dejarlo tirado en el suelo del comedor o acabar de servir el vino y arrojar la botella vacía a los sofás, ¿por qué no mantenemos ese mismo hábito cuando salimos al campo?

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La noche más oscura

En aquel tiempo, mi trabajo consistía en pasar la escobilla por los inodoros más infectos de Madrid para luego ponerme a escribir epitafios con ella. Dicho de otra manera, por aquel tiempo trabajaba en la sección de sucesos de un periódico que ya no existe y no había noche que no cargase la escobilla por la Gran Vía y sus alrededores; calles donde lumis pálidas calentaban el papel de plata a la luz de un mechero.

Recuerdo los sex-shop de entonces, con una clientela tan fiel como el olor a semen rancio que los impregnaba, y recuerdo también la furgoneta que se ponía cerca de la Telefónica, siempre con el motor encendido por si de estas cosas tenían que salir de naja. En la trasera vendían bocadillos de jamón, armados con pan duro y pringados con las rodajas de un tomate que parecía haber sido recogido en una huerta atómica. Los vendía un matrimonio filipino y ella se reía como si tuviera ataques de tos. Cada vez que le venía uno hasta la boca, la filipina enseñaba sus dientes de oro.

Eran vendedores ambulantes, miembros de lo que se viene a llamar economía sumergida. Con todo y a diferencia de los vendedores ambulantes matutinos, aquel matrimonio no vendía la mercancía más barata, sino que el horario condicionaba los precios de los bocadillos. Porque un bocata de jamón es un bien escaso a ciertas horas, aunque sea lo más parecido a la carne de una momia entre dos mendrugos de pan radioactivo. En aquellas noches de escobilla y papel de plata quemado, aprendí que la economía es una ciencia cuyas fórmulas caben en una sucia servilleta. También aprendí que todo periodista que se precie tiene que romper con preguntas los rincones donde la noche se ha hecho silencio.

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