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¿Acabaremos alguna vez con las alambradas?

El sistema capitalista tradicional ha sido reemplazado por otro capitalismo muy distinto. Ya dejaron de existir esas empresas estructuradas en departamentos, que buscaban aumentar su clientela para incrementar la venta de sus productos y así lograr beneficios en un periodo de tiempo prudencial, y a las que se les reconocía socialmente la obtención de una determinada y justa plusvalía. 

APDH, SOS Racismo y Andalucía Acoge rechazan las reiteradas devoluciones "ilegales" en las vallas de Ceuta y Melilla

La alambrada de Melilla

“…Avancé mis manos morenas hasta la alambrada, donde se abortó el recorrido para reunirse con las tuyas, también morenas, que tan hambrientas de tacto como las mías, esperaban retenidas por el metal…”.

Los muros del ultraje, Sara Tapia, Universidad de Burgos

Parece muy claro que las políticas que se están llevando a cabo hoy en España no van a conseguir devolvernos el nivel de vida que teníamos antes de iniciarse la crisis. Pero, hay otra cuestión que debería tenernos mucho más preocupados si queremos que esta situación no se perpetúe, como es el que la pobreza siga aumentando tan escandalosamente como lo hace, y que los ricos acumulen cada vez mayor porcentaje de los ingresos de la sociedad.

No es cuestión de empezar a enumerar el cuantioso importe de nuestra deuda pública, o los elevados niveles de nuestro déficit, que son los motivos principales que quitan el sueño a nuestros gobernantes, para lo que ya se encargó la troika de que acordáramos priorizar el pago de nuestra deuda a los países más ricos de Europa (Alemania y otros) por encima de cualquier otra necesidad, lo que nos llevó a modificar la Constitución española, cosa que se hizo en 2011 en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, no están en exceso  preocupados por la cantidad de niños (unos tres millones) que en esta España del siglo XXI van por las mañanas a sus colegios habiendo ingerido tan sólo el desayuno y la comida realizada el día anterior en ese mismo centro escolar (cabe preguntarse donde comen los fines de semana, ¿en Cáritas, quizás?), ni mucho menos piensan en esas cifras que anuncian las graves desigualdades que están por venir en fechas muy próximas, al margen de las ya existentes.

Pero, cómo puede eso compararse con la satisfacción que debió sentir nuestro presidente del Gobierno al recibir las bendiciones del regidor norteamericano, cuando le felicitó por los feroces ajustes a que está sometiendo a la población española, básicamente en salarios y ayudas sociales, cuyos efectos servirán para que inversores (especuladores) de los Estados Unidos puedan traer a nuestro país sus apetecidos dólares para que aquéllos, y también los colegas europeos con sus euros, ganen grandes sumas de dinero a costa del sacrificio de nuestros conciudadanos más desfavorecidos.

Todo esto no debe extrañarnos, puesto que la crisis no ha venido por sorpresa ni ha pillado desprevenidos a quienes realmente dirigen el mundo, sino que han sido ellos mismos los que la han provocado, y con gran éxito, ya que sin ningún tipo de dudas lo han conseguido, pues han logrado conducir el sistema adonde ellos querían que estuviera, que es a la posición de ganar el máximo dinero y de la forma más rápida posible, lo que se conoce como especulación.

Y la especulación no se preocupa del mañana, sólo vive el aquí y ahora. “Lo que puedas ganar especulando hoy no lo dejes para mañana”, parece ser su lema. El sistema capitalista tradicional ha sido reemplazado por otro capitalismo muy distinto. Ya dejaron de existir esas empresas estructuradas en departamentos, que buscaban aumentar su clientela para incrementar la venta de sus productos y así lograr beneficios en un periodo de tiempo prudencial, y a las que se les reconocía socialmente la obtención de una determinada y justa plusvalía. Pero ahora se ha conformado otro nuevo sistema económico, el especulativo, para el que no importa la crisis, pues él no la sufre, sino que progresa gracias a ella. Y sabemos que la clase política, con independencia de su color o siglas, solo se interesa por sí misma, siempre en busca de su propio beneficio, y también sabemos que no actúa libremente, sino bajo los dictados de otro nuevo poder, el financiero.  

Por eso, ahora, han soslayado lo tratado en estos últimos días por los líderes del  mundo reunidos en la ciudad suiza de Davos, líderes que han informado sobre las diferencias entre ricos y pobres, señalando que de los cinco riesgos globales más graves para 2014, el peor es la desproporcionada desigualdad de ingresos, pues amenaza la estabilidad social y política internacionales, y también impide el desarrollo económico. Y no lo dice una ONG combativa, ni unos peligrosos antisistemas, sino que lo dice el foro de Davos, formado por las élites del mundo actual. 

El Papa Francisco también ha apuntado algunos comentarios muy duros, pero clarificadores, relacionados con esta situación: “Hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad, pues esa economía mata”.  Y también ha dicho: “la adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro ni un objetivo verdaderamente humano”.

Y eso es lo que realmente está marcando el devenir de la vida de hoy día, esa terrible obsesión por la acumulación de bienes materiales, que lleva a las injusticias que el mundo desarrollado, nuestro mundo rico, está cometiendo con los más necesitados de la tierra, con los que no tienen nada de nada.

Lo chocante es que son ellos, los poderosos, los atemorizados por los pobres, y por eso les quieren aislar, marginarlos en sus guetos. Pero estos no se arredran y siguen arriesgándose en su peregrinar en busca de otra forma de vida, y por eso, desde el miedo y el hambre se lanzan hacia un mundo nuevo. Y por muchos inconvenientes que les pongan (en las vallas de Melilla, en la isla de Lampedusa, o donde quiera que lo hagan), los desesperados de la tierra no dejarán de cruzar los muros en la oscuridad de la noche, y tampoco dejarán de hacerse a la mar en sus inseguras pateras, esas destartaladas barcazas que en muchas ocasiones les sirven de siniestros ataúdes.

Pero, tristemente, nada de esto paraliza la crueldad de nuestros políticos, que siguen manteniendo la necesidad no sólo de construir esos muros del ultraje a los que alude la profesora Sara Tapia, sino que les añaden criminales cuchillas para que desgarren sus cuerpos. Y además, instalan esos objetos lacerantes con el pretexto de ser disuasorios, y los dirigen contra quienes aspiran a una vida distinta de a la que les ha condenado este capitalismo mundial. ¿Realmente esas inhumanas cuchillas son la mejor y única solución que pueden ofrecer nuestros dirigentes políticos?; ¿qué será lo siguiente, poblar el mar Mediterráneo de tiburones?

Este artículo refleja exclusivamente la opinión de su autor.

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