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Buena salud y mucha suerte

Hoy se celebran unas elecciones generales en Grecia que pueden significar el primer cambio político serio frente a la hegemonía neoliberal que opera en Europa. Syriza puede detener, quizás, el giro continuo de la cinta de Moebius en la que se ha convertido un sistema en el que, en palabras del millonario Warren Buffett, los ricos ganan sin mayor esfuerzo la guerra a los pobres. La afirmación de Buffett desmiente la teoría de Francis Fukuyama sobre el final de la historia: no ha desaparecido la confrontación entre la derecha y la izquierda. En todo caso los conservadores parecen haber alcanzado cierta hegemonía y las fuerzas progresistas han sido en parte asimiladas al modelo y en parte han perdido el hilo del relato que los mantenía vinculados a las mayorías sociales.

La nueva fuerza política Podemos ha incorporado su condición biológica de novedad a un relato que no solo le define sino que segrega al resto de actores del campo político para convertirse en la única narración válida. Para Podemos, como para Fukuyama, la contradicción entre derecha e izquierda está superada y el foco, según este partido político, se localiza entre lo nuevo y lo viejo.

El problema surge cuando se observa que no hay nada más nuevo que la actual hegemonía del capitalismo global que mediante un modelo de acumulación flexible puede desplazar a las clases trabajadoras a cualquier lugar del mundo para optimizar la productividad a niveles comparables con la primera revolución industrial y, a la vez, instaurar un modelo financiero capaz de generar altos dividendos a partir de la deuda de los países que han claudicado su soberanía ante el mercado de valores. Así, tal como describe Richard Sennett, la involución del sujeto laboral ha ido degradándose desde su condición de artesano a la de trabajador cualificado para convertirse en un simple trabajador. Habría que preguntarse si estamos ante la desaparición de este último. Esta es la novedad y no la que propone Podemos. Lo viejo es el anterior sistema, basado en el fordismo, que se impuso con un modelo de producción y redistribución que permitió en la segunda mitad del siglo anterior instaurar el Estado de Bienestar. Lo nuevo, entonces, es el desmantelamiento de las clases trabajadoras, la erosión de las capas medias y un denominador común en el modo de vida del cuerpo social: la incertidumbre.

Maquiavelo sostenía que cuando el azar hace que el pueblo no confíe en nadie habiendo sido engañado en el pasado por las cosas o los hombres acaece necesariamente la ruina. Tanto en Grecia a través de Syriza como en España mediante la irrupción de Podemos pareciera que estamos ante relatos que pretenden dar respuestas a los ciudadanos para sacarlos de la ruina. Pero en tanto Pablo Iglesias se acerca sin prejuicios a fórmulas viejas –lo cual es una paradoja en él y su partido–, abrazando los relatos del socialismo de los ochenta, Alexis Tsipras propone un programa de izquierda ante el cual, en un hecho sin precedentes, Angela Merkel ha recomendado a los griegos que reflexionen sobre su voto.

Podemos parece más una plataforma electoral en busca del centro perdido y desplazado a los márgenes por la precariedad repentina que un proyecto de izquierda con ánimo restuarador. Syriza, por el contrario, está por la labor de profundizar el modelo democrático transversal para evitar que el poscapitalismo nos lleve, irremisiblemente, a una posdemocracia. Estamos en sus umbrales y ya lo advirtió Zigmunt Bauman: los políticos en el poder representan solo al poder y parecen no tener o no querer aceptar otra opción. ¿No es esto ya el umbral de una posdemocracia? En ese sentido el programa de Alexis Tsipras planta cara al enfrentamiento gráficamente descrito por Warren Buffett. Tsipras es un político que llega desde el frío, desde los gélidos bordes en los que la sociedad se acurruca helada ante el desmantelamiento de todas las certezas.

Cuando le preguntaban a Ingrid Bergman si había alguna manera de alcanzar cierto bienestar decía que sí: con buena salud y mala memoria. Sin duda se alcanza la buena salud terapéutica teniendo al azar de nuestra parte en lo primero y una capacidad singular para lo segundo. Esto puede servir en el plano individual posiblemente pero no para el cuerpo social ya que ese es el programa de nuestros gobernantes. Abrazar la suerte para evitar toda patología y olvidar sus defecciones. Sin ir más lejos, del tratado de Maastrich hasta la última reforma laboral, desde la reforma constitucional hasta el rescate de la banca.

Buena salud y mucha suerte es lo que le estaba diciendo en realidad, con otras palabras, Mariano Rajoy a aquella niña a la que se dirigió al término de un debate presidencial. Lo que muchos no sabían, como sostenía sobre la vida Jaime Gil de Biedma, es que iba en serio.

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